MUJERES QUE ESPERAN
Por Mallela V. Pérez Palomino
Son las ocho y media de la mañana en la antesala de las instalaciones del sistema penitenciario panameño (Cárcel La Joya y La Joyita). Cinco a siete minutos en auto separan a los presidios de la entrada.
Aquí, en este “vestíbulo” se encuentran un gentío formado principalmente por mujeres y niños, cuya particularidad a simple vista, es el color rojo en su vestimenta.
Los policías portan sus nombres en los uniformes, al lado derecho del pecho. Todos, excepto quien nos atiende, el mismo que escribe los datos en el documento de control de entrada. Tras la recepción, una oficinita donde entran y salen los policías.
A un lado de la oficina, los visitantes entregan los paquetes que llevan a sus familiares, y los policías, los abren, y examinan los recipientes con comidas. Sacan los artículos de aseo personal, detergentes, cereales, etc. Luego, los colocan en bolsas de plástico transparente.
Acompaño a un abogado que visitará a un cliente. No presento identificación, lo cual hace que no pueda pasar a la visita. Deberé quedarme en la entrada. Es una instalación rústica con pisos de cemento y techo de zinc, casi toda sin paredes.
A un lado, un solar que hace las veces de estacionamiento y está medio lleno con vehículos que, en su mayoría, son taxis. Próximo, un localcillo donde tienen un letrero que dice CARTAS. Deduzco que es la oficina postal de adentro. En una esquina, un gato saborea su desayuno.
Tomo asiento en una banca situada en el pasillo que da al aparcamiento y convenientemente acogida por la sombra de un árbol.
Muchos policías: mujeres y hombres circulan, atienden, trabajan. Cerca, en una tina de lavar, una niña toma agua del grifo para prepararle el biberón a su hermanita.
La banca que, al principio, esta vacía, se va llenando de mujeres que llevan bolsas y cartuchos que se nota, les dificultan trasladarse.
Todas me miran con curiosidad y luego con desconfianza.
Va pasando el tiempo, y se van dando otros eventos ante nuestras miradas.
Una niña de aproximadamente diez años, rompe a llorar con desconsuelo, porque no le dejaron pasar a ver a su padre. Su madre trata de confortarla. Otra mujer, corre presurosa al carro a dejar un gancho de metal que llevara en el cabello y con el cual le niegan el acceso a la visita.
Mientras tanto, un policía joven y bien parecido con uniforme de color verde claro, se acerca a la banca contigua a la nuestra. Se sienta muy cerca de una hermosa joven de largos cabellos, que calculo no tendría más de veinticinco años. Zalamero, le busca conversación y luego escuchamos todas que la invita a un baile.
Todas intercambiamos esas miradas con que nos comunicamos las féminas. La joven, con una sonrisa amable en la cara le dice, yo no bailo, no me gusta el baile. El hombre tras unos minutos, se retira.
Sé que es el momento propicio para que ellas hablen.
-Me encantó la respuesta de la chica-le digo en baja voz a María (nombre ficticio), quien está sentada a mi lado.
-Imagínese, ellos hacen eso y le dan falsas esperanzas a las mujeres de que les tratarán bien a sus parientes privados de libertad. Sin embargo, es todo lo contrario si caes: van y se les ríen al recluso en su cara o hacen circular el rumor-me dice María y las demás asienten.
-Además, ellos no son custodios-dice otra.
María vive en otra ciudad. Trabaja seis días a la semana. Cuando se llega el día de la visita, que es cada catorce días, ella labora el día domingo, para que le den libre el día de la visita.
Ver a su esposo por quince a veinte minutos cada catorce días, implica comprar y preparar todo lo que le llevará, casi no dormir, tomar el autobús de medianoche, tomar un taxi para llegar a las seis de la mañana al vestíbulo.
Ya son las diez y media de la mañana y aún María no ha podido pasar a ver a su esposo. Le dicen que la lista que enviaron a los custodios aún no ha sido procesada.
Esta lista es un control para saber qué cantidad de personas visitarán a qué detenidos.
De pronto se oye un anuncio que todos repiten:
-No hay transporte, no hay transporte-.
Sigo conversando.
Ana (nombre ficticio) cuenta que, en una ocasión, llevó un pequeño cortaúñas para su hermano y se lo quitaron, castigándolo a no recibir visitas en cuatro ocasiones (cuatro períodos de catorce días cada uno), prácticamente dos meses…
María sigue hablándome.
-Mi hija no gusta de venir acá. Ella es mayor de edad y trabaja, pero odia el trato que uno recibe aquí. Tanto sacrificio, tanto esperar, y luego la visita de treinta minutos reglamentarios, los acortan a quince o veinte-.
En eso pasa una mujer diciendo palabras obscenas y remaldiciendo, pues no le dejaron pasar a pesar de estar en la lista. Una manifestación de impotencia, pienso.
Teresa (nombre ficticio) se anima a hablar.
-Si le caes bien a los guardias, se portan bien y te tramitan rápido. Si no, si le caes mal, no pasas, te retienen hasta que te canses-.
Les pregunto por qué sus esposos o familiares están recluidos. Unos por robo, otros por homicidio, otros por peculado. No hacen ningún señalamiento sobre la culpabilidad o inocencia de sus parientes.
Su actitud pragmática está puesta en la salud y el bienestar del recluso, en el hogar, los pelaos, los útiles escolares, los uniformes, el trabajo, el afán de ahora que llego tengo que lavar y otros menesteres…
Luisa (nombre ficticio) dice que es su primera visita conyugal. Se siente avergonzada cuando el policía de la recepción grita:
-¿QUIÉNES SON LAS DE LA CONYUGAL?-
-Mire, es algo tan íntimo de la pareja y todo el mundo volteó a mirarnos. Mi solicitud estuvo durante un mes para que dieran respuesta, pero conozco casos que en pocos días se resolvieron-.
-Y eso ¿cómo?- le pregunto.
-Sólo imagíneselo. Yo no tengo plata, estoy sobreviviendo con mis hijos, pues ahora estoy sola-.
Llega un autobús procedente del interior de las instalaciones carcelarias. Es un “diablo rojo”.
La muchedumbre femenina con niños y paquetes se precipitan a subir. Las mujeres miran con desencanto a quienes sí pueden pasar.
-¿Ese es el transporte?-les interrogo a mis fortuitas acompañantes.
-Sí. Pagamos veinticinco centavos por ir y veinticinco por venir, pero a veces nos cobran hasta cuarenta centavos por persona en vez de veinticinco-.
-Buen negocio-pienso.
En eso se aproxima al “Departamento de Embalaje” un policía con un perro. Supongo que para detectar droga.
-¿Siempre revisan así?-pregunto señalando la operación de deshacer paquetes y reempaquetar.
-Sí, es por eso que no entendemos por qué llegan las armas y otras cosas allá dentro. El día que mi esposo me pida que le traiga algo que no debe ser, no vengo más-dice enfática María.
-¿Y por qué visten de rojo?-.
-Ese es el color para visitantes, también puede ser negro o gris claro-me contestan.
Escucho que alguien vocifera mi nombre. Es mi amigo, el abogado que concluyó su visita. Es cerca del mediodía.
Me despido de las mujeres y les deseo que les vaya bien. Contrario que al principio, todas me despiden con una sonrisa.
-Gracias-dicen casi al unísono.
Antes de salir, requisan nuestro vehículo.
Hago caso omiso de la revisión, pues voy meditabunda preguntándome qué tanto puede una mujer esperar, perseverar y más que eso, soportar...
Publicado en el Colectivo Panamá Profundo el 13 de junio de 2008.
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- Publicado: Mar 10 Jun, 2008 10:27 am GMT
- En: MUJER
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