LA PLUMA
“Sabrás que el Mal no será invencible, mientras el Bien se manifieste indestructible”. M.V.P.P.
Uno
Teresa sentía una enorme pesadez en los párpados y su cuerpo le pesaba toneladas.
Trataba de abrir los ojos sin lograrlo y un rigor inefable le impedía mover parte alguna de su anatomía.
Un agradable olor a flores frescas debería tal vez hacerla sentir que todo estaba bien, pues desde chica le gustaron las flores, las que siempre relacionó con cosas gratas. Era parte del ritual de solazarse con la contemplación de la naturaleza, tanto en invierno como en verano.
En sus diarias incursiones encontraba a su paso chabelitas, peregrinas y banderas españolas.
Se embelesaba con el inmenso ropaje clorofílico de los montes y más allá, los cerros con sus pollerones de flores silvestres.
En verano, le atraía las frugales espigas, que se mecían con la brisa, coronando los herbazales secos. Tomaban un color chocolate con tonos claroscuros cuando el sol se estrellaba contra ellas, haciéndoles lucir un brillo dorado asemejándose a las hojas secas.
Era como si unas se prologaran en las otras.
Los árboles de mango y naranja parecían viejos agachados por el peso de los frutos. Eran para Teresa una tentación para lanzarles un palo con el fin de cosechar, especialmente si el árbol era ajeno.
Variedad de mariposas sobrevolaban las matas de los jardines y los murmullos cuasi eróticos de la polinización penetraban por todos los recodos.
Evocó lo curioso de aquella enorme mariposa que aparecía solitaria y de improviso entre el montón. Se paseaba presumiendo sus alas moradas con bordes de oro, como pavoneándose de su belleza singular para después, de la misma forma, irse y desaparecer en la distancia.
Igualmente recordó cuando se fue con su amigo Chichi a tumbar las cerezas de Fidelia. Había tantas en el arbusto y de tantos colores que le parecían bombillas naturales adornando un árbol de Navidad.
Recogía Teresa en la falda de su traje de poplin, el montón de cerezas que no le cabían en las manos. Por supuesto que, no sin antes haber gestionado la comilona que en la noche le garantizaría un empacho.
Cuando ya se retiraban, gritaron asustados pues de la nada, les salió al paso un anciano que, con aire adusto, les sermoneó por haber tumbado y dejado en el suelo tantas cerezas que a la postre se iban a perder.
Escucharon al viejo, con paciencia y con las miradas pegadas al suelo. Les decía que esto y aquello y aquello de más allá. Por fin hizo un gesto de terminación del sermón para luego poder volver la espalda e irse.
Dos
La sensación que le embargaba le infundía una lejana intranquilidad y terminando por creer que su pensamiento vagaba en medio de un silencio absoluto, cosa extraña en medio de la ciudad.
Ese mismo silencio la transportó a los días en que iba a pasear con la abuelita allá en su pueblo natal.
Aquel lugar campirano estaba conformado por un camino rural y muchas pequeñas fincas a sus lares. En medio del terreno, todas tenían una casita de quincha, morada de sus dueños.
Y contiguo al lugar criaban aves de corral, unas cuantas vacas y uno que otro cerdo.
De alambres de púas eran las cercas, y, como estacones fungían arbustos de ciruelas corraleras plantados, cuyos retoños eran las delicias de niños y vacas.
También observaba las cercas a base de piñuelas que hacía imposible el paso de algún cristiano.
Su abuelita le dijo que, en tiempos pasados, aquellos lugares se anegaban con los recios aguaceros y las crecidas de las quebradas.
Esta era la razón por la cual le llamaban Las Lagunitas y eran unos de los terrenos más fértiles por esos contornos.
Además, existía un pozo cuya agua tenía el don de ablandar las menestras más duras, lo cual no lograba el agua corriente de la pluma. Era tan prodigiosa aquella agua, que de otros poblados la gente a buscarla.
Para Teresa, ira a buscar agua a Las Lagunitas era como un sueño convertido en realidad, pues aquel trayecto constituía para ella toda una aventura.
Verse rodeada de aquel conjunto de árboles y arbustos, exhibiendo gran cantidad frutas, que parecían sugerir desde las ramas, lo deliciosas que estaban.
Una vez cedió a la tentación, y fingió ante su abuela que iban a recoger unas florecillas del camino y cuando la anciana se adelantó, puso manos a la obra.
Al perderla de vista se subió al árbol de ciruelas más alto que halló, porque quería alcanzar las más hermosas que estaban a gran altura.
Se entretuvo allá arriba sintiendo el viento acariciarle la cara y despeinarle su larga cabellera. Pasó a su lado una mancha verde de pericos con su singular canto y a Teresa le pareció que más que cantando, estaban discutiendo.
No se bajó hasta conseguir su objetivo. Pero se sorprendió cuando se volvió a encontrar a la abuelita: le esperaba una reprimenda, ya que el árbol era tan alto que todo el mundo la había divisado.
-Vea, Cheva, dónde está trepa’ la nieta-le gritaron a la anciana unos peones que socolaban a un lado del camino.
En otra ocasión, se escapó con sus hermanos, quienes inventaron apedrear a un nido de avispas, que salieron raudas y veloces al encuentro con sus agresores, para regalarles unos ojos extremadamente hinchados, varios días de fiebres y las burlas de los demás niños.
Esto era a lo que la abuela le llamaba hallarse una nariz sin hueco.
Jamás olvidaría cuando, en pleno verano, fueron por encargo de la abuela, a buscar ciruelas mircollas para echarlas en los frijoles chiricanos.
Un aguacero corrependejo los sorprendió y los hizo poner pies en polvorosa para guarecerse en algún frondoso árbol del camino, mientras disfrutaban el olor a tierra mojada que se les subía a la nariz.
Corrían riéndose y gritando, cuando su algarabía se confundió con los gritos de unos hombres a caballo que corrían en dirección contraria con un hato de ganado que venía del río.
Sus miradas impávidas se encontraron y en un santiamén quedaron trepados en el primer árbol que se les puso adelante, con la cara pálida y el corazón saliéndoseles del pecho.
Recordar era placentero y le hacía sentir a gusto. Lo que no se podía explicar aún era que estuviese dormida o por lo menos inactiva, o acaso... estaría alucinando?
Su madre siempre le decía: tú eres la única persona conocida que, estando dentro de un sueño, lo analizas .
Tres
Por momentos sentía que flotaba en el aire, lo cual era agradable. Y de repente sus piernas le hormigueaban. Se preguntaba, si estaría dormida o simplemente anestesiada.
No recordaba haber tenido un accidente o haber sido admitida en institución médica alguna, lo cual descartaba la teoría de estar anestesiada, no tomaba somníferos hacía mucho tiempo, lo que dejaba sin efecto la posibilidad de estar drogada.
Calló sus pensamientos, al escuchar unos murmullos, que parecían voces de varias personas esforzándose por hablar en voz baja.
Sin embargo, no pudo definir de quiénes eran aquellas voces. Ninguna le era familiar.
Una comezón le recorrió el brazo izquierdo exactamente encima del codo, como cuando de niña le ponían la ropa excesivamente almidonada.
Sintió angustia al comprobar que no se podía rascar, es más, ni siquiera podía moverse por mucho que se esforzaba,como en las pesadillas.
Cuatro
Su amiga Clara, con la cual compartía el céntrico apartamentito, últimamente estaba actuando poco convencional. Una mañana Teresa escuchó un grito y desde su recámara salió corriendo a ver qué sucedía.
Clara estaba en medio de la sala restregándose los ojos y buscando con afán a qué asirse mientras repetía que no podía ver.
La llevó de urgencia al médico y en el camino, Clara le dijo que sintió como un aguijonazo en los ojos y ahora no podía ver. Clara lloraba mucho y, mientras sollozaba, no paraba de hablar, con el inconveniente que no se le entendía casi nada.
-Tranquila, te vas a poner bien-le decía Teresa.
Le dijo Clara que cuando Teresa se había ido al interior, el fin de semana de las fiestas patronales, y ella se quedó sola, salió al supermercado y al regresar encontró a los pececillos de colores flotando inmóviles en la pecera: todos estaban muertos.
En aquella ocasión, dijo Clara, el aire tenía un olor indefinido que hacía caer en un marasmo. Y al rato daban ganas de salir huyendo.
Una mañana lluviosa salió al balcón, y se llevó la sorpresa de que sus bien cuidada matas todas estaban desmayadas y nunca revivieron.
Fue a la cocina a buscar un vaso de agua, con el cual pretendía recuperarse de la impresión, y escuchó un rumor dentro del fregador.
Descubrió que los restos del desayuno estaban repletos de gusanos.
Además, aquel sujeto extraño, vestido de negro que estaba siempre a cierta hora parado en la acera de enfrente mirando hacia el balcón, angustiaba sobremanera a Clara.
Teresa trataba de lucir serena ante Clara para no mortificarla, pero había cosas que ya no le estaban gustando. Ella misma había encontrado pájaros de la mar muertos en la lavandería. Había decidido pensar que aquello se debía al impacto ambiental por la construcción del Corredor Sur.
Tomó los pájaros, los envolvió en una bolsa negra de plástico y los arrojó al basurero que estaba junto a la escalera de acceso al edificio. Todo esto sin decirle nada a Clara.
Ésta siempre había sido una excelente muchacha con afición al orden y la limpieza. Igualmente, con su trabajo y sus estudios era impecable.
Sin embargo, siempre lograba llevar las conversaciones al punto en que terminaba preguntando a los interlocutores que qué había sido primero: ¿el pollo o el huevo? O ¿que por dónde le entraba el agua al coco?
Esto hacía de Clara una persona muy complicada para la gente de su edad. Sólo Teresa la comprendía, más bien le tenía paciencia y de muy buen grado.
Y es que a Teresa le parecía oír a sus tres hermanos burlarse de ella, pues siempre buscaba amistades femeninas, debido a la carencia de esa hermana que nunca tuvo.
Mientras Clara permanecía hospitalizada por su ceguera y le practicaba toda suerte de análisis clínicos, Teresa se hacía cargo de la casa.
Una mañana de esas sonó el timbre.
-Ya voy, un momento- gritó Teresa, mientras así con ambas manos y un agarrador de olla, una vasija hirviente llena de macarrones que colocó en el fregador.
Abrió la puerta y no había nadie, miró a ambos lados y tampoco divisó persona alguna.
-¡Qué raro!- se dijo.
Iba a cerrar la puerta y se detuvo al ver en el piso, una enorme olla con su tapadera, impecable, parecida a las que aparecen en las cocinas de las revistas.
Dudó un momento y, en segundos decidió que vería el contenido.
Alargó lentamente la mano derecha, hacia el agarradero de la tapadera, todo lo que se lo permitía su menudo cuerpo y la levantó rápidamente.
Una lluvia de grillos inundó la estancia. Teresa apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta para evitarlo. Soltó la tapadera y corrió a la cocina a buscar un insecticida. Llevaba varios grillos enredados en el cabello y parecían meterse por todas partes.
Cuando terminó, horas después, la faena antigrillos, estaba sudada, agotada y con la nariz roja. No quedó vivo ni uno de los visitantes.
Había preparado la comida favorita de Clara y deseaba llevarle esa sorpresa al hospital, pero ni siquiera tuvo tiempo para visitarla.
La sorprendió el toque del Ángelus de la Iglesia Catedral, sin haber terminado todos sus deberes.
En la próxima conversación con su amiga le plantearía la necesidad de mudarse, por muchas causas, entre ellas la más importante que dizque esos lugares eran ahora Patrimonio de la Humanidad y había algún motivo que no entendía muy bien, por el cual uno no podía quedarse a vivir allí.
Cinco
Teresa y Clara era muy amigas, casi hermanas. Llegaron del interior de la república, hacía alrededor de tres años.
Teresa procedía de la región de Azuero y Clara era de Chiriquí.
Como buenas amigas que eran, se hacían incontables confidencias y en alguno que otro amorío, eran cómplices.
Clara era, incluso a regañadientes, confidente de la gran atracción que sentía Teresa por un muchacho que veían todos los días al ir hacia el trabajo. Y lo que le incomodaba a Clara, era que éste ni se enteraba que Teresa existía.
Trabajaba como dependiente en una tienda de abarrotes que, a todas luces, se notaba que era propiedad de su padre. A pesar de ser físicamente atractivo, lucía formal pero muy extraño.
Una tarde en que Teresa salió del trabajo y pensó que, por el excesivo calor se pavearía de la universidad, se sentó en una banca del parque más contiguo a su casa, y le pidió a Quique, el raspadero, un raspao rojo con miel y doble leche condensada.
Mientras saboreaba su refresco, Teresa encontró la forma de indagarle a Quique sobre el muchacho de la tienda.
Se llamaba Manolo. Era hijo único de un matrimonio de una panameña con un español. Que tenía veintitrés años y no se le conocía novia. No siempre fue parco y reservado.
Cambió cuando le dijo a su padre que quería internarse en un seminario y éste le contestó que no podía permitírselo, ya que debería encargarse del negocio y de su madre cuando él (su padre) faltara.
Desde ese momento, Manolo fue cambiando, lo cual fue notorio para todo el vecindario que lo vio crecer.
Ya no conversaba con nadie más de cuatro palabras, ni por casualidad se quedaba unos instantes a hablar con sus antiguos amigos que se reunían por las tardes en la esquina del parque, es más, cruzaba a la acera contraria cuando los veía.
Le contaron a Quique que ni siquiera asistía a la misa dominical. Se fue desmejorando su apariencia física, presentando la faz demacrada y lívida.
Su madre lo sermoneaba porque casi no se alimentaba y le insistía que debería ir al médico. En las noches, mientras sus padres dormían, se escapaba a caminar y se metía en el cafetín de la esquina, a una hora en que éste estaba solitario. Esa era la única salida de Manolo.
No obstante, la naturaleza remisa de su progenitor, el hijo era de un comedido carácter generoso, con lo cual se ganó la estima de los más humildes residentes del barrio.
Además, decían las malas lenguas que Manolo no era hijo de la pareja, pues al parecer, se rumoraba que ésta lo encontró una madrugada en la puerta de la casa, acostado en una carguera, en el preciso momento que empezaba a llorar porque lo estaban picando las hormigas.
En esta última parte, el raspadero, bajó tanto la voz que a Teresa, para poder escuchar, no le quedó otra opción que hacer el gesto cómplice de acercamiento que acostumbran quienes hablan de la vida ajena.
Seis
La ocasión en que Teresa se atrevió a meterle conversación a Manolo, fue aquel día que estaba lloviendo y éste pasaba a su lado bajo un enorme paraguas azul. Ella le pidió que la cruzara la calle y él le dijo que con mucho gusto.
El breve trayecto se alargó por la espera de que los autos pasaran y haciendo cálculos y malabares para que no los salpicaran con el agua lluvia que cubría con varios centímetros los adoquines de la calle.
Le miró los ojos verdes y la piel que sería perfecta, a no ser por el tinte pálido que lucía.
Su porte era impresionante, mucho más alto que Teresa, la cual lo miraba arrobada debajo del paraguas que se le antojaba inmenso.
A ella ese rostro siempre le pareció familiar, pero nunca supo por qué.
El magnetismo y la fuerza que le irradiaba Manolo era indescriptible, fue una sensación perturbadora y placentera, a tal punto que Teresa casi no repara en el hombre vestido de negro que estaba parado al lado de la entrada del edificio donde vivía. Le extrañó la mirada que intercambiaron ambos sujetos, pero no la pudo descifrar.
Siete
Transcurrieron varios días y no se había recuperado Teresa aún del encuentro con Manolo.
Clara llamó desde el trabajo, para decirle que éste había sufrido un percance.
Que en una de sus vueltas nocturnas unos mozalbetes lo habían agredido para robarle y lo habían dejado tirado y medio muerto en la calle oscura. Que lo encontró la ronda de madrugada y lo condujeron al hospital.
Teresa, atareada con exámenes semestrales, no arribó a su casa si no muy entrada la noche, hora en que se enteró que Manolo había muerto. Sencillamente, no lo podía creer.
No se sintió con fuerzas para asistir a los funerales y se fue a pasar unos días al interior.
Después de haber salido del estado de incredulidad en que se encontraba, le contó a su abuelita reprimiendo las lágrimas, lo que le habían hecho los maleantes a Manolo, lo bueno que era con la gente necesitada que eran clientes de la tienda y cómo lo querían en el barrio.
No se extrañó al escuchar a la anciana la frase de siempre, que en este caso iba como anillo al dedo:
-Esas cosas hay que dejárselas al que está en las curumbitas-
La abuela era muy sabia, cosa curiosa si se tomaba en consideración que ni siquiera sabía leer ni escribir. Le habló a su nieta de que la oración es como un combustible para echar a andar la máquina del desarrollo espiritual, pero que la purificación viene con las buenas acciones que se llevan cabo diariamente.
Que este proceso de purificación es necesario para que podamos llegar algún día a acercarnos a la Divinidad, sin que ésta nos dañe, pues en este plano físico donde lo material es lo que cuenta, se ha perdido el concepto de las cosas divinas, sublimes.
Aclaró la abuela las dudas que siempre tuvo Teresa sobre el ayuno, pues siempre había pensado ésta que si Dios te concede tener el pan nuestro de cada día, entonces para qué vas voluntariamente a dejar de comerlo. Hasta ese momento Teresa estaba convencida que el ayuno voluntario tenía que castigarlo Dios.
Explicó la abuelita que el ayuno te hace ser humilde, porque te lleva a sentir algo parecido a lo que sienten los desposeídos en su diario vivir. Claro que, con la diferencia que uno rompe el ayuno cuando quiere, y los olvidados viven esa cruda realidad.
Entendió tantas cosas en aquella conversación, que se alivió dentro de su ignorancia espiritual.
Ocho
Al regresar, se bajó de su bus en el parqueo y tomó un taxi para dirigirse a su casa.
Iba entretenida viendo las gentes y pensando la tranquilidad que le imprimía la recuperación de Clara. El galeno no les había dado un diagnóstico preciso: se mejoró y punto.
Les habló que era un virus consecuencia de las armas químicas que probaron los gringos en la invasión de 1989 y que aquél había mutado con el tiempo.
De repente, vio a alguien idéntico a Manolo entre las personas que caminaban por la Avenida Central, y estaba casi segura de que le sonrió.
Con su maletín al hombro, se bajó del taxi en un arranque irrefrenable, mientras el taxista le gritaba cuanta cosa por no haberle pagado. Corrió y corrió para alcanzar aquella persona tan parecida a Manolo, la cual parecía dar zancadas para distanciarse de ella. Llegó a las ruinas de una catedral colonial, en las cuales se introdujo sintiendo el corazón en la garganta.
Ni siquiera se percató lo solitarias que estaban las calles adyacentes.
No se detuvo hasta llegar al fondo, de donde salía una luminosidad.
Allí estaba él, sonriente.
-¿Eres... Manolo?- en un hilo de voz.
Él se limitó a seguir sonriendo y ella se fue dejando llevar por la fuerza magnética, acercándose a él tanto, que sus rostros casi se tocaban. Sus labios se rozaron.
Teresa echó un paso atrás poniéndose los dedos de la mano izquierda sobre los labios, mientras miraba con incredulidad a Manolo.
Trató, casi perdiendo el equilibrio, de sujetarlo con la mano derecha.
Aquel sonriente individuo no hablaba, pero le transmitía subliminalmente a la mente de Teresa alguna comunicación, que ésta interpretaba de forma automática.
-No me amas en la manera que crees, sólo crees que me amas. Eres buena, la materia prima de tu corazón es auténtica. El amor por los demás es importante para salvar la humanidad. Volveremos a vernos-.
Ese mensaje quedó grabado en la memoria de Teresa, en el preciso momento en que de la espalda de Manolo se desplegaron dos enormes alas y, siempre sonriente, él se remontó volando al cielo.
Nueve
Esto era lo último que recordaba con relación a su experiencia con Manolo. Recordó aquel beso diáfano que le diera él o quien fuera, y luego sintió un vacío en el estómago acompañado con un vértigo que la llevó a un oscuro pozo sin fondo.
-¿Estaría acaso muriéndose?- había leído en algún lado que en esos momentos uno se acuerda de todo lo que le ha ocurrido a lo largo de la vida.
Ahora los recuerdos iban llegando en desorden.
Recordó que mientras Clara se reponía de sus quebrantos de salud, ella se echó encima la responsabilidad de la mudanza, lo cual la dejó exhausta y tuvo que pedir dos días de permiso en su trabajo. Su jefe le dijo que últimamente estaba faltando mucho.
Se tropezó en los traspatios de su mente con algunas situaciones que antes no habían llegado a la sala de su memoria.
Revivieron sus complejos de culpa, cuando sin querer, cometía alguna injusticia. Específicamente, se acordó de la ocasión aquella en que le prestó dinero a su hermano menor, y al día siguiente exigió su pago, sin realmente necesitar el reembolso. Después se enteró que, por pagarle la deuda, su hermano no había podido almorzar. Se atormentó a tal punto el resto del día, que decidió en el futuro mejor pasar por tonta que cometer una injusticia.
Divagaba su mente legislando que la humanidad estaba dividida en buenos y malos. Siempre consideró que ella era de los buenos. Pero también estaba convencida de que a los malos, de vez en cuando hay que darles una lección.
Llegó a esta conclusión una noche en que se paró a tomar agua de la tinaja, allá en los tiempos de su primera adolescencia.
Vivían con su abuelita quien, en las primas noches, como solía decir, se sentaba en un taburete reclinado en el quicio de la puerta que daba al patio pasando por la cocina. Allí se quedaba horas enteras, remendando todo lo remendable hasta donde aguantara su vista con la paupérrima luz de la guaricha.
Escuchó escondida al filo de la pared, en aquella ocasión voces y aguzando el oído pudo entender que la abuela estaba sermoneando a Alberto, el hermano mayor de Teresa. Últimamente Alberto estaba malcriadísimo, pasaba el día entre amarguras y desplantes con todos los que le rodeaban. Estaba simplemente insoportable.
Él estaba sentado en una gran banqueta frente a la abuela, de tal forma que para hablar con ella, tenía que levantar la mirada.
-Vea, mijito, nosotros a usted lo soportamos porque lo queremos, no porque usted se lo merezca. Y esa amargura que usted tiene, que no quiere hablar y que siempre está solo y que todo le molesta, tiene un nombre: usted está comiendo cabanga-.
No bien había terminado la abuela esta frase, cuando Alberto comenzó a sollozar, como cuando uno se ha aguantado mucho tiempo un sufrimiento, y trataba de cubrirse la cara con ambas manos. Sus palabras no las pudo Teresa entender, porque estaban prácticamente entorpecidas por el llanto desgarrador.
Pero lo que sí oyó, fue a la abuela cuando le decía que las mujeres son así cuando están demasiado seguras de los sentimientos de los hombres y que uno siempre tiene que guardarse algo de lo mucho que siente. También le dijo que los males del corazón, que al mismo tiempo pueden ser bienes, deben enaltecernos antes que envilecernos. Que no se justifica un sentimiento tan bonito como el amor, floreciendo en nuestra vida, y sin la secuela de hacernos mejores personas.
Agregó la abuela que, no debe nadie avergonzarse de haber llorado por amor, porque a lo largo de la historia de cada ser humano, siempre habrá una sesión de lágrimas que contribuirá a lavar las tribulaciones del alma atormentada.
Por lo tanto, esperaba que, a partir de ese momento, cambiara su actitud en la vida, porque una mujer que no valora los sentimientos más puros de un hombre, lo que menos merece es que, uno cambie a tal punto que nadie pueda soportarnos.
Todo esto lo decía la abuela mientras le sobaba la cabeza al nieto, de tal forma que éste le parecía a Teresa un crío.
Además de todos los ademases que la abuela expuso, Teresa deseó poder intervenir en ese momento para que su hermano sintiera lo mucho que ella lo quería, pero supo que estaba escuchando una confidencia que no le pertenecía, lo cual la dejaba con las manos atadas para cualquier acción de su parte.
Y lo que más le dolió a Teresa, fue que supo del milagro, pero no del santo, y no se pudo enterar quién era la fulana.
Se fue al cuarto en puntillas para que no se dieran cuenta que había escuchado, y se trepó al catre como pudo, tratando de no hacer ruido. Mientras estuvo despierta, repasó mentalmente lo sucedido, concluyendo al final que, después de todo para qué se preocupaba, si no había forma alguna de tomar cartas en el asunto.
No obstante, sacó algunas cosas en claro: primero, que contrariamente a lo que ella siempre había pensado, los hombres sí aman de verdad, segundo, que los asuntos de amores son asuntos de dos y tercero, que no vale la pena sufrir por amor si después uno no se saca el clavo.
Recordó Teresa aliviada, aún en medio de catalepsia, que conforme pasó el tiempo, Alberto se recuperó de su cabanga, aunque siguió enamorado.
Diez
Seguía sintiendo sensaciones encontradas, como que su brazo derecho lo tenía entumido y la mano derecha, acalambrada. Tuvo la certeza de que se estaba enterrando las uñas en la palma de la mano, sin poder evitarlo.
Volvió la sensación de levitación y en sus ojos se derramó la tibieza de una luz que la hacía sentir muy a gusto.
De repente todo se oscureció y apareció ante ella el hombre de negro, mirándola fijamente y al instante desapareció.
Luego, se vio a sí misma “ en el cielo envuelta en el sol como en un vestido, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrella en la cabeza. Estaba encinta, y gritaba por los dolores de parto, por el sufrimiento de dar a luz. Luego apareció en el cielo otra señal: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Con la cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó a la tierra. El dragón se detuvo delante (de ella) para devorar a su hijo tan pronto naciera”.
Vio con alivio que “ su hijo le fue quitado llevado antes Dios y ante su trono ”.
Luego, “ hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón...Así que fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron lanzados a la tierra”.
Aquella visión se disipó y nuevamente apareció Manolo, pero ahora más etéreo e igualmente sonriente:
-Regresarás-le dijo.
Sintió un cosquilleo persistente y agudo en la punta de la nariz, que fue aumentando poco a poco, hasta hacerse insoportable y que parecía duplicar su intensidad en la parte interna del ombligo. El cosquilleo se fue volviendo escozor y se regó por las mucosas nasales, definitivamente tenía unas intensas ganas de estornudar. No pudo reprimirse y se incorporó con la fuerza del estornudo quedando sentada.
Tuvo suficiente tiempo para ver un montón de gente que huía despavorida, sin entender qué sucedía. Bajó la mirada y se vio a sí misma. Notó que vestía de blanco y que estaba sentada en un féretro. Alcanzó en el segundo siguiente, a ver un conjunto de rostros familiares de personas, que no huyeron como los otros.
Miró a Clara, aproximarse como en cámara lenta, con la cara bañada en lágrimas y los brazos abiertos.
Ya recuperados del susto inicial, todos los familiares de Teresa presentes, se fueron acercando para ayudarla a bajarse de su equivocado lugar de estar.
Cuando trató de apoyar su mano derecha para incorporarse, advirtió que estaba engarrotada.
No podía abrir la mano, subió el puño al nivel del busto mientras lo miraba fijamente.
Con un gran esfuerzo fue, poco a poco, estirando sus dedos que dejaron al descubierto una pluma blanca, la cual manchó Teresa con la sangre que manaba de la palma de su mano. Una hermosa pluma nacarada.
Recordó a Manolo el que se fue, mientras paseaba su mirada distraída sobre los vitrales. Ahora no sabía a ciencia cierta, si lo había visto o era otro, lo que no podía borrar de su recuerdo fue aquel beso, que recordaba vívidamente en el mismo momento en que se recrudecía aquel cólico en su conducto umbilical.
Mientras, la gente en el parque se volteaba a mirar con curiosidad, el extraño cortejo enlutado que hacía compañía a aquella novia sin novio, la cual bajaba con torpeza las escalinatas de la Iglesia Catedral