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MUJER

 

MERCEDES SOSA: LA NEGRA



MERCEDES SOSA “LA NEGRA”

Cuando mi hermana y yo, supimos que Mercedes Sosa estaría en Panamá, brincamos de la contentura. Esto sucedió a finales del siglo pasado.

Comencé a ahorrar para hacerme de los boletos y luego fuimos temprano a ATLAPA a escuchar sus canciones sinceras y su talento incuestionable.

Conversando con algunos de sus fans, supimos que estaba enferma con una infección y que, a pesar de todo, nos brindaría el concierto esperado.

Luego de escuchar las décimas cantadas con maestría por un juglar de nuestra patria, salió al escenario La Negra.

Estaba sentada con su guitarra en el regazo y luego del saludo, inició a cantar.

Estaba yo tan emocionada que ni siquiera me había dado cuenta que al lado nuestro estaba un grupo numeroso de hermanos argentinos que le gritaban los títulos de las canciones que ellos querían escuchar.

Todas sus interpretaciones recibieron la ovación del público, que se olvidó en determinado momento (incluyéndome) que Mercedes Sosa estaba enferma…

Se despidió y se retiró tras bastidores, mientras aplaudimos de pie por veintincinco minutos, en tanto nuestros vecinos de las pampas, gritaban de voz en cuello: ALFONSINAAAA.

La Negra salió y arrancó a cantar cayendo un pesado silencio sobre el público que sólo fue roto por el aplauso final a la interpretación, en la cual pareció dejar toda la energía que le quedaba.

Mercedes se retiró con una sonrisa esforzada y nosotros salimos dispuestos a tomarnos un cafecito a esa hora de la noche. Íbamos contentos, llenos música, de emoción, de vida, disfrutando el sentimiento cómplice y solidario de haber compartido algo maravilloso que, siendo extraños, nos hermanaba.

Este año, renuncié a ir a algún concierto de rock progresivo para guardar mis recursos, pues me había enterado que La Negra venía en el mes de noviembre.

La Negra no vendrá, pero seguirá en nuestra conciencia desde donde diariamente le dará gracias a la vida…



http://www.youtube.com/watch?v=j8qfIxYbDjg

 
 
 

ALQUIMIA (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

Transcurría el año del Señor 1588 en la ciudad alemana de Osnabruck.

Zelma siempre había tenido mucha química con su padre, y esa realidad era más evidente después de la desaparición física de la madre. Eran de familia acomodada y, podían darse algunos pequeños lujos.

Recordaba los refunfuños de su madre cuando, padre e hija, se encerraban en el estudio que era un refugio para él.

Una habitación colma de cuanta cosa: aparatos inventados por su progenitor, apilados por los rincones, mesas llenas de frascos con sustancias de colores, vasijas con líquidos humeantes, toda suerte de instrumentos de metal y un sinfín de cosas más.

Tal desorden no permitía que su madre gestionara la limpieza, ya que la criada tenía prohibido cruzar ese umbral. En el centro justo, una mesita redonda y la enorme jaula conteniendo la mascota consentida de su padre: una malhablada cotorra políglota, que le trajeron de no sé qué lugar exótico.

Su padre, a través de estudio, investigación y experimentos, adquirió conocimientos en medicina que compartía de manera generosa, ayudando a quien fuera en busca de su auxilio.

Cuando los conminaba a lavarse las manos a menudo para evitar enfermedades, ellos reían en señal de incredulidad.

Zelma, siendo aún muy niña, limpiaba la habitación de las discordias, con tal que padre y madre no discutieran. Se paraba en el marco de la puerta, escoba y trapo en mano, contemplando por segundos aquel desastre rodeado de anaqueles polvorientos.

Y, luego de la limpieza, con curiosidad científica leía y releía los textos almacenados en aquellos.

Una voz altisonante la regresó a la realidad:

-Confiesa y serás perdonada-arengaba el tribuno.

Comprendió que, en medio de tantas presiones y tabúes, era ella contra la autoridad prepotente del inquisidor y la opinión pública.

Como científica que era, mantuvo la actitud lógica y sin desesperarse en aquel momento crítico. Exasperarse le restaría ecuanimidad de juicio y discernimiento: un sabio consejo de su padre.

Ya había visto con antelación las persecuciones a inocentes mujeres del poblado, sólo por el hecho de manifestar una actitud que atentara contra la barrera machista. Un solo gesto o una palabra inadecuada podrían llevarla directo a una horrible muerte.

Definitivamente, el miedo era la forma de conservarse poderosos.

-Vamos, no te quedes callada. Esto podemos hacerlo fácil o puede ser dificilísimo-le amenazaban.

Ella observó uno a uno a los presentes.

-No la miren a los ojos-gritó uno del tribunal y las madres corrieron taparle los ojos a sus hijos. Según el mito, podría embrujarlos.

Veía, sin apenas creerlo, los rostros de las personas hacía poco habían ido por ayuda médica para sus males o los de sus seres queridos.

Los amigos de su padre, que cada cierto tiempo venían de lejanas tierras a reunirse en la habitación, le inspiraban gran admiración. Entre ellos, sólo había una dama. No era agraciada físicamente, pero su presencia provocaba respeto y reverencia en el resto del grupo.

Eran egresados de famosas universidades: Toulouse, Bolonia y París. Su padre, recién terminaba su carrera en la universidad de Frankfurt.

Se la pasaban días enteros reunidos, conferenciando, intercambiando ideas, ilustrándose los unos a los otros. Sólo se separaban para ir a sus habitaciones, en donde se aseaban y casi ni descansaban.

Tomaban sus alimentos en el lugar de reunión, mientras seguían conversando sin interrupciones. Zelma se le ofrecía a su madre como voluntaria para llevarles la comida, con tal de escuchar sus debates y alegatos.

-Confiesa, discípula del demonio-le conminaba el fanático religioso. Todo el mundo estaba atento al mínimo gesto que ella pudiera hacer.

Supo entonces que nadie entendería razones y que todo lo que dijera se malinterpretaría para perjudicarla. De hecho, ya las frases del interlocutor la condenaban y apenas estaban iniciando el juicio.

-Sí, practico la hechicería-una exclamación ahogada surgió de todas las gargantas.

-Primero, comencé a tener sueños extraños en las noches, despertaba empapada en sudor y escuchando ruidos espantosos dentro de mi cabeza-miró fijamente a sus ansiosos interrogadores. Luego, iba temprano a la iglesia a buscar paz-.

-Pero, ah!-haciendo gala de todo el drama que su entereza le permitía-eh allí, que me encontraba con las precursoras de mis pesadillas-.

Los interrogadores le exigieron que siguiera hablando.

Así dijo que eran muchas las que estaban en esas prácticas y que iban al bosque a realizar ceremonias en donde algunas caían en trance y hablaban en lenguas.

En este punto la multitud daba la impresión de no querer ni respirar, para no perderse el más mínimo detalle.

-Allí estaba Richelle con todas las demás-.

-RICHELLE-gritó la muchedumbre expectante.

-Mientes-imprecó el más rudo de los examinadores.

-No, no miento-con serenidad-y voy a decir toda, toda la verdad-mientras veía al hombre con el rostro descompuesto.

Richelle era la esposa del interrogador y juez secular. Zelma siguió mencionando nombres: Roderica, esposa del acólito parroquial, Hanna, hermana de otro tribuno, Uma, la madre del pastor, Zelda, hija del alcalde.

Era una lista interminable de mujeres importantes, la cual iba dando con los detalles de cada una, sus aptitudes y actividades.

A cada nombre que mencionaba, le seguía una exclamación del público. Aquel auto de fe, estaba siendo saboteado por quien debía ser sacrificada como chivo expiatorio.

Sabía que la mesura y la seguridad en sus palabras le harían ganar la atención del auditorio, así que hizo gala de toda su ecuanimidad para no perder la concentración de quienes ávidos le escuchaban.

Cuando cumplió diecisiete años y comenzaron a buscarle posibles alternativas de compromiso matrimonial, Zelma hizo berrinche. Se encerró en su habitación, negándose a comer por días.

Su padre angustiado le concedió las dos condiciones que ella puso para salir: no hablar más del tema y permitirle participar en las reuniones científicas.

Sus victimarios se miraban entre ellos, sin saber qué hacer, pues el público les observaba de hito en hito.

No podían hacerle callar, ya que ellos fueron quienes le exigieron que hablara.

El representante del poder religioso, recostándose sobre uno de los antebrazos de su asiento, hizo una seña al hombre que presidía el interrogatorio, y éste se dirigió hacia él. Le secreteó algo al oído.

Zelma, calló estratégicamente para que todos contemplaran la conferencia de los hombres.

-Si te declaras culpable e imploras el perdón del tribunal, se te perdonará la vida y podrás seguir tu existencia en paz-.

-No. Quiero que juzguen a todas las participantes, como me están juzgando a mí. Les estoy dando la información que necesitaban para erradicar la hechicería de este poblado y les suplico que hagan justicia. Esto es parte de mi acto de fe y arrepentimiento: quiero reparar el daño que hemos hecho a la comunidad-en tono humilde.

El hombre quiso taladrarla con la mirada y ella supo que estaba a punto de tener el sartén por el mango.

-¡QUE SE HAGAN LOS JUICIOS!-gritó una voz en el fondo y luego se le fueron uniendo muchas más hasta convertirse en un clamor ensordecedor.

Zelma no supo nunca si aquella voz obedecía a la emoción del momento, al fanatismo religioso o al capricho de algún marchante para que se completara el espectáculo.

Lo cierto fue que provocó tal bochorno en el tribunal, el cual conferenció en baja voz ante el público, sin disimular el malestar que sentía.

-¡Estás loca!-le gritó el interrogador con la poca seguridad que le quedaba.

Zelma esperó a tener toda la atención de los presentes para decir:

- No se atreven a hacer los juicios, eso es una señal de poca reverencia y de encubrimiento. Estoy confesando y entregando toda la información que necesitan. Estoy arrepentida y deseo que todas esas mujeres también vuelvan al camino de Dios y si no, que sean castigadas con la hoguera -.

La multitud soltó un grito, mientras sus miradas examinaban con detalle a los tribunos.

Zelma se imaginó pasar otra noche en la casa de las torturas, donde, por veinticuatro horas, se interrogaba a supuestos hechiceros y herejes.

Los gritos desgarradores quebraban su sistema nervioso, más que los suplicios inflingidos al propio cuerpo. En esa casa la mayoría eran mujeres, a las que llamaban discípulas del demonio.

El fanatismo religioso parecía haber logrado una locura colectiva y había que aprovechar esa locura.

-Queremos los juicios-repitieron una y otra vez.

Zelma no sólo no fue castigada, si no que el tribunal le otorgó un salvoconducto para viajar a una lejana ciudad en donde se estableció y pudo terminar sus estudios universitarios, con la condición que jamás regresara.

Amigos de su familia, vendieron las propiedades de sus difuntos progenitores y el producto se lo enviaron; no sin antes vaciar el laboratorio. Aquel recuerdo del cuarto desordenado llenaba de nostalgia a la muchacha.

La versión para Osnabruck, fue que Zelma se había desintegrado en el aire, ante los ojos de sus custodios, cosa que pocos creyeron. Las otras mujeres jamás fueron sometidas a juicio.

Iniciaba el movimiento de Contra Reforma que enfrentó a católicos y protestantes.

En el medio, inocentes ciudadanos eran víctimas del fanatismo de ambos lados con la “cacería de brujas”.

Zelma aún se preguntaba cómo había dicho todas esas mentiras al tribunal secular.

Tal como su padre sentenciara: todo poder tiene su talón de Aquiles, el asunto es saber cuál es.

FIN

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

Publicado en Kaos en la Red el 9 de septiembre de 2009.

 
  • Publicado: Vie 11 Sep, 2009 11:44 pm GMT
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SAMUEL EL URGIDO (Cuento)

Samuel, El Urgido

EL PERFIL

Había una vez un señor llamado Samuel Torres.

Procedía de un círculo social en algún país suramericano, en el cual las triquiñuelas y las jugadas sucias ya han tomado ribetes de profesión, elevándose de esta manera, a categoría de arte.

Radicado en Panamá, esta tierra hermosa y acogedora, considerada una tacita de oro y que brinda a los extranjeros la oportunidad de crecer y desarrollarse; pudo sentir que estaba en el lugar apropiado para sus propósitos.

Estaba casado el señor Torres con una linda mujer de nombre Ruth, y dio paso su unión marital a tres traviesos y saludables críos.

Preparación académica sí le faltaba a Samuel, pero tenía aquello que era necesario para salir adelante: ambición desmedida y oportunismo.

Empezó a trabajar en una fábrica de ropa, la cual él se preciaba en decir que era propiedad familiar, lo cual era falso.

Y es que en la existencia del señor Torres, casi todo era falso, desde su honor, su actitud para mentir con propiedad y desenvolverse en la competitiva sociedad en que vivimos y, su don del verbo, conocido vulgarmente como verborrea.

Modulaba con maestría su ronca voz, poniéndola como de locutor acaparando la atención del público oidor.

Tuvo la gran suerte de ser designado alto ejecutivo en una empresa de capital panameño, radicada en uno de estos paisitos de Centroamérica, donde la situación económica provoca que las clases trabajadoras sean expoliadas.

Desde que llegó a la prenombrada empresa, hizo sentir su presencia interponiendo denuncias ante las autoridades competentes, en contra de otras personas por falsificaciones de documentos, que era él quien falsificaba.

Acto seguido, haciendo gala de su connotado arte histriónico, solicitaba a las autoridades el esclarecimiento de los hechos para deslindar responsabilidades y así castigar a los culpables, robusteciendo de esta forma su imagen de transparencia incorruptible.

Todo esto obedecía realmente a un plan solapado del señor Torres, con la intención de ganarse la confianza del dueño de la empresa, a tal punto que le permitiera manejar la compañía autónomamente.

Tenía el señor Torres el alma carcomida de complejos de inferioridad, que podría quizás especularse que se originaban en su falta de estudios o, su falta de plata o su enanismo espiritual; o las tres cosas juntas.

En los complejos con las conquistas amorosas, ahí si torcía la puerca el rabo, porque le emocionaba sobremanera que le vieran rodeado de lindas chicas para así sentirse el macho de la película, dando de esa forma la suspicaz impresión de que realmente no lo era.

Todas las situaciones que enfrentaba el señor Torres, eran analizadas desde la óptica del sexo: si una mujer lo rechazaba era porque, estaba enamorada de él y él, cual Adonis, no le paraba bolas.

Si un hombre le llevaba la contraria, era porque le envidiaba, ya que no levantaba hembras como lo hacía el propio.

Si una mujer lo acusaba de acoso sexual, era totalmente falso), ya que lo que pasaba era que esa mujer se le había ofrecido y el señor Torres no él ni caso que le hizo.

Habiéndose ya asentado en su puesto como máximo jefe de la empresa antes citada, se hizo de amantes que al parecer, veían solucionadas algunas situaciones de tipo económicas (llámese manutención), mediante la relación con el flamante gerente.

La más llamativa y estable de esas relaciones fue con una negrita de nombre Marta, la cual fue coronada en tiempos pasados con el título nacional de Miss Fisicultura y, cuyo única hazaña adicional, fue las demeritoria labor de haber alegrado las fiestas privadas de los personeros del capitalismo en su ciudad natal.

Convivían en la misma casa como marido y mujer.

Con su amante, Samuel se exhibía en todos lados, siempre y cuando no fuera una reunión con ejecutivos de la Casa Matriz, o reuniones importantes de negocios o de las anheladas buenas relaciones sociales (diplomáticos y demás).

No obstante, a su esposa le exigía una fidelidad fuera de toda lógica, toda vez que él cada día pasaba menos tiempo en tierra istmeña.

Pero fíjense que el señor Samuel de primera vista no caía mal, pues manejaba el arte del humor con una destreza que dejaría pálidos a los más renombrados comediantes.

Era experto rompiendo el hielo y teniendo salidas ingeniosas, que sin lugar a dudas, eran disciplinadamente ensayadas para obtener los resultados requeridos.

Cuando todas sus técnicas parecían fallarle ante una situación que amenazaba, como se dice en el argot popular, dejarle con los pantalones abajo; entonces utilizaba el truco de hacerse el indignado porque no se confiaba en su honorabilidad.

Y es que en su mundo de mentira, Samuel desbarataba a sus enemigos desprestigiándolos aunque realmente no hubiera ningún síntoma en la conducta de las víctimas que denotara que eran ciertas sus acusaciones. Porque con su manejo de la técnica del convencimiento, el señor Samuel tenía un doctorado en destrucción de reputaciones.

Primero atacaba al profesional, y si esto resultaba infructuoso, entonces arremetía contra el plano personal.

Además, el señor Torres no parecía tener ningún temor de que socavaran su prestigio, posiblemente porque no se puede acabar con lo que no existe.

Era, en lenguaje de pueblo, una prenda .

Siempre le preocupó al sujeto de marras, que le creyeran bien relacionado con personajes conocidos y célebres, por lo cual no perdía oportunidad de tomarse fotos al lado de ellos, aunque sólo fuera por casualidad, en cualquier tipo de reunión, llámese almuerzos o celebración.

Ah!, y también era de vital importancia que públicamente se manejara la información de que tenía un apostolado, por lo tanto, sacrificaba parte del tiempo de la empresa y de los recursos (en crisis)de la misma; para apoyar las actividades de orden benéfica. Total, de su bolsillo no salía nada que era prioridad básica en todo su ir y venir por el mundo.

Gustaba de ejercer presión sobre los más débiles con el factor económico, de tal forma que los hacía, aunque fuera coercitivamente, pasarse a su equipo.

Pero no olvidemos que todo esto nunca fue con su propio peculio.

Coleccionista compulsivo de chistes, en toda parte que visitaba trataba de aprender alguno, con el inconveniente, de que al coleccionarlos se le olvidaba dónde había dicho qué chiste a quiénes, cayendo en un desgaste por repetición de chistes a las mismas personas, quienes a veces se sonreían por simple educación.

Este estuche de monerías, siempre estaba al acecho de información porque, según su criterio, nunca se sabe si uno la va a necesitar en el futuro. Así que afinaba el oído cuanto podía, para tomar nota mental de todo dato que oyera en su entorno, para procesarlo en su maquiavélico banco de datos.

La causalidad

Una vez en un baño de damas de un connotado hotel, la casualidad citó a tres mujeres que parecían haber tenido algún tipo de relación con el tal Samuel.

La euforia en pañales de los dos primeros tragos, crearon la magia que permitió que estas féminas se comunicaran de manera excelente.

Una de ellas, la primera, había sido su amante.

Se explayó en detalles increíbles sobre el sujeto, dejando al final a su audiencia perpleja al expresar públicamente que era un pésimo amante, es decir, lo que en buen panameño se le llama un mal polvo.

Sin embargo, ella siempre recordó al señor Torres como un individuo que tenía urgencias notorias de encuentros sexuales. Lo malo era que aquellas urgencias, una vez llevadas a la práctica, eran fugaces.

Concluyó su relación aquella mujer con el sujeto descrito, cuando se enteró que él acostumbraba pasearse en su carro en las madrugadas frías de aquel país en el cual trabajaba, buscando putitas a las cuales pudiera usar de manera rápida, económica y sin complicaciones.

Lo mandó al cuerno, no sin antes haber pasado la vergüenza, de ir a su ginecólogo con alguna extraña enfermedad de transmisión sexual, seguramente como recuerdito del señor Urgido.

La otra mujer del tocador, estuvo viviendo en un apartamento que el señor Torres le alquiló, como si fuera propio (que no lo era, pues era propiedad de su concuñado).

Tuvo que mudarse con toda su familia, ya que las reparaciones no se hacían, sin embargo, se le exigía la renta cumplida al término de la distancia.

Aquel inmueble estaba, literalmente, cayéndose por la falta de mantenimiento.

Pero la mujer no se quedó con los brazos cruzados, y llevó el caso a las autoridades competentes, lo cual le valió que el señor S. le desprestigiara diciendo a los demás moradores del edificio, que el problema que ella tenía fuera que él no le había hecho caso a sus pretensiones sexuales.

Samuel, El Urgido, jamás supo que los matones que un día lo esperaron y tuvieron a punto de apambincharlo en la entrada de su casa, fue un envío del marido de la ofendida.

Los malandros no pudieron cumplir su cometido, ya que, de manera milagrosa, salvó la situación la ronda de la policía en radio patrulla, que por casualidad pasaba en ese momento e hizo que los malhechores prácticamente se evaporaran en el aire. Tal pareciera que alguien allá abajo lo quiere mucho.

La tercera mujer tenía un resentimiento muy grande contra el señor T. No estaba metida en la conversación, pero sigilosamente salió de uno de los baños individuales, y pidiendo disculpas por no haber podido evitar escuchar la conversación, quiso antes que nada confirmar si la charla giraba en torno del sujeto que ella conocía.

Una vez estuvo segura, procedió a dar el argumento aquel tan folclórico, de que este es un país muy chico y todo el mundo se conoce; y luego pasó a ser parte de la amena charla (porque no creo que nadie pueda negar que existe un placer inconfesable al jalarle la colcha al prójimo).

Explicó que el señor Torres, había embaucado a su esposo en un negocio que, según los planteamientos del señor Urgido, tenía grandes posibilidades.

La tercera mujer, les narró cómo su querido consorte, después de tratarlo durante reuniones de obras de caridad, depositó en las manos de aquel rufián los ahorros de toda su vida, para que, al rato, le saliera que la calle estaba dura y que el negocio fue de mal en peor. Y luego, como conclusión final, que en los negocios a veces se gana, y a veces se pierde.

Con algún resabio y algunas humedades oculares, que contagió a su selecto público, contó en detalle la triste historia de su esposo, quien a partir de aquel desafortunado suceso, cayó en una depresión espantosa, que hizo debilitar su corazón, el cual no había vuelto a ser el mismo.

No obstante, según contó, no se veía ningún pesar, por parte del señor T., quien aunque encontrara la calle dura, se daba lujos inexplicables.

Se extendió la conversa por más de una hora, y cada una de las participantes comunicó que tenía que retirarse, pero no antes de intercambiar direcciones y teléfonos para volver a encontrarse.

La Trama

Aquellas tres mujeres estaban sentadas en la cafetería. A pesar de sus tres tipos diferentes de belleza, eran atractivas. Sus edades promediaban entre treinta y cinco a cuarenta años.

Al llegar se saludaron como si fueran viejas amigas, y figuradamente cada una sacó un estuche especial que podría contener hasta diez dagas de diferentes tamaños.

Llegaron a intercambiar información detallada del asunto que les interesaba, mientras no perdían oportunidad de destazar al señor Urgido.

Concluyeron que con toda la morrina que el sujeto de marras iba esparciendo por el mundo, se hacía necesario darle un gran escarmiento.

Había que verlas, atractivas de por sí, tenían arreboladas las mejillas y un especial brillo en la mirada.

Perdóneme el lector, ya que no quiero, por nada del mundo, decir que la maldad embellece; pero estas tres mujeres realmente disfrutaban los detalles escabrosos de su plan.

Sus labios demarcaban un rictus placentero y las lánguidas prolongaciones de sus gestos mientras gestaban el plan, hacían recordar a Matahari.

Frente a un capuchino con equal, fumaron hasta la saciedad, en tanto que con lujos de detalles, tiraron la estratagema para castigar al señor Urgido.

Estuvieron de acuerdo en que tenían que conseguir alguien que se prestara para el papel, debería ser una mujer joven, cònsono con los intereses andropáusicos e ideal para el “delicado” paladar de la víctima.

La tercera mujer, dijo que tenía una amiga que, de repente, podría agradarle el papel, pero que tenía primero que hablar con ella.

Acordaron que sus respectivos compañeros, por nada del mundo, deberían enterarse de lo planeado y, que los gastos en que incurrieran y responsabilidades que surgieran del plan serían distribuidas por partes iguales entre las tres.

Aquello sería un secreto entre tres. Excepto, por las otras personas que formarían parte del plan, a las cuales tácticamente no se les daría mayor información, con tal de que se llevara a feliz término el proyecto.

El Inicio

Estaba sonando el teléfono persistentemente, hasta que un taconeo se fue haciendo más fuerte y una mano femenina levantó el auricular.

-¿Si?-. Sí, habla Yara-

La mujer miró a todos lados con mal disimulada inquietud, como cuando uno no quiere que le escuchen sus conversaciones telefónicas. No había nadie en la estancia.

Se arrellanó en el diván al mismo tiempo que cambiaba el teléfono de mano, mientras se metía los dedos de la mano derecha entre el cabello una y otra vez.

-Pero dime, ¿qué decidiste?-

Algo que le dijeron la hizo incorporarse de un salto, y casi gritó:

-Tú sabes, chica, que la plata es lo de menos. Conmigo tú estás segura.-

Se volvió a sentar lentamente, y se fijó por casualidad en ese momento, que había que cambiar la pintura de la salita de estar. Más reposada dijo:

-Mira, déjame ver qué hago. Yo te llamo.-

Marcó un número telefónico lo puso en espera y luego otro número más. Los puso en conferencia:

-Habla Yara. Mi amiga acepta, pero quiere un adelanto. Dice que los dos niños tienen que entrar a la escuela y ella necesita el dinero para comprar los útiles y pagar la primera mensualidad, ya que este año se la aumentaron.-

Dialogaron las tres por algunos minutos y llegaron a un consenso. Le darían la plata del adelanto, pero Yara se comprometía a que cumpliría lo pactado, ya que el vínculo de amistad era con ella.

Le entregarían el dinero al día siguiente.

Yara le entregó un cheque. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero en ese momento creyó que era una manera de comprobar en el futuro la entrega.

Lolitìn recibió el documento con una sonrisa de alivio y después de intercambiar algunas palabras insustanciales, se retiró. Yara pensó que se iba antes que le fueran a cerrar el banco.

La observó mientras se alejaba. Tenía esa belleza peculiar de las mujeres de veinticinco años aunque no los representaba: su cuerpo era atlético, su piel blanca y fresca y, en sus cabellos llevaba un tono rubio de botica que la favorecía.

No parecía ser la madre de dos niños. Era perfecta para el papel.

La conocía desde hacía, aproximadamente, cinco años, cuando aún estaba casada con el machista padre de sus hijos, el cual le hacía la vida imposible con los celos.

Yara se levantó y recogiendo bolso y llaves, se encaminó afuera de la cafetería, en tanto que pensaba que todo tenía que salir bien.

Cosme no se recuperaba todavía desde la estafa que le infiriera el señor Urgido. Incluso había cambiado sus hábitos y parte de su personalidad. Sinceramente se felicitó a sí misma, por haber superado juntos esa crisis. Realmente amaba a su esposo.

-Buen hombre, mi Cosme-murmuró.

El Informe

Yara y Lolitín se encontraron en un céntrico restaurante del cual partieron casi inmediatamente hacia un lugar más discreto.

No pudieron reunirse donde Yara porque Cosme, su esposo, estaba en casa. Para la ocasión tampoco era conveniente, ya que Lolitín iba a presentar informe de todo lo actuado con relación al señor Urgido.

Hacía un mes le habían entregado el adelanto y ahora, sencillamente, querían ver resultados.

Yara disfrutó tanto del relato, que se sintió mezquina de que sus dos cómplices no estuvieran presentes.

Ya Lolitín tenía al señor Urgido a sus pies.

Había seguido las instrucciones tan al pie de la letra, que los resultados eran asombrosos.

En el plan no estaba contemplado que ella cediera ni un ápice de su honra, muy por el contrario, como decimos en buen panameño, ese era precisamente el kit del asunto.

Y el señor Urgido estaba al borde la desesperación. No comprendía cómo aquella muchacha tan linda que una vez lo abordara en una exposición de pinturas, y que luego le aceptara invitaciones a almorzar y luego a cenar, lo rechazara aunque lo hiciera tan dulcemente.

Era más ilógico todavía para él, que hubieran bailado en un discreto bar de la localidad, aceptando, con una sonrisa coqueta, el arsenal de piropos elaborados que le disparara, y aún así, no se decidiera a acceder a sus pretensiones.

Es más, Lolitín estaba segura de que, a juzgar por el temblor de todo él, el pobre hombre estaba a punto de que le diera un faracho.

De veras que tenía un verbo florido, y pensó que de no estar ella en antecedente del sujeto, talvez le habría creído todo lo que decía.

Se sorprendió varias veces reestableciendo en cuestión de microsegundos, su mirada de tonta glamorosa, mientras escuchaba la palabrería del señor Urgido.

Era difícil oírle hablar y ver su comportamiento, sin compararlo mentalmente con el formato que su amiga Yara le había dado.

Encajaba perfectamente en el perfil que le describieron. En ocasiones, tuvo la sensación de saber lo que a continuación iba a decir y no se equivocó.

Y cuando esto ocurría, se le escurría involuntariamente por la pupila una mirada analítica fugaz, que ella desaparecía a voluntad.

La última vez que se citaron, él le llevó un obsequio: un perfume. La sorprendió, sobretodo conociendo sus referencias de recodo.

-Estás mordiendo el polvo-pensó Lolitín.

Ese día la llevó en el semidestartalado carro europeo a recorrer la ciudad, y cuando pasaba frente a algunos elegantes edificios de condominios, le señalaba que allí tengo un apartamento, y que allá tengo otro, etcétera, etcétera.

Sacaron cuenta de que el sujeto había regresado al país tres veces en menos de treinta días, lo cual era un excelente síntoma para el plan.

Yara sacó su chequera y le extendió otro cheque a Lolitín. El plan continuaba por quince días más.

Lolitín, antes de retirarse, admitió que jamás había disfrutado tanto un trabajo como éste, nunca hombre alguno se había arrodillado llorando para que ella lo aceptara. En lo personal, confesó que se sentía una diva de una obra teatral.

-No olvides que él no debe saber nada sobre ti, ni dirección, ni teléfonos, ni nada-

-Tranquila, sólo permito que me llame al celular que me facilitaste que dicho sea de paso, tengo que apagar porque no para de llamarme.- le contestó Lolitín mientras se retiraba y le guiñaba un ojo.

(Continúa)

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SAMUEL EL URGIDO (Cuento-continuación)

La Complicación

Había recién terminado Yara de resumir a sus cómplices, los detalles del informe de Lolitín y habiéndose ya deslindado la parte financiera de asunto; cuando tomó una llamada en su teléfono celular que escuchó atentamente.

Estaba tan concentrada escuchando por más de cinco minutos, que sus acompañantes guardaron un silencio expectante.

-Ha surgido un problema. Lolitín ha tenido la visita de un pretendiente de hace algunos meses. Es un oficial portorriqueño que tendrá que abandonar la base dentro de poco...

Las otras dos mujeres se arrebataron y repetían casi histéricas.

-¡No puede ser! ¿Y qué con lo acordado?-

-Momento, señoras- casi gritó Yara – Déjenme terminar, por favor-

Todas se miraron haciendo una pausa y tomaron aire al unísono, lo cual aprovechó Yara para continuar.

-Le está ofreciendo matrimonio para que viajen junto con los hijos de ella. No cree que con el ajetreo que implica todo esto, pueda completar el plan. Me está hablando de devolvernos el último pago, por no concluir el trabajo-.

-Pero es que el último pago no nos sirve de nada sin ella-dijo una.

-Cierto-afirmó la otra.

-Jóvenes señoras, serénense-dijo Yara con voz tranquilizadora-¿O es que han olvidado que existe un Plan B para casos de emergencia?-sonriendo con malicia.

La actitud de las cómplices cambio como por arte de magia y aquellas sonrisas parecían una porra.

El Final

El señor Urgido estaba tomándose un capuchino, sentado en una mesa que tenía perspectiva hacia la puerta del restaurante.

Vestía un atuendo casual, de esos que usan los jóvenes:

Pantalón de pliegues de color marrón, camisa de diseños llamativos con manga tres cuartos abierta en el pecho hasta el tercer botón, correa del mismo color que los zapatos mocasines escrupulosamente limpios.

Estaba más emperfumado que nunca y su actitud era de mucha impaciencia.

Las cómplices de Yara habían llegado oportunamente y se colocaron en una mesa que no estaba cerca del señor Urgido, pero que tampoco estaba tan lejos. La distancia era suficiente para darse cuenta que miró el reloj unas veinte veces y observaba con ansiedad el abrir y cerrar de las puertas del establecimiento.

Tal parecía que en su delirio, no había reparado en ellas.

Se secaba el sudor con las servilletas que estaban en la mesa a tal punto que las agotó. Y cuando se le acercó el personal del restaurante para atenderlo, por si deseaba ordenar algo más, casi le gruñó al empleado.

Llegó Yara y desde la entrada buscó con la vista a sus cómplices.

Al ubicarlas, entró con toda parsimonia y se dirigió a su mesa, colocando el bolso en una de las sillas vacías. Ni siquiera se sentó.

Su rostro reflejaba una serenidad terrible. Llegó a pensar que talvez así se sentían antaño los verdugos, cuando iban a su trabajo.

Mientras, el señor Urgido no perdía oportunidad de sudar, de mirar el reloj pulsera y de mirar hacia la puerta de entrada reiteradamente.

Caminó hacia la mesa del señor Urgido y pudo observar, por su actitud, que estaba más urgido que nunca.

Pasaron por su mente tantas cosas. Recordó a Cosme en la intimidad de la alcoba matrimonial, cuando a altas horas de la noche lloraba como un niño, culpándose de haber tirado el futuro de la familia al basurero.

Y ella, tratando de reconfortarlo diciendo cosas que en realidad no sentía, como que ella hubiera hecho lo mismo que él en situación parecida.

Recordó que su esposo rebajó cerca de cuarenta libras de peso, y su espalda fue perdiendo su acostumbrada rectitud. Por otro lado, su cabello se le comenzó a caer desmesuradamente.

Los acreedores estaban a la orden del día y ya no había excusas que darles.

Se paró frente al señor Urgido, el cual la miró hacia arriba desde su asiento con sorpresa.

Tomó asiento, sin que la invitaran, en el filo de la silla que encontró más cerca.

Algo pasó en ese momento por la mente del señor U., ya que sus ojos describieron un gesto de qué es lo que es.

-Esas maletas que cargas en tu carro son innecesarias Samuel Torres-dijo Yara con una sonrisa de oreja a oreja.

Levantó las cejas mientras observaba el temblor que se apoderó de su interlocutor, especialmente en los labios, cachetes y papadas.

Los ojos claros se llenaron de una sustancia acuosa que no parecía lágrimas, ya que se veía más densa de lo normal.

La mirada del señor U era la de quien no admite entender lo obvio, y continuaba con la actitud de qué pasa aquí.

Cada vez que éste hacía el intento de decir algo, Yara lo interrumpía.

-Lolitín no va a venir. En estos momentos ella se está casando con su novio y dentro de poco ya no estará en el país-.

-No sólo es que no le interesas, si no porque esto ha sido una farsa pagada-.

-Creo que hoy has aprendido algo muy valioso, Samuel Torres: todos podemos mentir, todos podemos engañar; pero nadie tiene licencia para hacérselo a todo el mundo todo el tiempo. ¿Quieres un consejo sano? Vuelve con tu familia.-

A esta altura, el señor Urgido estaba echado hacia atrás como cuando uno asume la actitud de que sea lo que Dios quiera y, su respiración era larga, profunda y pausada. Su pecho estaba bañado en sudor y los brazos estaban desmayados a los lados de su cuerpo.

Yara se levantó y fue a la mesa de sus cómplices, quienes a propósito, observaban con atención la escena, y le hicieron un saludo con la mano al señor Urgido, cuando siguió con la vista la retirada de su inesperada interlocutora.

Desde allí pudieron ver que el señor Urgido, sacaba torpemente un billete y lo dejaba sobre la mesa, para salir dando tumbos mientras balanceaba la cabeza lentamente diciendo no.

En tanto se agachaba una y otra vez tratando de recoger las llaves que se le caían, tratando de recoger el dinero sencillo que se le caía, tratando de recoger los sueños que se le desbarrancaron hacia el abismo kármico.

Fin

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

 
 
 

SOLILOQUIO DE MUJER (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

En la soledad de aquella casa decorada con adornos jubilados, frente a una taza de té de tilo con romero, Antonia transitó el tiempo de su juventud lejana y se ubicó un lunes sentada en el desayunador, a las siete de la mañana.

Entonces, Antonia saboreaba el café con leche y se preguntaba si debería salir allá, a la calle, con la mentalidad de los triunfadores: esos que van pasando por encima de los obstáculos que encuentren, sea el que sea, sea quien sea, con el propósito de conseguir sus trazados objetivos.

O, conservar los principios de la crianza, aquellos que dictan que no debemos dañar a los demás y que el fin jamás justificará los medios.

Conflicto interno, entre si entregar La Carta a García, cumplir con las metas y quedar bien con terceros, o seguir siendo humana, íntegra y consciente.

-No cuesta nada salir a la calle con el propósito de conseguir algo y no para hasta lograrlo, utilizando la buena fe de gente que cree en ti- pensó.

Evaluó que llegar a la cima tiene méritos, ya que subir implica esfuerzos y bajar solamente es asunto de la fuerza de gravedad.

También le dieron vueltas en su cabeza, algunos casos conocidos de quienes triunfan sin honor y con triquiñuelas. ¿Acaso no se pondrían a pensar que en cualquier momento la gravedad haría de las suyas?

Todo en la vida le costó trabajo arduo. Miró atrás, cuando otrora, llevaba con desconsuelo el nuevo original de la tesis de grado, donde la asesora le había rayado con su puño y letra hasta la saciedad, cambiándole los cambios, que la misma profesora le había hecho varias anteriormente.

Sabía que, dentro de aquel juego y rejuego de sustituciones de adjetivos, sinónimos y e hipérbaton, al final el documento se escribiría tal cual se esbozó en su primer borrador corregido. Era por eso que con celo guardaba en su cajón de documentos importantes, aquel preciado documento, que le daría la razón en su debido momento, como en efecto se la dio.

Estaba segura de que, si le confiaba a Pablo sus cuitas, éste le diría que esas eran cuecadas, como suelen pensar los hombres, so pretexto de no tener escrúpulos.

Pablo era su mejor amigo, pero tenía un defecto: era hombre. Y cuando ella le confiaba sus preocupaciones, él le preguntaba que por qué las mujeres se complican tanto la vida con pendejadas.

Tenía a veces que carajearlo, como bien diría su padre, para que tomara con seriedad las cosas que le contaba.

Todo el mundo decía que Pablo estaba secretamente enamorado de ella, pero consideraba esa aseveración injusta. En los quince años de amistad que los unían, jamás hubo una mirada, un gesto o una palabra que pudiera comprobar ese rumor descabellado. Además, Pablo tenía una vida sexual muy activa, porque era muy suertudo con las mujeres (a pesar de que era más bien feo).

Era el amigo y confidente de muchas mujeres, y ella siempre se preguntó si era ese el método que lo llevaba de la mano con la diosa de la fortuna en asuntos de faldas.

Luego lo descartaba con algún remordimiento, por haber pensado mal del carnal.

Al final, ese era su problema. Pablo sentía además, un odio irracional por los homosexuales. Creía Antonia, que era porque aquello del machismo.

Personalmente, le agradaban los maricas declarados. Por un lado, Antonia les admiraba la valentía de mostrarse al mundo tal como son, cosa muy importante según ella, porque era bueno y saludable saber con quién uno está tratando.

Y adicionalmente, coincidía con ellos en que no hay en el mundo nada más rico que un hombre.

Con relación a las lesbianas, no tenía mayor resabio.

-Es que son zoquetas- pensaba.

Y luego se decía:

-Cada quien a lo suyo- empero, siempre les agradeció muy íntimamente, que incidieran positivamente sobre la oferta de hombres.

Retomó su mente el tema de la actitud en la vida, y se animó pensando que no tenía que hacer trampas para triunfar, para eso tenía un bien dotado cerebro enclavado allí, en la bóveda craneana; y no era como Mara, a la cual Pablo describía como la que siempre tiene la neurona de vacaciones.

Mara, sin embargo tenía un fino olfato para los hombres, y su propia vida mostraba que así era. Después de mucha manipulación, logró casarse con el esposo de su mejor amiga, un acaudalado empresario.

Al fin y al cabo, recordó Antonia, que de niña le escuchaba decir a los mayores, que la zorra es astuta sin tener coeficiente intelectual.

En una ocasión trató de actual como Mara, con resultados desastrosos. Se vio de repente en la ostentosa suite de un renombrado hotel con un hombre que, hasta ese momento le resultaba conocido.

Cuando vio a aquel individuo despojado de toda indumentaria, pudo descubrir de un tajazo que, frente a las grandes capacidades de otros, no nos queda otra cosa que aceptar nuestras limitaciones.

Mara le había instruido que, en casos de emergencia, uno pone pies en polvorosa, aduciendo cualquier cosa como que salió de la casa y ahora recordó que dejó la estufa encendida y el arroz secándose.

Sin embargo, estimó que no era cónsona esa excusa en su situación, porque prendida estaba la cosa allí y seco era como se había quedado su líbido en cuestión de microsegundos.

Como un relámpago y ayudada por la adrenalina, se vistió, sin tener tiempo de cruzar palabra con el perplejo sujeto, y antes de lo previsto estaba en el lobby caminando hacia la calle, como quien corre por su vida.

Se prometió no incursionar en aquellas sórdidas prácticas, ya que no la había asistido la consabida suerte de principiante.

Antonia se echó hacia atrás en la silla y sonrió. E inmediatamente se quedó seria.

Atrás quedaron los aciagos días en que lloraba sin parar recordando la violación de que fue víctima por aquellos canallas desconocidos. Después de los hechos, con toda la intención del caso, llegó a la casa muy tarde en la madrugada, para que nadie la viera en tan lamentables condiciones y a esa hora se baño hasta tiritar de frío.

Al día siguiente, fue a ver a un médico amigo de la familia y le contó todo. Se hizo los análisis clínicos y afortunadamente no hubo consecuencias que lamentar y de lo otro tampoco.

No quiso denunciar a nadie, porque estaba convencida que la mujer violada es víctima de la sociedad, la cual pone a la víctima como culpable del hecho.

Al superar lentamente aquel embate del destino, su carácter se volvió recio y aparentemente, se convirtió en una mujer de temple de acero.

En contraste, seguía favoreciendo a los débiles, cada que vez que tenía la oportunidad.

En los últimos días había caminado, como diría el abuelo, la ceca, la meca y la tortoleca , y regresaba llena de frustración a casa, por no haber podido cerrar ningún contrato.

La negociación siempre iba viento en popa, hasta el preciso momento que ella tenía que mentirle al cliente. Allí suspiraba y le decía la verdad. Obviamente, los resultados negativos no se hacían esperar.

Una vez acompañó a su socio como observadora de una negociación, regresó con el Jesús en la boca. ¡Qué manera de mentir!

Aprendió que los momentos de crisis tienen su parte didáctica, pues te enseñan quiénes son tus verdaderos amigos.

Ahora que necesitaba sus contactos, parecía que a nadie le interesaba sabe que ella existía. Quien le atendía al teléfono, era para darle excusas por no poder ayudarla.

Cuando este tipo de cosas pasaba, se sumía en la meditación de ser y no ser. Imaginaba un nuevo universo y los cambios que haría al actual.

Se le ponían los pelos de punta, cuando se sorprendía en diálogo imaginario con el autor del cosmos.

-Habiendo enviado a su Unigénito Hijo a sufrir en el palo de la cruz, habiendo dado las reglas del juego y aún después de dos mil años, tener que convivir con grandes capitales y grandes miserias. Damas que amasan fortunas en la mañana con la explotación de los humildes, y en la tarde, asisten al té canasta de beneficencia. Políticos que le prometen en la campaña al olvidado y luego, le cumplen al de al lado.

En resumen, nada parecía haber cambiado con aquel martirologio.

Los mismos gobiernos parecían imbuídos dándole el espaldarazo al capital, mientra perdían de vista la función social del estado.

Lo primero que haría, para corregir la creación, sería dar y quitar el libre albedrío a hombres y mujeres, según lo acertado de su utilización.

Y esto era inapelable. Consideraba que no podemos darle a alguien algo que no sabe utilizar y que, en gran medida, esta condición en el pasado había degenerado en injusticias y corrupción.

Desde el primer momento, las mujeres tendrían un papel beligerante en la sociedad, junto a los hombres.

-Las mujeres somos más humanas. Además, cuando algo se nos mete entre ceja y ceja, no descansamos hasta comprobarlo-.

Creía que este cambio sería favorable para la humildad, porque la mayoría de los poderes económicos y políticos del mundo, son manejados por hombres despiadados y corruptos, los cuales casi siempre toman decisiones injustas, por no tener la curiosidad de averiguar que subyace tras de las apariencias. Aquí jugaría un papel importante la desprestigiada intuición femenina.

Establecería un tribunal de honor, donde cíclicamente todo individuo tendría que rendir cuentas de su actuación.

-¿Quiénes hace los cambios?-se preguntaba Antonia-¿Cómo lucha uno contra una sociedad machista, en la cual hasta las mismas mujeres le dan la razón a los hombres aunque ellos no la tengan?- y lo asociaba con una anécdota de sus días de soltería, en que casi todos los hombres que se le acercaban, lo hacían para sacar provecho material al establecer una relación de pareja con ella. En otras palabras, la querían chulear.

Le gustaba gastarse el dinero dándose calidad de vida. Talvez era esto lo que hacía pensar al género masculino que era una mujer acaudalada. Los otros, en la primera cita casi exigían el paquete completo: mesa, rumba y cama.

Pero volviendo a los cambios radicales, decidió que los adolescentes y niños prodigio, serían tomados en cuenta para las grandes decisiones, especialmente las que tocaban sus derechos e intereses.

Aboliría prácticas absurdas, como la mutilación del clítoris en las mujeres africanas, porque todo ser humano tiene derecho a su sexualidad.

Los grandes consorcios deberán dar parte de sus millonarias ganancias al desarrollo de la humanidad, especialmente de los sectores más necesitados.

Y esto no sería como limosna, pues se trataría de dar apoyo a lo nutricional, lo educativo, lo cultural y los aspectos de salud.

En todos los hogares se fundamentaría la familia en una junta directiva, donde todos tendrían voz y voto al momento de discutir y decidir lo mejor para esa institución.

Todos los miembros tendrían que colaborar con el orden, aseo y organización del hogar, ganándose de esa forma los derechos correspondientes.

Habría también incentivos, para los rendimientos académicos sobresalientes, ya que esto haría sentir a los afortunados, que en la vida, las cosas se ganan con esfuerzo.

Establecería como reglamento indiscutible que no se puede contemplar la infidelidad de la mujer como una lacra, desestimando el hecho de que el hombre también deber ser fiel.

La mujer capacitada será igualmente remunerada que el hombre y tomada en serio por todo el mundo.

La jornada de trabajo sería rebajada a menos horas, tal vez a seis, pero con fuertes incentivos a la producción.

Siguió pensando y anotando mentalmente el perfecto orden que quería instaurar.

Tal fue su esfuerzo, que se sintió extenuada después de haber bebido su café, y se dispuso a continuar siendo una vendedora luchadora y tenaz, pero sin medias verdades.

-Eso de ser Dios es muy complicado- musitó.

Regresó al presente y sonrió contemplando la estancia solitaria, y se alisó la canosa cabellera de sus cincuenta y tres primaveras otoñales.

Poniéndose de pie miró de reojo el espejo del pasillo y se dijo:

-Han pasado tantas libras desde entonces, y la mayoría se quedaron, amiga-.

-Carajo, siempre se me enfría el té- reclamó en voz alta, aunque no sabía a quién, mientras observaba la fotografía de su difunto esposo cuando sus treinta y tantos años y gran porte, lo convertían en una atracción para la población femenina.

Se alejó por el pasillo, aún sonriendo y enfundada en el capengue que acostumbraba llevar puesto todas las mañanas de Dios.

Concluía ahora que, con los bríos propios de las épocas de vigorosa juventud y toda aquella cabeza idealista, tenía que confesarse que le había faltado pujanza y entereza para cambiar el mundo.

Y no era cosa de que lo iría a lograr, era cuestión de tratar de hacerlo. Total, la intención es lo que cuenta y alguna huella dejaron los que lucharon por cambiar la historia.

No se perdonó haberse quedado con la duda, porque estaba segura que algo pudo lograr, porque la elemental aritmética refleja que las mujeres somos mayoría.

FIN.

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NO HAY AMOR MÁS GRANDE

Por Mallela V. Pérez Palomino

En medio de la noche, despertaron asustadas por ruidos que parecían detonaciones.

El teléfono no paraba de repicar.

-Aló-contestó María.

-Oye, despierten, que nos invadieron los gringos-le dijo una voz amiga desde el otro lado de la línea-recojan agua, por si acaso-.

La mujer sintió que un escalofrío le recorrió el cuerpo corrió a abrazar a su hija de cinco años. Sólo ellas dos moraban el apartamento, desde su divorcio, y ahora tenía mucho miedo de lo que iba a pasar. Los bombazos continuaban cada vez más cerca.

No había tenido tiempo de hacer el supermercado, debido a que tenía que trabajar sobretiempo en época navideña. Su alacena estaba vacía.

Las transmisiones de Radio Nacional fueron interrumpidas luego que quienes estaban hablando, anunciaron que les habían bombardeado.

En cuanto amaneció, se asomó al balcón a ver qué sucedía. Su vecino Ramón Cortés dijo: “El país está conmocionado. Las tropas gringas han invadido los sitios estratégicos y los medios de comunicación fueron acallados”.

No había pasado mucho tiempo, cuando una multitud pasaba entre los edificios cargando cuanta cosa en carritos de supermercado.

-Están saqueando-le gritó la vecina del frente.

De repente, se presentaron dos tanquetas y sus ocupantes, armas en mano, entraron a la fuerza en un apartamento vecino, destrozaron todo el mobiliario. Tanta violencia, dejó conmocionadas a María y a su hija.

Manuel, el esposo de la vecina, le explicó que la gente estaba acusando a los perredistas de tener armas escondidas para hacerles pasar el susto.

María no pudo pegar los ojos durante tres días. Todo el vecindario sabía que ella pertenecía al PRD, y aunque siempre fue respetuosa con todos, “caras vemos, corazones no sabemos”, pensó.

Cuando la Cruzada Civilista llevó a la apoteosis sus jornadas de protesta, este barrio era uno de los que más participaba. A las doce del mediodía y a las seis de la tarde las pailas ocupaban el espacio aéreo más allá de toda imaginación.

No le extrañaría que la señalaran como tenedora de armas, aunque nada más lejos de la verdad.

Comenzaban a escasearle los alimentos. No había transporte público. No se atrevía a dejar la niña sola para procurar alimentos, ni a llevársela.

Circulaban rumores de que los batalloneros estaban robando y que los gringos estaban matando gente inocente.

-Dios mío-pensaba María-¿qué será de mi mamá? Y ni siquiera tiene teléfono-.

Algunos vecinos, a los cuales sólo conocía de vista, se acercaron a su puerta a preguntarle que si se le ofrecía algo y ella les contestó que les avisaría. Le dio qué pensar que esas personas tenían más prole y sin embargo, fueran solidarios con ellas.

El comisariato de la china fue asaltado una tarde por unos sujetos armados, y prácticamente se terminó la posibilidad de conseguir alimentos.

A María se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras narraba que oyó unos golpes en su puerta y una voz conocida la sobresaltó:

-¡Carajo, abran la puerta!-.

“Era mi madre, que con sus sesenta y un años, caminó desde Pedregal hasta Campo Limberg, llevando en sus hombros una mochila llena de alimentos, porque sabía que su hija y su nieta podían estar pasando trabajo”.

FIN.

Publicado en el Diario La Prensa el 11 de diciembre de 2007.

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EL DIA DE LAS MARIPOSAS

Por considerarlo de vital importancia, hemos publicado este artículo referente a la conmemoración del 25 de noviembre.

EL DÍA DE LAS MARIPOSAS…

Correo Tortuga/Insurrectasypunto

http://www.kaosenlared.net/noticia/el-dia-de-las-mariposas

Un hombre viola a una mujer, eso es violencia. Una mujer gana menos que un hombre en el mismo puesto de trabajo, eso es violencia. Un adolescente maltrata a su novia, eso es violencia. Un grupo de amigos le grita cosas a una mujer solo para demostrar su “hombría”, eso es violencia. Un marido obliga a su mujer a prostituirse, eso es violencia. Un hombre cree que “su” mujer es “su” objeto, eso es violencia. Y todo eso es responsabilidad nuestra. De todos y todas.

Cada 25 de noviembre se celebra en todo el mundo el “Día de la no violencia contra la mujer”. Esa fecha conmemora el asesinato de las tres hermanas Mirabal, el 25 de noviembre de 1960, militantes opositoras a la dictadura que ejerció, por más de 30 años, Leónidas Trujillo en la República Dominicana.

Según la “Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer”, emitida el 20 de diciembre de 1993, “se entiende por violencia contra la mujer a todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.

Una travesti golpeada por un policía; un marido o hijo que esperan, naturalmente, que su esposa o madre les prepare la comida; un hombre o, por qué no, una mujer que llama “puta” a una chica por ejercer libremente su sexualidad, son hechos que se repiten diariamente y poco se cuestionan. A pesar de que se condena a un violador casi unánimemente, a diario se reproducen este tipo de situaciones de violencia que pasan desapercibidas, que son capilares y que van construyendo y legitimando actitudes violentas. Por consiguiente, aunque sea un punto central, la violencia contra la mujer no terminará con las violaciones, si no el día que entre todos y todas construyamos relaciones de igualdad y respeto entre (todos) los géneros.

El artículo 2° de la declaración mencionada anteriormente plantea qué es violencia sobre la mujer: la violencia física, sexual y psicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina, la violencia relacionada con la explotación; la violencia física, sexual y psicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales, la trata de mujeres y la prostitución forzada y la violencia física, sexual y psicológica ejecutada o tolerada por el Estado.

Violencia sexual, cifras que alarman.

En el caso puntual de la violencia sexual hay una necesidad de entenderla no sólo como un ataque, sino a la integridad del ser humano. Debe pensárselo como un problema personal pero también eminentemente social, ya que atenta contra la libertad de la persona. “Además, fortalece el estereotipo y desequilibrio cultural del "hombre" productor (dominante) y de la mujer "reproductora" (sumisa), reduciendo a la mujer a objeto sexual y negándole el derecho de actuar en espacios considerados masculinos y, al mismo tiempo, absolviendo a los hombres de una mayor responsabilidad en el ámbito de la reproducción”, plantea María José Lubertino en un artículo publicado en el Instituto Social y político de la mujer (“Si molesta es acoso”, 26/03/02.

En la Argentina, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 5 niños o niñas es abusado por un familiar de confianza antes de los 5 años. De esa cifra el 87% de los casos son niñas y el 5,6 % de las adolescentes se iniciaron sexualmente por la fuerza.

“El acoso sexual viola derechos sexuales básicos como el derecho a la libertad sexual (la posibilidad de los individuos de expresar su potencial sexual, libres de coerción, explotación o abuso en cualquier tiempo y situaciones de la vida) y el derecho a la autonomía sexual, integridad sexual y seguridad del cuerpo sexual, lo que incluye el control y el placer de nuestros cuerpos libres de violencia de cualquier tipo”, agrega, en el mismo artículo, María José Lubertino.

Pero también es parte del acoso sexual la violencia que muchas veces el imaginario social vuelca sobre la mujer violada. Frases como “un poco de culpa la mujer también tiene” o “¿para qué sale vestida así, quiere que la violen?” son frecuentemente escuchadas y reproducen una lógica que, en muchos casos, parecería justificar un acoso.

Por otro lado, la violencia contra la mujer es doble cuando es pobre. Un aborto en una cocina es un acto de violencia de toda la sociedad contra una mujer. El problema no es si un niño o no niño vive o muere (los abortos se siguen haciendo igual sin importar esa discusión) sino que siempre las que se mueren son mujeres pobres. Las excluidas son doblemente excluidas, por pobres y por mujeres.

Actualmente, también sobre cifras de la OMS, en la Argentina se estima que se realizan más de 500.000 abortos al año frente a unos 700.000 nacimientos. El aborto es la primer causa de mortalidad materna. Una de cada tres muertes es producto de abortos mal practicados, mientras que los abortos realizados en condiciones adecuadas casi no conllevan riesgo para la paciente.

El caso de Romina Tejerina da cuenta de esta situación. Romina fue violada y quedó embarazada. Durante siete meses ocultó su embarazo e intento abortar con métodos caseros. Luego, parió sola en el baño de su casa y presa de stress post-traumático hirió mortalmente a la recién nacida. Hoy, Romina se encuentra detenida en el penal de mujeres de Jujuy. Actualmente, son muchas las mujeres que deciden abortar, sin embargo el derecho a ejercerlo es de aquellas que cuentan con los recursos económicos para que su vida no corra riesgos. La violencia sexual es también violencia económica y mientras no se garantice el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, seguirán habiendo abortos. La posibilidad de sobrevivir a los abortos clandestinos será garantizada únicamente por el dinero y no por quién debe hacerlo: el Estado.

¿Por qué el 25?, ¿por qué muchos 25?

En el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, que se llevó a cabo en Bogotá en 1981, se acordó esta fecha como forma de rendir homenaje a tres hermanas Dominicanas: Minerva, Patria y María Teresa Mirabal.

Conocidas y representadas como “las Mariposas”, nombre secreto de Minerva en sus actividades políticas clandestinas en contra de la tiranía de Trujillo, se convirtieron en un símbolo de la resistencia popular y feminista. El 25 de noviembre de 1960 Minerva y María Teresa fueron a visitar a sus esposos a la cárcel, en compañía de su hermana Patria. Miembros de la policía secreta de Trujillo las interceptaron en un lugar solitario del camino. Cubiertas de sangre, destrozadas a golpes, estranguladas, fueron puestas nuevamente en el vehículo en el que viajaban y arrojadas a un precipicio, con la finalidad de simular un accidente. La noticia de estos asesinatos conmovió y escandalizó a la nación dominicana e impulsaron el movimiento anti-trujillo. Finalmente éste fue asesinado en 1961 y su régimen cayó poco después.

Las mariposas representan la lucha de cada una de las mujeres, de todos y todas los que luchan, sean gays, lesbianas, transgénero, travestis o transexuales. Son también cada una de las violadas, presas o desaparecidas en la Argentina. Son y fueron nuestras compañeras y en ellas está nuestro deseo de construir una sociedad con diversidad de iguales, sin violaciones pero también sin maridos que manden a lavar los platos a sus esposas. Son todas mariposas, son nuestras mariposas.

(Para más información sobre la historia de las Hermanas Mirabal se puede leer el libro de Julia Álvarez, En el tiempo de las mariposas, Atlántida, 1994) Este 25-11 y siempre soy otra vos...

ILL DA QUESH

(Las mayas dicen soy otra tú)

Soy...

María Soledad, violada y muerta en Catamarca...

Teresa Rodríguez, muerta en un piquete...

Romina Tejerina, presa y recluida en Jujuy...

Claudia Sosa, presa en Mendoza...

Soy...

violada por Hoyos en Salta,

Leyla y Patricia violadas y asesinadas en Santiago del Estero,

Soy...

las chicas asesinadas en Mar del Plata, (hace años)...

la trabajadora violada en el ANSES...

las niñas violadas en el Congreso...

Johana secuestrada y agredida en un hospital...

Soy...

Marita, Vanesa, Lidia, y tantas secuestradas para el tráfico de mujeres y la prostitución en La Rioja, Tucumán, Córdoba, Río Gallegos...

abusada por los curas en todo el país...

una originaria en el Norte, con un nombre inventado y _ prisionera para votar...

una originaria desterrada de su lugar,

Soy....

una desnutrida muerta en los hospitales

Soy...

una hambrienta en un piquete mundial

una negra en el mundo

una africana sin clítoris,

una musulmana, que pueden lapidar

una moribunda en coma cuatro por un aborto séptico _ (custodiada por la policía)...

una mujer estéril y presa por un aborto séptico

una muerta por aborto séptico

una abusada y golpeada por mi compañero, padre, tío, padrastro, extraño etc.

Soy una muerta por los mismos,

soy insultada y descalificada por mi/s compañer@s

soy una desaparecida de la dictadura y de las democracias ...

Soy MUJER, TRAVESTI, TRANSGENERO, TRANSEXUAL, LESBIANA, INTERSEX, NEGRA, MUSULMANA, AMERICANA, EUROPEA, POBRE, OPRIMIDA...

Soy mujeres violentadas, golpeadas, violadas, presas, insultadas, asesinadas, discriminadas, torturadas, desaparecidas, traficadas, cercenadas, prostituidas... muertas

Lo padezco en el cuerpo, es una enfermedad,

el remedio que no calma mi dolor,

pero que me ayuda a seguir adelante es...

revelarme día a día, rebelarme momento a momento,

Ser millones de mujeres que se rebelan frente a la opresión

Ser millones de mujeres que queremos cambiar las _ relaciones sociales y desterrar la principal... el PODER

Dicen las Mayas ill da quesh, soy otra tú,

soy otra vos, y otra voz, miles de voces...

 
 
 

MIRIAM MAKEEBA



Miriam Makeeba, nace en 1932 en Johannesburgo, Sudáfrica.

Con apenas veintiún años se traslada a Nueva York.

Miriam Makeeba: voz y talento que puso a Sudáfrica en el mapa musical.

Primer artista africano en ganar el Premio Grammy y salta al escenario mundial con su éxito Pata Pata, el cual es una danza de los barrios populares de su ciudad natal.

Utiliza su voz para luchar contra el apartheid, lo cual le hace perder la "ciudadanía" y se ve obligada a vivir en el exilio.

Entre 1965 y 1974 como delegada de Guinea donde se le concede exilio, se dirige a la Asamblea de las Naciones Unidas de manera periódica llamando la atención sobre lo que acontecía en su país.

Comparte escenarios con artistas de la talla de Stix Hooper, Arthur Adams, Harry Belafonte, Joe Sample, Paul Simon y otros.

Regresa después de treinta años a su patria en 1990 y brinda su primer concierto en 1991 después de su larga ausencia.

El álbum Reflexiones celebra musicalmente el final del apartheid en su patria.

Muere después de su presentación en un concierto de solidaridad en Italia el 10 de noviembre de 2008.

 
  • Publicado: Lun 10 Nov, 2008 8:19 pm GMT
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LA CUATRO LETRAS (cuento)

LA CUATRO LETRAS

Gloria estaba lista para salir a la calle. Como último toque, se emperfumó dejando el cuarto impregnado de aquella mala réplica de perfume francés.

-Para lo que hay que ver, con un solo ojo basta-murmuró.

Su marcha felina por las avenidas, bajo el sereno de la noche, se vio interrumpida por una patrulla que hacia su ronda.

-¡Hola, Calito!-saludó Gloria hacia los representantes de la ley.

-Gloria, cuidao, Gloria-le dijo el agente arrastrando las palabras.

Aprendió a sobrevivir haciendo amistad con todo el mundo. De por sí, se consideraba buena gente y tal parece, que los demás también. Esto le facilitó las cosas.

A veces, los maleantes del vecindario la ponían al corriente de los depravados que andaban haciendo de las suyas.

Y es que, cuando alguien le hace daño a una prostituta, por lo general, la gente no le da mayor importancia.

Gloria estaba entradita en años y ella lo corroboraba todos los días ante el espejo.

No quería justificar su profesión con los malos tiempos de su niñez, pero era algo que recordaba siempre: la pobreza de su hogar en un cuarto de vecindad, las golpizas que su padre le propinaba a su madre y que luego, continuaba en los cuerpecitos de Gloria y sus hermanos.

Luego la desintegración familiar, los días pasando hambre, sin esperanzas y sin apoyo económico paterno, comiendo a veces por la caridad de las vecinas y de lo poco que lograba conseguir su madre. Ella planchaba ropa, limpiaba casas, hacía rifas.

Al igual que sus cuatro hermanos, a veces iban a la escuela sin haber probado bocado y sin dinero para el recreo.

Gloria se sentaba en un rincón del patio, tratando de no mirar a los demás alumnos, cuando comían su merienda.

Tiempo después, su madre se juntó con un señor que les proveía más o menos lo necesario y la situación en casa mejoró. Su mamà consiguió trabajo en un restaurante y casi no estaba en casa. Gloria se vio obligada a asumir la coordinación de los deberes escolares de sus hermanitos y de mantener la casa lo más ordenada y limpia posible.

Pasó que su padrastro permanecía en casa mucho tiempo, cuando su madre no se encontraba.

Gloria sentía al principio, la mirada fija de aquel hombre, pero creyó, inocentemente que, al no darle importancia al asunto el problema dejaría de existir.

No transcurrió mucho tiempo cuando empezó el abuso. Quedó tan afectada, que se pasaba largo tiempo mirando a lo lejos, casi catatónica. Sentía mucha vergüenza de lo que le pasaba y también se sentía culpable.

Cambió sus hábitos, desmejoró sus calificaciones escolares y un día se tomó un puñado de píldoras para quitarse la vida. No quería vivir. Le era insoportable sentirse tan sucia.

Las pastillas que se tomo eran sulfato ferroso y la intentona de suicidio se convirtió en una diarrea incontrolable, regresó del cuarto de urgencia con el cuerpo débil y el espíritu en silla de ruedas.

Como su madre trabajaba turnos rotativos, no se daba cuenta de lo que sucedía en casa.

La mañana en que despertó con aquella sensación de náusea, Gloria tuvo un mal presentimiento. Todo se precipitó: el maestro de educación física habló con la maestra de grado y ésta mandó a buscar a su mamá.

Ese día recogió sus ropas. Con sus once tiernos años y un vientre incipiente, se aventuró a la buena de Dios.

Su primera noche fuera de casa, durmió debajo de una escalera y al día siguiente, se despertó maltrecha, con ganas de vomitar y sintiendo mareos.

No podía ponerse en pie. La gente que pasaba por el área la miraba con tristeza.

Realmente no sabía qué hacer ni qué rumbo tomar. Se escondió hasta que se le pasaron los malestares, luego saldría y buscaría alimento.

Se quedó como pudo en el vértice bajo la escalera, para que nadie se percatara de su presencia. Cuando abría los ojos vislumbraba un par de arañitas que le hacían compañía pacíficamente.

No fue el mismo caso del perro que, en medio de su paseo matinal, se ensañó ladrando en dirección al lugar de su escondite.

En vano el amo lo instaba a callarse, hasta que se lo llevó casi a rastras.

Se durmió con la cabeza reclinada sobre el cartucho que contenía su ropa.

Despertó al medio día, cosa que calculó por el calor y el gruñido de su estómago. Y se encaminó hacia la casa de una amiguita de la escuela, cuya madre solía darle comida cuando la visitaba. Por entonces, resolvería lo más urgente y eso era alimento.

Se cuidaba para no ser vista por gente conocida, escogiendo las calles y veredas menos transitadas. No quería volver jamás a aquel infierno que era su casa.

Su padrastro le había asegurado que si ella le contaba a su progenitora, no le creería ni una sola palabra.

Anduvo de escondrijo en escondrijo, siempre enfrentando el riesgo de encontrar su sitio ocupado por algún otro indigente.

Se las ingeniaba para conseguir plumas públicas donde hacerse del agua necesaria para beber y asearse.

Fue de tumbo en tumbo, hasta que un día buscó su alimento en la basura.

Una noche estaba en ese proceso, cuando una voz a sus espaldas la conmocionó.

Aquella mujer de ojos azules, acicalada excesivamente, le preguntó que qué buscaba.

Habìa aprendido a eludir a la gente. Se hizo la que no oyò, pero la mujer se acercò y le tocò el hombro con la mano.

Fue el inicio de una gran amistad. Su ùnica amiga en adelante: Nena. La protegiò, le abriò las puertas de su casa, la asesorò respecto a què hacer con su vàstago y le enseñò la profesiòn.

Apenas naciò su hijo, fue llevado a un hospicio.

Nena le dijo que mientras menos estuviera con èl, màs fácil serìa dejarlo en otras manos.

-No podrìas crear a un niño y defenderte en la vida con doce años y sin estudios-.

La primera vez que Gloria fue con un cliente, se trataba de alguien conocido por Nena.

Supuso la novata que el hombre no tenìa idea de su edad con tanto maquillaje, laca y esa enorme estatura que siempre habìa cautivado las miradas de sus vecinos depravados.

Nena le dijo que hablara lo menos posible, cobrara por adelantado y saliera del asunto con prisa, aunque fingiendo que lo disfrutaba.

Ademàs, le dio otras indicaciones como no irse con màs de un cliente a la vez, desconfiara de los que daban muchas vueltas para negociar el precio, ya que no se parara a trabajar en lugares concurridos por homosexuales o esquinas previamente ocupadas por otras obreras de la noche.

Le dio el rosario de instrucciones y cuidados especìficos para sobrevivir en aquel submundo.

Era importante que no se involucrara sentimentalmente con ningún cliente y mucho menos con algún proxeneta.

La casa de Nena era un apartamento con balcòn a la calle, en el cual habìa potes con veraneras sembradas en una tierra agrietada, que Gloria supuso que tenìan tiempo de no disfrutar del agua.

Estaba amoblado de manera sencilla y acogedora.

Gloria trababa de levantarse antes del mediodìa para ordenarlo y limpiarlo, por lo menos, dos veces a la semana como retribución a la hospitalidad.

Nena le habìa dicho que tomara sol, mìnimo un dìa a la semana para que no se pusiera pàlida.

Mientras se contoneaba de madrugada por las calles, se preguntaba còmo estarìa su hijo y con un gesto de la cabeza desechaba el pensamiento para dedicarse a su trabajo.Pensò en Nena: ¡què extraña mujer! Se desaparecìa por largas temporadas sin decirle a dònde iba, pero siempre reaparecìa como si nada.

Todo indicaba que le iba de perlas en el negocio, a juzgar por las cosas que se compraba.

Las indumentarias iniciàticas de Gloria se las comprò Nena con el compromiso de que se las pagara poco a poco.

Habìa en el apartamento una gran biblioteca cuyos libros estaban empastados lujosamente.

En sus dìas libres, se dedicò a leerlos. Al inicio, tenìa que utilizar el diccionario constantemente.

Pero aquel requerimiento se fue volviendo menos frecuente conforme brincaba de libro en libro.

Nena solía decirle:

-Niña, te vas a volver loca. Yo los comprè porque me los vinieron vendiendo a la puerta y me parecieron bonitos, pero no sè què contienen ni me interesa.-

Cada dìa salìa Gloria a trabajar y recordaba sus sueños de estudiar una carrera, que la llamaran licenciada, tener secretaria, còmo no, licenciada, licenciada esto, licenciada lo otro.

Pero ahora su realidad era otra muy distinta: sin estudios, puta de profesiòn y como si fuera poco, mala madre. Aùn no llega a su mayorìa de edad, pero por dentro se sentìa como de un siglo.

-El que cree que esta vida es fácil, està bien jodido-pensaba.

A cualquier parte que fuera ya el supermercado, ya la farmacia, ya los almacenes, se encontraba con conocidos que fingìan no reconocerla, aùn cuando manifestaban predilecciòn por su compañìa a la hora de solicitar ese tipo de servicios.

Y eso que no quiso repetir la experiencia de la vez que se le ocurriò ir a misa dominical. Aquello parecìa una convenciòn de sus clientes acompañados de sus respectivas.

Nena le habìa aconsejado: para putear, vìstete de puta y para mercar, tògate cual ciudadana respetable.

El mundo de la noche era otro universo.

Veìas a las personas despojadas de las investiduras impuestas por la sociedad.

Con naturalidad observaba en plena acciòn al abogado travesti, a la exitosa profesional lesbiana, al respetable empresario drogado departiendo con varias prostitutas, al traficante de drogas vendiendo mercancía a los hijos de papaymamà, al polìtico alcoholito y al fiscal homosexual, todos, absolutamente todos haciendo de las suyas.

Ellos tambièn se debìan sentir tranquilos en ese mundo, porque como alguien dijo: ¿quièn le va a creer el testimonio a una puta?

Chilo, el señor que le hacìa los mandados, le decìa que ese era el mundo del silencio, porque nadie habla. Era como un còdigo de silencio.

Nena le recomendò que aprovechara al màximo su juventud, que ahorrara, porque el tiempo no tiene compasión, sobre todo en esa profesiòn.

Gloria se autohipnotizaba cuando iba con los clientes y se repetìa mentalmente mientras laboraba, esta no soy yo, esta no soy yo.

Luego, cuando el tèrmino la llaevaba al cuarto de baño, después de guiñarle un ojo con picardìa al cliente, se recostaba sobre la puerta cerrada y soltaba un suspiro, dicièndose para sus adentros he vuelto a ser yo.

Asumìa que todo lo ocurrido en esos momentos lo despositarìa en una caja que cerraba al retirarse y sòlo abrirìa nuevamente para guardar iguales eventos.

Mientras permanecerìa herméticamente cerrada.

Hubo èpocas en que la calle estaba durìsima. Para aquellos tiempos se arreglò elegante y se sentò en un bar a tomar un trago que el cantinero y ella sabìan que era agua con hielo.

Si algún parroquiano le invitaba a un trago, el cantinero le servìa a ella tè helado y luego partìan las ganancias. Era una polìtica de la empresa.

Como decìa Nena: doble ganancia, dinero contante y sonante y nada de desgaste por ingerir alcohol.

Un hombre se acercò a Gloria, y ella no pudo catalogarlo como un cliente potencial. Le inquietò notar que èste querìa ganarse su confianza, lo cual hizo que lo clasificara como proxeneta.

Cuando la piropeò lo catalogò de chulo, cuando le hizo preguntas pensò que era policía o detective.

Decidiò utilizar la frase màgica:

-Conmigo no tienes que fingir, sè tù mismo-.

Resultò escritor y todo un caballero. Sabìa en què momento disculparla por afàn de sus labores, y siempre iniciaba la siguiente conversación con el tema que habìa quedado en el tintero.

Gloria tenìa muchas amistades, la mayorìa, hombres.

Cuando pasaba y alguno la piropeaba por vacilar, ella contestaba con la misma expresión de siempre:

-Quizàs yo tenga algo que tù quieres, pero es muy posible que no tengas lo que yo quiero, corazòn de otra-por supuesto que se referìa al dinero.

Los acompañantes del susodicho estallaban en carcajadas instando al aludido a responder algo, aunque èste sòlo celebraba la ocurrencia.

Las veraneras estaban hermosas, sobretodo ahora que Gloria les prodigaba agua. Extendìan sus ramas desde el balcòn cual brazos arqueados tratando de atrapar al viento.

Reventaron en flores en plena estación lluviosa, haciendo caso omiso a sus propios nombres. Se enredaban entre sì al compàs de la brisa mezclando sus colores rojo, blanco, lila y mamey.

Gloria extrañaba el hecho de que nadie se asomara a la calle, cuando para ella era tan placentero hàbito.

La mayorìa de los apartamentos tenìan clausurada la puerta que daba al balcòn y èsta presentaba un aspecto polvoriento y descuidado. Otros usaban ese espacio como depòsito de cosas que talvez no sabìan donde poner.

La historia de las noches sin sueños y dìas cansados de Gloria permanecìan: aquellas, en la caja virtual y èstos, en su memoria.

Pero a veces, sin querer, abrìa la caja, cuando ocurrìan cosas que le recordaban que pertenecìa al gènero humano.

Un hombre que se fue con ella y, al verla sin ropa, rompiò a llorar. En medio de gimoteos se lamentaba de que su esposa lo traicionaba con su mejor amigo, pero que no habìa encontrado el valor de dejarla, porque no podìa vivir sin ella. La amaba demasiado. Preferìa creerle sus mentiras, sus excusas y justificar sus faltas ante la actitud recriminadora de su parentela, que veìan impotentes su calidad de cuernosmansos.

No le quedò otra que abrazarlo y luego mantenerlo en el regazo cual si fuera un niño desamparado.

La mayorìa de los hombres se quejaban de sus mujeres y Gloria se preguntaba que, si habìa tanta fèmina perversa en casa y tanta mujer maluca en las calles, entonces dònde estaban las buenas. Tal parecìa que, segùn los hombres, las mujeres buenas no existìan.

La vez que estuvo con un hombre que parecìa estar conforme con su pareja, situación inusual y evitaba por todos los medios de no hablar de ella. Gloria llegò a la conclusión de que para este cliente hasta mencionar a su esposa ante una callejera, le resultaba contaminador.

O sea, dijo Nena, al enterarse del cuento, que èl sì podìa acostarse con una puta sin contaminarse pero, la simple mención del nombre de su consorte en esos momentos, constituirìa una poluciòn

-Què vainas màs ilògicas, si quien se va a dormir con ella después es èl- expresò la veterana con una risa sarcàstica..

Nena le enseñò a escuchar confidencia sin comprometerse utilizando conversaciones de relleno: no puede ser, què horror, què barbaridad, no te creo, increíble, de veras y entonces què pasò.

Ademàs, aprendiò a sortear clientes que consumìan sustancias extrañas, de tal suerte que ella no tuviera que probarlas.

La gente murmuraba cosas de Nena, como que era rica y que puteaba por puro placer. Era extraño que dijeran eso de una persona que habìa sido su mejor asesora financiera.

El tiempo que Gloria pernoctaba en el apartamento quizàs le permitirìa dilucidar sus dudas sobre estos rumores, trasteàndole los efectos personales a su protectora, pero nunca lo hizo: era la forma de manifestar su agradecimiento y su lealtad.

-Cuando un hombre se te acerque màs de tres veces y no te pide cama, desconfìa de èl-otro sabio consejo de Nena.

Pero el escritorcito hasta señorita la llamaba.

Muchas veces, mientras la entrevistaba, ella se surmergìa en los remordimientos pensando en su hijo. Quería averiguar què habìa sido de èl, màs por una afección fòbica al incesto, que por sus sentimientos de culpa.

Todos los dìas contaba què edad tendrìa su hijo, sobre todo cuando algún padre machista le llevaba a su hijo para que lo hiciera hombre.

Con suma paciencia se comportò con un mozalbete asustado, que al final, resultò afeminado. Gloria se las traìa, y después de las sùplicas del jovencito, ella le dijo:

-Està bien, le dirè a tu padre que eres un cachorro de tigre, pero me vas a prometer que cuando te lo encuentres después de pondràs en tu cara la mayor sonrisa que nunca antes hayas tenido, ok?-

-Ah, y otra cosa, cuando decidas salir del closet no me metas en problemas, estamos? Sòlo dì que cambiaste de opinión-

Eran los pactos de Gloria con sus clientes maricas ocultos.

Nena habìa traìdo una novedad para realizar las faenas. Dijo que se lo consiguió una amiga que viajaba mucho. Era el condòn femenino.

Al principio se sentìa extraño, pero después uno se acostumbraba.

Gloria se sonreìa al recordar la primera exposición que hiciera Nena de la conveniencia de usarlo. Fue en su apartamento. Aquello era una convenciòn de putas queparaquelecuento.

-Una batida harìa japai-comentò jocosamente en aquella ocasión Gloria .

Si su familia la buscò, ella jamàs se enterò.

Después de años, se encontrò con un hermano, ya crecido. Ella simulò no verlo y él hizo lo mismo. Pensò Gloria que no podìa estar orgulloso de que su hermana mayor ejerciera la profesiòn màs antigua del mundo, cuando a ellos se les veìa por encima de la ropa que se habìan levantado como gente honesta y de bien.

Pero estar en el mundo de la noche tambièn tenìa sus ventajas: conocìas a quien menos pensaras.

Pudo enterarse, por casualidad, que su madre estaba muy enferma. Què pasò muy poco tiempo después de su escapada, para que el padrastro se desapareciera sin dejar rastro o explicación alguna y, que de igual forma, su progenitora tuvo que enfrentar la vida para sacar adelante a sus hermanos.

El periodista le habìa dado esperanzas de localizar a su hijo. Ella le dijo que sòlo querìa saber quièn era y què hacìa.

-Còmo presentarme y decirle: hola, soy tu madre, te regalè cuando estabas recièn nacido, y te cuento que me he ganado la vida trabajando en la profesión más antigua del mundo-.

Èl supo que era el temor incestuoso y sin mencionarlo, le dijo que entendìa.

Rindieron fruto las averiguaciones. Ya sabìa que su hijo habìa crecido en un proyecto piloto para niños huèrfanos, estudiò mecànica y se desempeñaba en un taller de la localidad. Se llamaba Danilo. Era muy alto y apuesto, aunque un poco pasado de peso.

La gente la miraba como si estuviera loca. Ir a un taller de mecànica a pedir prestado el baño, talvez no tenìa ninguna lògica, pero como las necesidades fisiológicas, tampoco; se lanzò.

Al igual que, no le importaba las miradas de los moralistas mientras buscaba el sustento, asì tampoco le interesaron las miradas inquisitivas en el taller.

Danilo no parecìa el tipo de muchacho que busca los servicios de una prostituta, aunque su experiencia le decìa que, a la hora de las necesidades, no existen ni tipos ni perfiles definidos.

El escritorcito ya estaba terminando su trabajo y ella presintió que le iban a hacer falta sus charlas.

Cuando ya èl no volviò màs, tuvo la certeza que ningún hombre, jugando el papel que fuera, permanecerìa en su vida.

El ùnico que sì parecìa estàtìco en su vida, era Chilo, el viejito que le hacìa los mandados.

Nena un dìa llegò de viaje, y nunca màs saliò a trabajar. Por respeto no le preguntò nada.

Una mañana, en medio del desayuno, Nena le dijo que se habìa jubilado, ya que tenìa suficiente dinero para darse ese lujo. Ahora sòlo ejercerìa en sus horas libres y en casos especiales sòlo como empresaria.

A Gloria le avergonzó en sus adentros, comprobar que Nena se veìa como si fuera contemporànea .

Todos esos libros que leyó Gloria, le permitieron ser un personaje ante los ojos del escritor.

Se sonreìa mientras pensaba:

-Se llevò la impresión de haber conocido una puta culta-.

Con los clientes este recurso no le servìa, pues el còdigo era conversación de relleno o cero plàtica, en todo caso acciòn. Cuando alguno querìa que ella le hablara durante la jornada (lo cual incrementaba la tarifa), los temas no tenìan nada que ver con su recièn adquirida cultura.

En estos casos, le conversaba aquella sarta de salvajadas que supuestamente hacìan que el cliente se excitara y funcionara mejor.

Una vez tuvo un cliente que le pagaba por no hacer nada. Sòlo tenìa que ir a su apartamento y contemplarlo cuando èl se vestìa con exòtica ropa interior femenina,al estilo Lady Mermelade y luego, se ponìa encima una larga colección de camiseros de rayitas de colores combinados con unos zapatos rojos de tacòn francès. Èl le modelaba todas aquellas ropas como modelo en pasarela y ella lo veìa con ojos de quien ya ha visto todo.

Era la forma màs còmoda de ganarse el jornal, y a ella no le molestaba para nada.

Pero muy en sus adentros, se preguntaba si esto era lo que permitìa al individuo seguir con su vida de esposo, padre de familia ejemplar y honorable ante los ojos de la sociedad; mientras su espíritu acorralado se debatía en el closet.

Fin

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

 
 
 

MUJERES QUE ESPERAN

...qué tanto puede una mujer esperar, perseverar y más que eso, soportar...?
Por Mallela V. Pérez Palomino

Son las ocho y media de la mañana en la antesala de las instalaciones del sistema penitenciario panameño (Cárcel La Joya y La Joyita). Cinco a siete minutos en auto separan a los presidios de la entrada.

Aquí, en este “vestíbulo” se encuentran un gentío formado principalmente por mujeres y niños, cuya particularidad a simple vista, es el color rojo en su vestimenta.

Los policías portan sus nombres en los uniformes, al lado derecho del pecho. Todos, excepto quien nos atiende, el mismo que escribe los datos en el documento de control de entrada. Tras la recepción, una oficinita donde entran y salen los policías.

A un lado de la oficina, los visitantes entregan los paquetes que llevan a sus familiares, y los policías, los abren, y examinan los recipientes con comidas. Sacan los artículos de aseo personal, detergentes, cereales, etc. Luego, los colocan en bolsas de plástico transparente.

Acompaño a un abogado que visitará a un cliente. No presento identificación, lo cual hace que no pueda pasar a la visita. Deberé quedarme en la entrada. Es una instalación rústica con pisos de cemento y techo de zinc, casi toda sin paredes.

A un lado, un solar que hace las veces de estacionamiento y está medio lleno con vehículos que, en su mayoría, son taxis. Próximo, un localcillo donde tienen un letrero que dice CARTAS. Deduzco que es la oficina postal de adentro. En una esquina, un gato saborea su desayuno.

Tomo asiento en una banca situada en el pasillo que da al aparcamiento y convenientemente acogida por la sombra de un árbol.

Muchos policías: mujeres y hombres circulan, atienden, trabajan. Cerca, en una tina de lavar, una niña toma agua del grifo para prepararle el biberón a su hermanita.

La banca que, al principio, esta vacía, se va llenando de mujeres que llevan bolsas y cartuchos que se nota, les dificultan trasladarse.

Todas me miran con curiosidad y luego con desconfianza.

Va pasando el tiempo, y se van dando otros eventos ante nuestras miradas.

Una niña de aproximadamente diez años, rompe a llorar con desconsuelo, porque no le dejaron pasar a ver a su padre. Su madre trata de confortarla. Otra mujer, corre presurosa al carro a dejar un gancho de metal que llevara en el cabello y con el cual le niegan el acceso a la visita.

Mientras tanto, un policía joven y bien parecido con uniforme de color verde claro, se acerca a la banca contigua a la nuestra. Se sienta muy cerca de una hermosa joven de largos cabellos, que calculo no tendría más de veinticinco años. Zalamero, le busca conversación y luego escuchamos todas que la invita a un baile.

Todas intercambiamos esas miradas con que nos comunicamos las féminas. La joven, con una sonrisa amable en la cara le dice, yo no bailo, no me gusta el baile. El hombre tras unos minutos, se retira.

Sé que es el momento propicio para que ellas hablen.

-Me encantó la respuesta de la chica-le digo en baja voz a María (nombre ficticio), quien está sentada a mi lado.

-Imagínese, ellos hacen eso y le dan falsas esperanzas a las mujeres de que les tratarán bien a sus parientes privados de libertad. Sin embargo, es todo lo contrario si caes: van y se les ríen al recluso en su cara o hacen circular el rumor-me dice María y las demás asienten.

-Además, ellos no son custodios-dice otra.

María vive en otra ciudad. Trabaja seis días a la semana. Cuando se llega el día de la visita, que es cada catorce días, ella labora el día domingo, para que le den libre el día de la visita.

Ver a su esposo por quince a veinte minutos cada catorce días, implica comprar y preparar todo lo que le llevará, casi no dormir, tomar el autobús de medianoche, tomar un taxi para llegar a las seis de la mañana al vestíbulo.

Ya son las diez y media de la mañana y aún María no ha podido pasar a ver a su esposo. Le dicen que la lista que enviaron a los custodios aún no ha sido procesada.

Esta lista es un control para saber qué cantidad de personas visitarán a qué detenidos.

De pronto se oye un anuncio que todos repiten:

-No hay transporte, no hay transporte-.

Sigo conversando.

Ana (nombre ficticio) cuenta que, en una ocasión, llevó un pequeño cortaúñas para su hermano y se lo quitaron, castigándolo a no recibir visitas en cuatro ocasiones (cuatro períodos de catorce días cada uno), prácticamente dos meses…

María sigue hablándome.

-Mi hija no gusta de venir acá. Ella es mayor de edad y trabaja, pero odia el trato que uno recibe aquí. Tanto sacrificio, tanto esperar, y luego la visita de treinta minutos reglamentarios, los acortan a quince o veinte-.

En eso pasa una mujer diciendo palabras obscenas y remaldiciendo, pues no le dejaron pasar a pesar de estar en la lista. Una manifestación de impotencia, pienso.

Teresa (nombre ficticio) se anima a hablar.

-Si le caes bien a los guardias, se portan bien y te tramitan rápido. Si no, si le caes mal, no pasas, te retienen hasta que te canses-.

Les pregunto por qué sus esposos o familiares están recluidos. Unos por robo, otros por homicidio, otros por peculado. No hacen ningún señalamiento sobre la culpabilidad o inocencia de sus parientes.

Su actitud pragmática está puesta en la salud y el bienestar del recluso, en el hogar, los pelaos, los útiles escolares, los uniformes, el trabajo, el afán de ahora que llego tengo que lavar y otros menesteres…

Luisa (nombre ficticio) dice que es su primera visita conyugal. Se siente avergonzada cuando el policía de la recepción grita:

-¿QUIÉNES SON LAS DE LA CONYUGAL?-

-Mire, es algo tan íntimo de la pareja y todo el mundo volteó a mirarnos. Mi solicitud estuvo durante un mes para que dieran respuesta, pero conozco casos que en pocos días se resolvieron-.

-Y eso ¿cómo?- le pregunto.

-Sólo imagíneselo. Yo no tengo plata, estoy sobreviviendo con mis hijos, pues ahora estoy sola-.

Llega un autobús procedente del interior de las instalaciones carcelarias. Es un “diablo rojo”.

La muchedumbre femenina con niños y paquetes se precipitan a subir. Las mujeres miran con desencanto a quienes sí pueden pasar.

-¿Ese es el transporte?-les interrogo a mis fortuitas acompañantes.

-Sí. Pagamos veinticinco centavos por ir y veinticinco por venir, pero a veces nos cobran hasta cuarenta centavos por persona en vez de veinticinco-.

-Buen negocio-pienso.

En eso se aproxima al “Departamento de Embalaje” un policía con un perro. Supongo que para detectar droga.

-¿Siempre revisan así?-pregunto señalando la operación de deshacer paquetes y reempaquetar.

-Sí, es por eso que no entendemos por qué llegan las armas y otras cosas allá dentro. El día que mi esposo me pida que le traiga algo que no debe ser, no vengo más-dice enfática María.

-¿Y por qué visten de rojo?-.

-Ese es el color para visitantes, también puede ser negro o gris claro-me contestan.

Escucho que alguien vocifera mi nombre. Es mi amigo, el abogado que concluyó su visita. Es cerca del mediodía.

Me despido de las mujeres y les deseo que les vaya bien. Contrario que al principio, todas me despiden con una sonrisa.

-Gracias-dicen casi al unísono.

Antes de salir, requisan nuestro vehículo.

Hago caso omiso de la revisión, pues voy meditabunda preguntándome qué tanto puede una mujer esperar, perseverar y más que eso, soportar...

Publicado en el Colectivo Panamá Profundo el 13 de junio de 2008.

Publicado en el Colectivo Kaos en la Red el 7 de marzo de 2008.

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