LA CUATRO LETRAS
Gloria estaba lista para salir a la calle. Como último toque, se emperfumó dejando el cuarto impregnado de aquella mala réplica de perfume francés.
-Para lo que hay que ver, con un solo ojo basta-murmuró.
Su marcha felina por las avenidas, bajo el sereno de la noche, se vio interrumpida por una patrulla que hacia su ronda.
-¡Hola, Calito!-saludó Gloria hacia los representantes de la ley.
-Gloria, cuidao, Gloria-le dijo el agente arrastrando las palabras.
Aprendió a sobrevivir haciendo amistad con todo el mundo. De por sí, se consideraba buena gente y tal parece, que los demás también. Esto le facilitó las cosas.
A veces, los maleantes del vecindario la ponían al corriente de los depravados que andaban haciendo de las suyas.
Y es que, cuando alguien le hace daño a una prostituta, por lo general, la gente no le da mayor importancia.
Gloria estaba entradita en años y ella lo corroboraba todos los días ante el espejo.
No quería justificar su profesión con los malos tiempos de su niñez, pero era algo que recordaba siempre: la pobreza de su hogar en un cuarto de vecindad, las golpizas que su padre le propinaba a su madre y que luego, continuaba en los cuerpecitos de Gloria y sus hermanos.
Luego la desintegración familiar, los días pasando hambre, sin esperanzas y sin apoyo económico paterno, comiendo a veces por la caridad de las vecinas y de lo poco que lograba conseguir su madre. Ella planchaba ropa, limpiaba casas, hacía rifas.
Al igual que sus cuatro hermanos, a veces iban a la escuela sin haber probado bocado y sin dinero para el recreo.
Gloria se sentaba en un rincón del patio, tratando de no mirar a los demás alumnos, cuando comían su merienda.
Tiempo después, su madre se juntó con un señor que les proveía más o menos lo necesario y la situación en casa mejoró. Su mamà consiguió trabajo en un restaurante y casi no estaba en casa. Gloria se vio obligada a asumir la coordinación de los deberes escolares de sus hermanitos y de mantener la casa lo más ordenada y limpia posible.
Pasó que su padrastro permanecía en casa mucho tiempo, cuando su madre no se encontraba.
Gloria sentía al principio, la mirada fija de aquel hombre, pero creyó, inocentemente que, al no darle importancia al asunto el problema dejaría de existir.
No transcurrió mucho tiempo cuando empezó el abuso. Quedó tan afectada, que se pasaba largo tiempo mirando a lo lejos, casi catatónica. Sentía mucha vergüenza de lo que le pasaba y también se sentía culpable.
Cambió sus hábitos, desmejoró sus calificaciones escolares y un día se tomó un puñado de píldoras para quitarse la vida. No quería vivir. Le era insoportable sentirse tan sucia.
Las pastillas que se tomo eran sulfato ferroso y la intentona de suicidio se convirtió en una diarrea incontrolable, regresó del cuarto de urgencia con el cuerpo débil y el espíritu en silla de ruedas.
Como su madre trabajaba turnos rotativos, no se daba cuenta de lo que sucedía en casa.
La mañana en que despertó con aquella sensación de náusea, Gloria tuvo un mal presentimiento. Todo se precipitó: el maestro de educación física habló con la maestra de grado y ésta mandó a buscar a su mamá.
Ese día recogió sus ropas. Con sus once tiernos años y un vientre incipiente, se aventuró a la buena de Dios.
Su primera noche fuera de casa, durmió debajo de una escalera y al día siguiente, se despertó maltrecha, con ganas de vomitar y sintiendo mareos.
No podía ponerse en pie. La gente que pasaba por el área la miraba con tristeza.
Realmente no sabía qué hacer ni qué rumbo tomar. Se escondió hasta que se le pasaron los malestares, luego saldría y buscaría alimento.
Se quedó como pudo en el vértice bajo la escalera, para que nadie se percatara de su presencia. Cuando abría los ojos vislumbraba un par de arañitas que le hacían compañía pacíficamente.
No fue el mismo caso del perro que, en medio de su paseo matinal, se ensañó ladrando en dirección al lugar de su escondite.
En vano el amo lo instaba a callarse, hasta que se lo llevó casi a rastras.
Se durmió con la cabeza reclinada sobre el cartucho que contenía su ropa.
Despertó al medio día, cosa que calculó por el calor y el gruñido de su estómago. Y se encaminó hacia la casa de una amiguita de la escuela, cuya madre solía darle comida cuando la visitaba. Por entonces, resolvería lo más urgente y eso era alimento.
Se cuidaba para no ser vista por gente conocida, escogiendo las calles y veredas menos transitadas. No quería volver jamás a aquel infierno que era su casa.
Su padrastro le había asegurado que si ella le contaba a su progenitora, no le creería ni una sola palabra.
Anduvo de escondrijo en escondrijo, siempre enfrentando el riesgo de encontrar su sitio ocupado por algún otro indigente.
Se las ingeniaba para conseguir plumas públicas donde hacerse del agua necesaria para beber y asearse.
Fue de tumbo en tumbo, hasta que un día buscó su alimento en la basura.
Una noche estaba en ese proceso, cuando una voz a sus espaldas la conmocionó.
Aquella mujer de ojos azules, acicalada excesivamente, le preguntó que qué buscaba.
Habìa aprendido a eludir a la gente. Se hizo la que no oyò, pero la mujer se acercò y le tocò el hombro con la mano.
Fue el inicio de una gran amistad. Su ùnica amiga en adelante: Nena. La protegiò, le abriò las puertas de su casa, la asesorò respecto a què hacer con su vàstago y le enseñò la profesiòn.
Apenas naciò su hijo, fue llevado a un hospicio.
Nena le dijo que mientras menos estuviera con èl, màs fácil serìa dejarlo en otras manos.
-No podrìas crear a un niño y defenderte en la vida con doce años y sin estudios-.
La primera vez que Gloria fue con un cliente, se trataba de alguien conocido por Nena.
Supuso la novata que el hombre no tenìa idea de su edad con tanto maquillaje, laca y esa enorme estatura que siempre habìa cautivado las miradas de sus vecinos depravados.
Nena le dijo que hablara lo menos posible, cobrara por adelantado y saliera del asunto con prisa, aunque fingiendo que lo disfrutaba.
Ademàs, le dio otras indicaciones como no irse con màs de un cliente a la vez, desconfiara de los que daban muchas vueltas para negociar el precio, ya que no se parara a trabajar en lugares concurridos por homosexuales o esquinas previamente ocupadas por otras obreras de la noche.
Le dio el rosario de instrucciones y cuidados especìficos para sobrevivir en aquel submundo.
Era importante que no se involucrara sentimentalmente con ningún cliente y mucho menos con algún proxeneta.
La casa de Nena era un apartamento con balcòn a la calle, en el cual habìa potes con veraneras sembradas en una tierra agrietada, que Gloria supuso que tenìan tiempo de no disfrutar del agua.
Estaba amoblado de manera sencilla y acogedora.
Gloria trababa de levantarse antes del mediodìa para ordenarlo y limpiarlo, por lo menos, dos veces a la semana como retribución a la hospitalidad.
Nena le habìa dicho que tomara sol, mìnimo un dìa a la semana para que no se pusiera pàlida.
Mientras se contoneaba de madrugada por las calles, se preguntaba còmo estarìa su hijo y con un gesto de la cabeza desechaba el pensamiento para dedicarse a su trabajo.Pensò en Nena: ¡què extraña mujer! Se desaparecìa por largas temporadas sin decirle a dònde iba, pero siempre reaparecìa como si nada.
Todo indicaba que le iba de perlas en el negocio, a juzgar por las cosas que se compraba.
Las indumentarias iniciàticas de Gloria se las comprò Nena con el compromiso de que se las pagara poco a poco.
Habìa en el apartamento una gran biblioteca cuyos libros estaban empastados lujosamente.
En sus dìas libres, se dedicò a leerlos. Al inicio, tenìa que utilizar el diccionario constantemente.
Pero aquel requerimiento se fue volviendo menos frecuente conforme brincaba de libro en libro.
Nena solía decirle:
-Niña, te vas a volver loca. Yo los comprè porque me los vinieron vendiendo a la puerta y me parecieron bonitos, pero no sè què contienen ni me interesa.-
Cada dìa salìa Gloria a trabajar y recordaba sus sueños de estudiar una carrera, que la llamaran licenciada, tener secretaria, còmo no, licenciada, licenciada esto, licenciada lo otro.
Pero ahora su realidad era otra muy distinta: sin estudios, puta de profesiòn y como si fuera poco, mala madre. Aùn no llega a su mayorìa de edad, pero por dentro se sentìa como de un siglo.
-El que cree que esta vida es fácil, està bien jodido-pensaba.
A cualquier parte que fuera ya el supermercado, ya la farmacia, ya los almacenes, se encontraba con conocidos que fingìan no reconocerla, aùn cuando manifestaban predilecciòn por su compañìa a la hora de solicitar ese tipo de servicios.
Y eso que no quiso repetir la experiencia de la vez que se le ocurriò ir a misa dominical. Aquello parecìa una convenciòn de sus clientes acompañados de sus respectivas.
Nena le habìa aconsejado: para putear, vìstete de puta y para mercar, tògate cual ciudadana respetable.
El mundo de la noche era otro universo.
Veìas a las personas despojadas de las investiduras impuestas por la sociedad.
Con naturalidad observaba en plena acciòn al abogado travesti, a la exitosa profesional lesbiana, al respetable empresario drogado departiendo con varias prostitutas, al traficante de drogas vendiendo mercancía a los hijos de papaymamà, al polìtico alcoholito y al fiscal homosexual, todos, absolutamente todos haciendo de las suyas.
Ellos tambièn se debìan sentir tranquilos en ese mundo, porque como alguien dijo: ¿quièn le va a creer el testimonio a una puta?
Chilo, el señor que le hacìa los mandados, le decìa que ese era el mundo del silencio, porque nadie habla. Era como un còdigo de silencio.
Nena le recomendò que aprovechara al màximo su juventud, que ahorrara, porque el tiempo no tiene compasión, sobre todo en esa profesiòn.
Gloria se autohipnotizaba cuando iba con los clientes y se repetìa mentalmente mientras laboraba, esta no soy yo, esta no soy yo.
Luego, cuando el tèrmino la llaevaba al cuarto de baño, después de guiñarle un ojo con picardìa al cliente, se recostaba sobre la puerta cerrada y soltaba un suspiro, dicièndose para sus adentros he vuelto a ser yo.
Asumìa que todo lo ocurrido en esos momentos lo despositarìa en una caja que cerraba al retirarse y sòlo abrirìa nuevamente para guardar iguales eventos.
Mientras permanecerìa herméticamente cerrada.
Hubo èpocas en que la calle estaba durìsima. Para aquellos tiempos se arreglò elegante y se sentò en un bar a tomar un trago que el cantinero y ella sabìan que era agua con hielo.
Si algún parroquiano le invitaba a un trago, el cantinero le servìa a ella tè helado y luego partìan las ganancias. Era una polìtica de la empresa.
Como decìa Nena: doble ganancia, dinero contante y sonante y nada de desgaste por ingerir alcohol.
Un hombre se acercò a Gloria, y ella no pudo catalogarlo como un cliente potencial. Le inquietò notar que èste querìa ganarse su confianza, lo cual hizo que lo clasificara como proxeneta.
Cuando la piropeò lo catalogò de chulo, cuando le hizo preguntas pensò que era policía o detective.
Decidiò utilizar la frase màgica:
-Conmigo no tienes que fingir, sè tù mismo-.
Resultò escritor y todo un caballero. Sabìa en què momento disculparla por afàn de sus labores, y siempre iniciaba la siguiente conversación con el tema que habìa quedado en el tintero.
Gloria tenìa muchas amistades, la mayorìa, hombres.
Cuando pasaba y alguno la piropeaba por vacilar, ella contestaba con la misma expresión de siempre:
-Quizàs yo tenga algo que tù quieres, pero es muy posible que no tengas lo que yo quiero, corazòn de otra-por supuesto que se referìa al dinero.
Los acompañantes del susodicho estallaban en carcajadas instando al aludido a responder algo, aunque èste sòlo celebraba la ocurrencia.
Las veraneras estaban hermosas, sobretodo ahora que Gloria les prodigaba agua. Extendìan sus ramas desde el balcòn cual brazos arqueados tratando de atrapar al viento.
Reventaron en flores en plena estación lluviosa, haciendo caso omiso a sus propios nombres. Se enredaban entre sì al compàs de la brisa mezclando sus colores rojo, blanco, lila y mamey.
Gloria extrañaba el hecho de que nadie se asomara a la calle, cuando para ella era tan placentero hàbito.
La mayorìa de los apartamentos tenìan clausurada la puerta que daba al balcòn y èsta presentaba un aspecto polvoriento y descuidado. Otros usaban ese espacio como depòsito de cosas que talvez no sabìan donde poner.
La historia de las noches sin sueños y dìas cansados de Gloria permanecìan: aquellas, en la caja virtual y èstos, en su memoria.
Pero a veces, sin querer, abrìa la caja, cuando ocurrìan cosas que le recordaban que pertenecìa al gènero humano.
Un hombre que se fue con ella y, al verla sin ropa, rompiò a llorar. En medio de gimoteos se lamentaba de que su esposa lo traicionaba con su mejor amigo, pero que no habìa encontrado el valor de dejarla, porque no podìa vivir sin ella. La amaba demasiado. Preferìa creerle sus mentiras, sus excusas y justificar sus faltas ante la actitud recriminadora de su parentela, que veìan impotentes su calidad de cuernosmansos.
No le quedò otra que abrazarlo y luego mantenerlo en el regazo cual si fuera un niño desamparado.
La mayorìa de los hombres se quejaban de sus mujeres y Gloria se preguntaba que, si habìa tanta fèmina perversa en casa y tanta mujer maluca en las calles, entonces dònde estaban las buenas. Tal parecìa que, segùn los hombres, las mujeres buenas no existìan.
La vez que estuvo con un hombre que parecìa estar conforme con su pareja, situación inusual y evitaba por todos los medios de no hablar de ella. Gloria llegò a la conclusión de que para este cliente hasta mencionar a su esposa ante una callejera, le resultaba contaminador.
O sea, dijo Nena, al enterarse del cuento, que èl sì podìa acostarse con una puta sin contaminarse pero, la simple mención del nombre de su consorte en esos momentos, constituirìa una poluciòn
-Què vainas màs ilògicas, si quien se va a dormir con ella después es èl- expresò la veterana con una risa sarcàstica..
Nena le enseñò a escuchar confidencia sin comprometerse utilizando conversaciones de relleno: no puede ser, què horror, què barbaridad, no te creo, increíble, de veras y entonces què pasò.
Ademàs, aprendiò a sortear clientes que consumìan sustancias extrañas, de tal suerte que ella no tuviera que probarlas.
La gente murmuraba cosas de Nena, como que era rica y que puteaba por puro placer. Era extraño que dijeran eso de una persona que habìa sido su mejor asesora financiera.
El tiempo que Gloria pernoctaba en el apartamento quizàs le permitirìa dilucidar sus dudas sobre estos rumores, trasteàndole los efectos personales a su protectora, pero nunca lo hizo: era la forma de manifestar su agradecimiento y su lealtad.
-Cuando un hombre se te acerque màs de tres veces y no te pide cama, desconfìa de èl-otro sabio consejo de Nena.
Pero el escritorcito hasta señorita la llamaba.
Muchas veces, mientras la entrevistaba, ella se surmergìa en los remordimientos pensando en su hijo. Quería averiguar què habìa sido de èl, màs por una afección fòbica al incesto, que por sus sentimientos de culpa.
Todos los dìas contaba què edad tendrìa su hijo, sobre todo cuando algún padre machista le llevaba a su hijo para que lo hiciera hombre.
Con suma paciencia se comportò con un mozalbete asustado, que al final, resultò afeminado. Gloria se las traìa, y después de las sùplicas del jovencito, ella le dijo:
-Està bien, le dirè a tu padre que eres un cachorro de tigre, pero me vas a prometer que cuando te lo encuentres después de pondràs en tu cara la mayor sonrisa que nunca antes hayas tenido, ok?-
-Ah, y otra cosa, cuando decidas salir del closet no me metas en problemas, estamos? Sòlo dì que cambiaste de opinión-
Eran los pactos de Gloria con sus clientes maricas ocultos.
Nena habìa traìdo una novedad para realizar las faenas. Dijo que se lo consiguió una amiga que viajaba mucho. Era el condòn femenino.
Al principio se sentìa extraño, pero después uno se acostumbraba.
Gloria se sonreìa al recordar la primera exposición que hiciera Nena de la conveniencia de usarlo. Fue en su apartamento. Aquello era una convenciòn de putas queparaquelecuento.
-Una batida harìa japai-comentò jocosamente en aquella ocasión Gloria .
Si su familia la buscò, ella jamàs se enterò.
Después de años, se encontrò con un hermano, ya crecido. Ella simulò no verlo y él hizo lo mismo. Pensò Gloria que no podìa estar orgulloso de que su hermana mayor ejerciera la profesiòn màs antigua del mundo, cuando a ellos se les veìa por encima de la ropa que se habìan levantado como gente honesta y de bien.
Pero estar en el mundo de la noche tambièn tenìa sus ventajas: conocìas a quien menos pensaras.
Pudo enterarse, por casualidad, que su madre estaba muy enferma. Què pasò muy poco tiempo después de su escapada, para que el padrastro se desapareciera sin dejar rastro o explicación alguna y, que de igual forma, su progenitora tuvo que enfrentar la vida para sacar adelante a sus hermanos.
El periodista le habìa dado esperanzas de localizar a su hijo. Ella le dijo que sòlo querìa saber quièn era y què hacìa.
-Còmo presentarme y decirle: hola, soy tu madre, te regalè cuando estabas recièn nacido, y te cuento que me he ganado la vida trabajando en la profesión más antigua del mundo-.
Èl supo que era el temor incestuoso y sin mencionarlo, le dijo que entendìa.
Rindieron fruto las averiguaciones. Ya sabìa que su hijo habìa crecido en un proyecto piloto para niños huèrfanos, estudiò mecànica y se desempeñaba en un taller de la localidad. Se llamaba Danilo. Era muy alto y apuesto, aunque un poco pasado de peso.
La gente la miraba como si estuviera loca. Ir a un taller de mecànica a pedir prestado el baño, talvez no tenìa ninguna lògica, pero como las necesidades fisiológicas, tampoco; se lanzò.
Al igual que, no le importaba las miradas de los moralistas mientras buscaba el sustento, asì tampoco le interesaron las miradas inquisitivas en el taller.
Danilo no parecìa el tipo de muchacho que busca los servicios de una prostituta, aunque su experiencia le decìa que, a la hora de las necesidades, no existen ni tipos ni perfiles definidos.
El escritorcito ya estaba terminando su trabajo y ella presintió que le iban a hacer falta sus charlas.
Cuando ya èl no volviò màs, tuvo la certeza que ningún hombre, jugando el papel que fuera, permanecerìa en su vida.
El ùnico que sì parecìa estàtìco en su vida, era Chilo, el viejito que le hacìa los mandados.
Nena un dìa llegò de viaje, y nunca màs saliò a trabajar. Por respeto no le preguntò nada.
Una mañana, en medio del desayuno, Nena le dijo que se habìa jubilado, ya que tenìa suficiente dinero para darse ese lujo. Ahora sòlo ejercerìa en sus horas libres y en casos especiales sòlo como empresaria.
A Gloria le avergonzó en sus adentros, comprobar que Nena se veìa como si fuera contemporànea .
Todos esos libros que leyó Gloria, le permitieron ser un personaje ante los ojos del escritor.
Se sonreìa mientras pensaba:
-Se llevò la impresión de haber conocido una puta culta-.
Con los clientes este recurso no le servìa, pues el còdigo era conversación de relleno o cero plàtica, en todo caso acciòn. Cuando alguno querìa que ella le hablara durante la jornada (lo cual incrementaba la tarifa), los temas no tenìan nada que ver con su recièn adquirida cultura.
En estos casos, le conversaba aquella sarta de salvajadas que supuestamente hacìan que el cliente se excitara y funcionara mejor.
Una vez tuvo un cliente que le pagaba por no hacer nada. Sòlo tenìa que ir a su apartamento y contemplarlo cuando èl se vestìa con exòtica ropa interior femenina,al estilo Lady Mermelade y luego, se ponìa encima una larga colección de camiseros de rayitas de colores combinados con unos zapatos rojos de tacòn francès. Èl le modelaba todas aquellas ropas como modelo en pasarela y ella lo veìa con ojos de quien ya ha visto todo.
Era la forma màs còmoda de ganarse el jornal, y a ella no le molestaba para nada.
Pero muy en sus adentros, se preguntaba si esto era lo que permitìa al individuo seguir con su vida de esposo, padre de familia ejemplar y honorable ante los ojos de la sociedad; mientras su espíritu acorralado se debatía en el closet.
Fin