YO NO SIEMPRE FUI ASÍ

Por Mallela V. Pérez Palomino

El indigente miraba a la nada, mientras decía:

Estoy seguro de que, cuando el diablo tentó a Jesús en el desierto, diciéndole “Todo esto será tuyo si me adoras”, le estaba mostrando una bolsa de dinero. Pocos han captado el mensaje de que en los momentos de crisis es que llegan las propuestas indecentes.

Tenía un buen trabajo, una esposa y dos hijos. Pocos amigos, uno o dos, a lo sumo. Y tenía a mi viejita y mis hermanos, los cuales ya tenían sus propias familias.

Alcanzaba para lo justo, pero mi esposa quería más. Me endeudé y cuando el presupuesto familiar estaba a punto de colapsar, “como caída del cielo” llegó la oportunidad de hacer dinero fácil.

Lo bueno de andar en malos pasos desde temprano es que la experiencia te indica el nivel de riesgo. Lo malo de no tener esa experiencia es que te agarran. Perdí todo: esposa, empleo, hijos, libertad, credibilidad, amigos, sólo me quedó mi viejita, que al poco tiempo se me fue.

No quisiera pensar que Jesús murió en vano, pero eso es lo que parece hasta ahora. Hay gente que ha trabajado, Madre Teresa, Juan Pablo II, Desmond Tuttu…Ahora la Iglesia calla ante las injusticias, aquí en nuestro país, calla y otorga.

¡Cómo no sentirse impresionada ante las reflexiones de una cabeza que tiene más de diez años de estar amaneciendo bajo el sereno de la noche, un cuerpo que ha dormido ese mismo tiempo entre cartones!

Ya le repito, yo no siempre fui así. Soñaba con cambiar el mundo y el mundo me cambió a mí y ¡qué cambio! Una sonrisa triste, con pocos dientes esbozó el hombre al tiempo que meneaba la cabeza. No tengo excusas. Lo dijo alguien: “los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.

Jesús habló de poner la otra mejilla. Y los que tienen plata utilizan ese argumento cuando les conviene. El Cristo fue conjurado, juzgado y condenado por sacerdotes, escribas y fariseos: la representación de la iglesia de entonces.

La iglesia permitía los “mercados persas” en los templos siempre y cuando, los mercaderes dieran su puntual contribución a aquélla, concediendo a ellas una actitud de benevolencia indulgente.

Si analizamos encontraremos que, quienes seguían a Jesús eran, en su gran mayoría, humildes ciudadanos, enfermos, pecadores arrepentidos. Muy pocos, por no decir ninguno de sus seguidores, fueron adinerados.

Los políticos, sacerdotes y gobernantes de aquellas épocas les llamaban despectivamente “ejército de miserables, delincuentes y enfermos”. Trataban de esa manera, de desprestigiar a El Salvador.

Cuando Jesús dijo que nos perdonásemos entre hermanos, nos estaba dando el mensaje de que sólo uniendo nuestras voluntades, los pobres podríamos hacer frente al poder. Los ricos y poderosos tienen mayor facilidad para ponerse de acuerdo, pues su lenguaje común es la plata. Cualquier desacuerdo se salva con la repartición y punto. Tutti mundi contenti. (sic)

Los pobres no las pasamos peleando pendejadas, como que la vecina me miró mal, el vecino se la tira de más, yo soy de este partido y ellos son del otro. Para colmo, cuando hacemos un intento de organización para defendernos, los ricos mueven su mano llena de sobornos y deshacen las buenas voluntades.

María, como madre tuvo más visión de lo que después pasaría. Ella vio en muchas ocasiones las debilidades de los discípulos de su hijo y supo que estas debilitarían la misión de Jesús. El movimiento Mariano salvará a la Iglesia. Las madres saben mucho, la mía siempre tuvo la razón en todo.

Un individuo con tanta cultura general y con su fe casi intacta me parecía un espécimen raro en medio de aquel panorama.

Mientras lo escuchaba, mi vista recorría el miserable entorno de mi interlocutor: bolsas de plástico llenas de sus preciadas pertenencias que no me atreví a indagar, desperdicios por doquier y dos pedazos de bloques que nos servían de asiento.

Usted me preguntará qué cargo yo en tanto paquete (traté de que no notara mi sobresalto al sentir que me leyó el pensamiento). Yo recojo latas de cervezas y sodas y luego las vendo. Cualquier pieza de hierro, de cobre. Aunque usted no lo crea, entre nosotros, existen quienes roban. Uno no duerme tranquilo, porque de repente viene alguien y se lleva lo que yo recogí durante todo el día.

Mi olfato era castigado por los malos olores del lugar y hacía un gran esfuerzo para lograr escuchar las vivencias de aquel hombre, que tenía trazas de no haberse bañado en días.

No soy piedrero y no es que no me guste bañarme . El individuo no dejaba de impresionarme.

Al principio me preocupaba por conseguir una pluma donde asearme, pero eso se hizo cada día más difícil. La gente me denunciaba por inmoral y me gritaban depravado. Tomar un baño se volvió un riesgo para mi supervivencia.

No quiso referirse a la profesión que estudió a nivel universitario y dijo tener sus motivos personales. Pensé que aquello le causaba tristeza. No insistí.

Eso pasó, murmuró, ya no existe. Fui yo. Nadie me dijo que no iba a ser difícil. Me dejé tentar por el dinero fácil: fue el principio del despeñadero. Ah, y por favor, no diga mi nombre: tengo hermanos que no están precisamente orgullosos de mí.

¡Qué poca cosa me sentí ante este hombre que no tenía nada y que aún creía que un milagro puede suceder!

Publicado en el Colectivo Panamá Profundo el 6 de febrero de 2007.

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