YEMAYÁ

(Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino

Dedicado a la memoria del Gallo Placino, portero del Plaza Amador.

Con los pies pegados a la tabla de surf y sus sentidos agudizados, navegaba zigzagueante y raudo sobre los hombros de su madre Yemayá.

Con el paroxismo propio de los fanáticos de aquel deporte, estuvo haciendo piruetas y saltos mortales que dejaban impávido a su público playero, mientras permanecía en su rostro esa sonrisa de oreja a oreja.

Se metió momentáneamente en el hueco de la ola, y cuando estaba a punto de salir, sintió que, una fuerza extraordinaria lo levantó de la tabla, perdiendo todo el control.

Entre espumas y burbujas, su cuerpo fue zarandeado sin cesar como muñeco de trapo.

Algo golpeó su cabeza y en el segundo de conciencia que le quedaba, vislumbró que había sido su querida tabla.

Su madre le recriminaba en forma de broma que ella jamás había sentido tanto afecto por su tabla de planchar como él idolatraba a la bendita tabla de pasear sobre las olas.

Quedó inconsciente.

Abrió los ojos luego, poco a poco, flotando en medio del agua, la cual filtraba los rayos de sol.

Esa celeste transparencia le permitió disfrutar del hermoso color de los corales, que se amontonaban semejando una pequeña cordillera bajo las aguas.

Las raudas manchas de pececillos de colores, adornaban la perezosa trayectoria de un batallón de langostas y fueron reemplazadas en el escenario, por las ráfagas de calamares que pasaban ante la mirada azorada de los caballitos de mar. Y hasta parecían asentir con la cabeza a la fría indiferencia de una morena aburrida y asomada en su escondite.

Sabía que había pasado mucho tiempo bajo el agua, pero se sentía bien, así que no se preocupó en lo más mínimo por ello.

Relajado, siguió observando, y vio el paso de la manta raya mientras los cardúmenes se ponían en rápida huída y justo cuando ya estaba disponiéndose a abandonar el lecho del océano, llegaron los delfines jugueteando.

Disfrutó a más no poder, de las tertulias de los nobles animales, cuando le pareció ver pasar una sirena, pero se dijo que las sirenas no existen.

Se acordó de Susana y nadó hacia arriba, para ver a unos compañeros de paseo desde la playa gritando a los otros que entraban al agua, y todas las muchachas estaban llorando.

Se preguntó a qué vendría tanto alboroto, si todo estaba bien y les empezó a vociferar tan alto como pudo, pero en medio del bullicio del viento con el estrépito de las olas no lo escucharon. Trató por todos los medios de comunicarse sin resultados, decidiéndose entonces a salir hasta la playa, donde igualmente, nadie le prestaba la más mínima atención.

Sus amigos hablaban por celular, menos Gaspar que le prestaba su hombro a Susana para que llorara mientras la consolaba acariciándole los cabellos.

No podía creerlo. La mujer amada no se daba por enterada que él estaba presente, y seguía abrazada de aquel admirador eterno.

Gaspar mismo los presentó en una fiesta y ella aceptó bailar aquella balada que luego se convirtió en el himno de su noviazgo.

Vida, devuélveme mis fantasías, mis ganas de vivir la vida, devuélveme el aire....

Temblaba como un condenado cuando bailaban y él no sabía en ese momento qué era más importante si hundir la nariz en la cabellera, para sentir su perfume o dejar de pisarle los pies.

Pero todos en el grupo conocían el supuesto enamoramiento secreto que se traía Gaspar por Susana, y él pronto se enteró, cosa que no fue inconveniente para que ella le correspondiese sus requiebros amorosos.

Y ahora la miraba a menos de un metro y ella no se inmutaba en separarse del abrazo de Gaspar.

Iba a tocarle el hombro, cuando todos los presentes voltearon a ver un grupo numeroso de hombres que se hicieron presentes con algún protagonismo, haciendo gala de equipos de buceo y se metieron al agua.

Como nadie le prestaba atención, se sumergió con ellos y buceó hasta que se aburrió. La verdad es que sintió que aquello era un operativo elaborado, como una búsqueda.

Volvió donde Susana, la cual ahora estaba íngrima a la orilla de la playa, y seguía llorando, sólo que ahora más abundantemente.

Ella miraba fijamente hacia la orilla y él se volteó con brusquedad.

Un cuerpo idéntico al suyo era sacado del agua por los hombres ranas.

Bajó la mirada y se observó su propio torso y piernas y retornó la mirada hacia el occiso.

Susana lloraba con más desconsuelo y ahora nadie la confortaba. En ese momento hasta deseó que Gaspar no se hubiera ido.

Ahora entendía: Me llevó Yemayá, me llevó Yemayá, repetía.

La desesperación talvez habría sido el comportamiento lógico en esos instantes, pero no, su espíritu estaba pacífico.

Y miraba con una calma inexplicable cómo Susana parecía que se encogía, mientras seguía llorando.

No, ella no le veía, pero de alguna manera intuía que él estaba allí. ¡Qué hermosura la de Susana! Hasta llorando era hermosa.

Cuando fuera mayor, se le antojaba que iba a ser una viejita bonita y agradable. No como la vieja del tabaco que olía a puro seco y que prácticamente le gritaba: Yemayá es posesiva con sus hijos. No vayas al mar porque ella los arrastra a su lecho para tenerlos cerca.

Se consideraba un perfecto caballero y la respuesta fue el silencio, pero su pensamiento, evocando al padre cuando se cabreaba con algún pelotudo, gritaba: ¡Andá!

El operativo tomó su tiempo y aquella muchacha llorosa buscó refugio en el follaje que bordeaba la playa, quedándose sentada en una peña, bajo un árbol, casi catatónica.

Cada vez estaba más pequeña y su llanto era incontenible y lo peor, es que nadie le hacía caso.

Cuando por fin lograron llevarse el cadáver, los hombres buscaron afanosos a la muchacha por todos lados, pero en la piedra en que se apoyara, sólo encontraron un pequeño manantial.

Éste bajaba hacia la playa sobre un curioso lecho incrustado de conchitas y caracoles. Su agua cristalina fluía y terminaba abriéndose paso, tímidamente entre el ocaso de las olas mortecinas.

Como quien mira por última vez, el surfeador se quedó viendo allá, a la distancia.

Observó detenidamente cuando se conformó la ola reclutando algas y arenas, como una multitud que va ganando adeptos a su paso y, una vez enroladas otras aguas, la fuerza estremecedora del mar se dejaba venir hacia la orilla con su estruendo como abismo de agua.

Rompíase luego coronada por espumas y el golpe se veía galardonado por un millar de olitas que iban a desparramarse mansamente sobre la playa.

Jugueteando coquetas, se dejaban ir deslizándose de espaldas sobre la arena, para simular después que se batían en retirada, regresando una vez más de a poquito, y partiendo entonces definitivamente, a conformar otra ola.

Le llamó la atención que aquel anciano de cabeza blanca que, parado en la playa, le sonreía. Hacía rato que nadie se daba por enterado que existía. Miró a todos lados, para confirmar que la cosa era con él. El anciano ahora levantaba una mano y le hacía un gesto de que lo siguiera: era su abuelo difunto.

Fueron alzándose sobre las olas y se perdieron juntos en el confín.

Algunos lugareños dicen que en las noches, el manantial de la piedra entona una dulce canción, pero que la voz es muy triste.

Ninguno se atreve a enturbiar sus aguas cantarinas, porque, según ellos, quien lo hiciera quedaría irremediablemente enamorado de la primera persona que se le cruzara en el camino.

FIN

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  • Publicado: Vie 27 Jun, 2008 6:01 pm GMT
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