PRISIONEROS
Por Mallela V. Pérez Palomino
La ciudad de Panamá La Vieja es asediada y saqueada por el corsario inglés Henry Morgan el 28 de enero de 1671 y su Gobernador Juan Pérez de Guzmán ordena incendiar la Casa de la Pólvora, dejando la ciudad en llamas.
(Cuento)
En aquella casa de descanso Ana Isabel permanecía metida en su mundo. Se rumoraba mucho sobre su estado de salud mental y la gente comentaba que aquella enfermedad había sido un castigo de Dios para su prepotente progenitor.
Ella seguía mirando a la nada, sin articular palabra, y obedeciendo mecánicamente alguna de las rutinas que las nodrizas se esmeraban en hacerle cumplir con la vana esperanza de que reaccionara.
Pero era inevitable, si no le daban los alimentos como a una criatura, Ana Isabel no se alimentaría.
Ana Isabel siéntese, Ana Isabel párese, Ana Isabel levante el brazo, Ana Isabel esto, Ana Isabel lo otro ; esa era la rutina.
En las tardes la sentaban, acicalada y olorosa a agua de rosas, en una banca del jardín, y ella se transportaba mentalmente a aquellos tiempos en que todo era diferente.
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Ana Isabel de Villavicencio se incorporó de su lecho y fue a pararse frente al tocador. Sus ojos hinchados por llorar el infortunio, se posaron sobre aquella imagen patética del espejo.
Trató de pensar qué senda tomar ahora que su padre, temeroso del qué dirán, le había confinado por semanas enteras en su habitación. Según él, así recuperaría la cordura.
-¿Qué pensaría Diego de su ausencia?-suspiró y se dijo que no se casaría con nadie a quien no amara. Sonrió entrecerrando los ojos.
La primera vez que se miraron fue aquella madrugada en que, junto a su madre, caminó la Calle de Santo Domingo. Luego, cortaron camino entre las callejuelas rumbo a la iglesia Catedral y estuvieron a tiempo para el rosario de la aurora.
A Diego se le veía siempre en menesteres de mozo en la tienda ubicada detrás de la casa del Obispo: cargaba cajas con bastimentos, atendía a los clientes y mantenía ordenado el negocio. ¡Era tan bien parecido y gentil!
Fingía Ana Isabel acomodarse la mantilla, para intercambiar miradas con disimulo. Sentir aquella sensación de dulce agonía en el estómago, cuando le entregaba el corazón con los ojos, era suficiente para esperar a verlo al día siguiente.
Su padre pegó el grito al cielo cuando ella se negó a aceptar a pretendientes de abolengo, y fue, viejo zorro perspicaz, a indagar con gente conocida.
Leyó Ana Isabel el mensaje deslizado bajo su puerta y supo que su progenitor había encarcelado a Diego, blandiendo todo su poder para separarles.
Iba a evadirse por el balcón cuando el cerrojo de su puerta se accionó y apareció el ama de llaves con otro empleado que, a toda prisa, la instaban a abandonar la casa, por la proximidad de los piratas. En las calles había un hervidero de gente.
Presa de la desesperación, se cayó varias veces y se levantó lo que su largo traje le permitía, liberándose de quienes trataban de obstruirle en su intentona.
Sujetaba con las manos los encajes del ruedo de su falda mientras corría. Entre sudor, gritos y lágrimas, pudo ver antes de perder el sentido que, inexplicablemente la cárcel era consumida por las llamas.
FIN
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- Publicado: Vie 01 Ago, 2008 12:35 pm GMT
- En: CULTURA
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