SAMUEL EL URGIDO (Cuento)
Samuel, El Urgido
EL PERFIL
Había una vez un señor llamado Samuel Torres.
Procedía de un círculo social en algún país suramericano, en el cual las triquiñuelas y las jugadas sucias ya han tomado ribetes de profesión, elevándose de esta manera, a categoría de arte.
Radicado en Panamá, esta tierra hermosa y acogedora, considerada una tacita de oro y que brinda a los extranjeros la oportunidad de crecer y desarrollarse; pudo sentir que estaba en el lugar apropiado para sus propósitos.
Estaba casado el señor Torres con una linda mujer de nombre Ruth, y dio paso su unión marital a tres traviesos y saludables críos.
Preparación académica sí le faltaba a Samuel, pero tenía aquello que era necesario para salir adelante: ambición desmedida y oportunismo.
Empezó a trabajar en una fábrica de ropa, la cual él se preciaba en decir que era propiedad familiar, lo cual era falso.
Y es que en la existencia del señor Torres, casi todo era falso, desde su honor, su actitud para mentir con propiedad y desenvolverse en la competitiva sociedad en que vivimos y, su don del verbo, conocido vulgarmente como verborrea.
Modulaba con maestría su ronca voz, poniéndola como de locutor acaparando la atención del público oidor.
Tuvo la gran suerte de ser designado alto ejecutivo en una empresa de capital panameño, radicada en uno de estos paisitos de Centroamérica, donde la situación económica provoca que las clases trabajadoras sean expoliadas.
Desde que llegó a la prenombrada empresa, hizo sentir su presencia interponiendo denuncias ante las autoridades competentes, en contra de otras personas por falsificaciones de documentos, que era él quien falsificaba.
Acto seguido, haciendo gala de su connotado arte histriónico, solicitaba a las autoridades el esclarecimiento de los hechos para deslindar responsabilidades y así castigar a los culpables, robusteciendo de esta forma su imagen de transparencia incorruptible.
Todo esto obedecía realmente a un plan solapado del señor Torres, con la intención de ganarse la confianza del dueño de la empresa, a tal punto que le permitiera manejar la compañía autónomamente.
Tenía el señor Torres el alma carcomida de complejos de inferioridad, que podría quizás especularse que se originaban en su falta de estudios o, su falta de plata o su enanismo espiritual; o las tres cosas juntas.
En los complejos con las conquistas amorosas, ahí si torcía la puerca el rabo, porque le emocionaba sobremanera que le vieran rodeado de lindas chicas para así sentirse el macho de la película, dando de esa forma la suspicaz impresión de que realmente no lo era.
Todas las situaciones que enfrentaba el señor Torres, eran analizadas desde la óptica del sexo: si una mujer lo rechazaba era porque, estaba enamorada de él y él, cual Adonis, no le paraba bolas.
Si un hombre le llevaba la contraria, era porque le envidiaba, ya que no levantaba hembras como lo hacía el propio.
Si una mujer lo acusaba de acoso sexual, era totalmente falso), ya que lo que pasaba era que esa mujer se le había ofrecido y el señor Torres no él ni caso que le hizo.
Habiéndose ya asentado en su puesto como máximo jefe de la empresa antes citada, se hizo de amantes que al parecer, veían solucionadas algunas situaciones de tipo económicas (llámese manutención), mediante la relación con el flamante gerente.
La más llamativa y estable de esas relaciones fue con una negrita de nombre Marta, la cual fue coronada en tiempos pasados con el título nacional de Miss Fisicultura y, cuyo única hazaña adicional, fue las demeritoria labor de haber alegrado las fiestas privadas de los personeros del capitalismo en su ciudad natal.
Convivían en la misma casa como marido y mujer.
Con su amante, Samuel se exhibía en todos lados, siempre y cuando no fuera una reunión con ejecutivos de la Casa Matriz, o reuniones importantes de negocios o de las anheladas buenas relaciones sociales (diplomáticos y demás).
No obstante, a su esposa le exigía una fidelidad fuera de toda lógica, toda vez que él cada día pasaba menos tiempo en tierra istmeña.
Pero fíjense que el señor Samuel de primera vista no caía mal, pues manejaba el arte del humor con una destreza que dejaría pálidos a los más renombrados comediantes.
Era experto rompiendo el hielo y teniendo salidas ingeniosas, que sin lugar a dudas, eran disciplinadamente ensayadas para obtener los resultados requeridos.
Cuando todas sus técnicas parecían fallarle ante una situación que amenazaba, como se dice en el argot popular, dejarle con los pantalones abajo; entonces utilizaba el truco de hacerse el indignado porque no se confiaba en su honorabilidad.
Y es que en su mundo de mentira, Samuel desbarataba a sus enemigos desprestigiándolos aunque realmente no hubiera ningún síntoma en la conducta de las víctimas que denotara que eran ciertas sus acusaciones. Porque con su manejo de la técnica del convencimiento, el señor Samuel tenía un doctorado en destrucción de reputaciones.
Primero atacaba al profesional, y si esto resultaba infructuoso, entonces arremetía contra el plano personal.
Además, el señor Torres no parecía tener ningún temor de que socavaran su prestigio, posiblemente porque no se puede acabar con lo que no existe.
Era, en lenguaje de pueblo, una prenda .
Siempre le preocupó al sujeto de marras, que le creyeran bien relacionado con personajes conocidos y célebres, por lo cual no perdía oportunidad de tomarse fotos al lado de ellos, aunque sólo fuera por casualidad, en cualquier tipo de reunión, llámese almuerzos o celebración.
Ah!, y también era de vital importancia que públicamente se manejara la información de que tenía un apostolado, por lo tanto, sacrificaba parte del tiempo de la empresa y de los recursos (en crisis)de la misma; para apoyar las actividades de orden benéfica. Total, de su bolsillo no salía nada que era prioridad básica en todo su ir y venir por el mundo.
Gustaba de ejercer presión sobre los más débiles con el factor económico, de tal forma que los hacía, aunque fuera coercitivamente, pasarse a su equipo.
Pero no olvidemos que todo esto nunca fue con su propio peculio.
Coleccionista compulsivo de chistes, en toda parte que visitaba trataba de aprender alguno, con el inconveniente, de que al coleccionarlos se le olvidaba dónde había dicho qué chiste a quiénes, cayendo en un desgaste por repetición de chistes a las mismas personas, quienes a veces se sonreían por simple educación.
Este estuche de monerías, siempre estaba al acecho de información porque, según su criterio, nunca se sabe si uno la va a necesitar en el futuro. Así que afinaba el oído cuanto podía, para tomar nota mental de todo dato que oyera en su entorno, para procesarlo en su maquiavélico banco de datos.
La causalidad
Una vez en un baño de damas de un connotado hotel, la casualidad citó a tres mujeres que parecían haber tenido algún tipo de relación con el tal Samuel.
La euforia en pañales de los dos primeros tragos, crearon la magia que permitió que estas féminas se comunicaran de manera excelente.
Una de ellas, la primera, había sido su amante.
Se explayó en detalles increíbles sobre el sujeto, dejando al final a su audiencia perpleja al expresar públicamente que era un pésimo amante, es decir, lo que en buen panameño se le llama un mal polvo.
Sin embargo, ella siempre recordó al señor Torres como un individuo que tenía urgencias notorias de encuentros sexuales. Lo malo era que aquellas urgencias, una vez llevadas a la práctica, eran fugaces.
Concluyó su relación aquella mujer con el sujeto descrito, cuando se enteró que él acostumbraba pasearse en su carro en las madrugadas frías de aquel país en el cual trabajaba, buscando putitas a las cuales pudiera usar de manera rápida, económica y sin complicaciones.
Lo mandó al cuerno, no sin antes haber pasado la vergüenza, de ir a su ginecólogo con alguna extraña enfermedad de transmisión sexual, seguramente como recuerdito del señor Urgido.
La otra mujer del tocador, estuvo viviendo en un apartamento que el señor Torres le alquiló, como si fuera propio (que no lo era, pues era propiedad de su concuñado).
Tuvo que mudarse con toda su familia, ya que las reparaciones no se hacían, sin embargo, se le exigía la renta cumplida al término de la distancia.
Aquel inmueble estaba, literalmente, cayéndose por la falta de mantenimiento.
Pero la mujer no se quedó con los brazos cruzados, y llevó el caso a las autoridades competentes, lo cual le valió que el señor S. le desprestigiara diciendo a los demás moradores del edificio, que el problema que ella tenía fuera que él no le había hecho caso a sus pretensiones sexuales.
Samuel, El Urgido, jamás supo que los matones que un día lo esperaron y tuvieron a punto de apambincharlo en la entrada de su casa, fue un envío del marido de la ofendida.
Los malandros no pudieron cumplir su cometido, ya que, de manera milagrosa, salvó la situación la ronda de la policía en radio patrulla, que por casualidad pasaba en ese momento e hizo que los malhechores prácticamente se evaporaran en el aire. Tal pareciera que alguien allá abajo lo quiere mucho.
La tercera mujer tenía un resentimiento muy grande contra el señor T. No estaba metida en la conversación, pero sigilosamente salió de uno de los baños individuales, y pidiendo disculpas por no haber podido evitar escuchar la conversación, quiso antes que nada confirmar si la charla giraba en torno del sujeto que ella conocía.
Una vez estuvo segura, procedió a dar el argumento aquel tan folclórico, de que este es un país muy chico y todo el mundo se conoce; y luego pasó a ser parte de la amena charla (porque no creo que nadie pueda negar que existe un placer inconfesable al jalarle la colcha al prójimo).
Explicó que el señor Torres, había embaucado a su esposo en un negocio que, según los planteamientos del señor Urgido, tenía grandes posibilidades.
La tercera mujer, les narró cómo su querido consorte, después de tratarlo durante reuniones de obras de caridad, depositó en las manos de aquel rufián los ahorros de toda su vida, para que, al rato, le saliera que la calle estaba dura y que el negocio fue de mal en peor. Y luego, como conclusión final, que en los negocios a veces se gana, y a veces se pierde.
Con algún resabio y algunas humedades oculares, que contagió a su selecto público, contó en detalle la triste historia de su esposo, quien a partir de aquel desafortunado suceso, cayó en una depresión espantosa, que hizo debilitar su corazón, el cual no había vuelto a ser el mismo.
No obstante, según contó, no se veía ningún pesar, por parte del señor T., quien aunque encontrara la calle dura, se daba lujos inexplicables.
Se extendió la conversa por más de una hora, y cada una de las participantes comunicó que tenía que retirarse, pero no antes de intercambiar direcciones y teléfonos para volver a encontrarse.
La Trama
Aquellas tres mujeres estaban sentadas en la cafetería. A pesar de sus tres tipos diferentes de belleza, eran atractivas. Sus edades promediaban entre treinta y cinco a cuarenta años.
Al llegar se saludaron como si fueran viejas amigas, y figuradamente cada una sacó un estuche especial que podría contener hasta diez dagas de diferentes tamaños.
Llegaron a intercambiar información detallada del asunto que les interesaba, mientras no perdían oportunidad de destazar al señor Urgido.
Concluyeron que con toda la morrina que el sujeto de marras iba esparciendo por el mundo, se hacía necesario darle un gran escarmiento.
Había que verlas, atractivas de por sí, tenían arreboladas las mejillas y un especial brillo en la mirada.
Perdóneme el lector, ya que no quiero, por nada del mundo, decir que la maldad embellece; pero estas tres mujeres realmente disfrutaban los detalles escabrosos de su plan.
Sus labios demarcaban un rictus placentero y las lánguidas prolongaciones de sus gestos mientras gestaban el plan, hacían recordar a Matahari.
Frente a un capuchino con equal, fumaron hasta la saciedad, en tanto que con lujos de detalles, tiraron la estratagema para castigar al señor Urgido.
Estuvieron de acuerdo en que tenían que conseguir alguien que se prestara para el papel, debería ser una mujer joven, cònsono con los intereses andropáusicos e ideal para el “delicado” paladar de la víctima.
La tercera mujer, dijo que tenía una amiga que, de repente, podría agradarle el papel, pero que tenía primero que hablar con ella.
Acordaron que sus respectivos compañeros, por nada del mundo, deberían enterarse de lo planeado y, que los gastos en que incurrieran y responsabilidades que surgieran del plan serían distribuidas por partes iguales entre las tres.
Aquello sería un secreto entre tres. Excepto, por las otras personas que formarían parte del plan, a las cuales tácticamente no se les daría mayor información, con tal de que se llevara a feliz término el proyecto.
El Inicio
Estaba sonando el teléfono persistentemente, hasta que un taconeo se fue haciendo más fuerte y una mano femenina levantó el auricular.
-¿Si?-. Sí, habla Yara-
La mujer miró a todos lados con mal disimulada inquietud, como cuando uno no quiere que le escuchen sus conversaciones telefónicas. No había nadie en la estancia.
Se arrellanó en el diván al mismo tiempo que cambiaba el teléfono de mano, mientras se metía los dedos de la mano derecha entre el cabello una y otra vez.
-Pero dime, ¿qué decidiste?-
Algo que le dijeron la hizo incorporarse de un salto, y casi gritó:
-Tú sabes, chica, que la plata es lo de menos. Conmigo tú estás segura.-
Se volvió a sentar lentamente, y se fijó por casualidad en ese momento, que había que cambiar la pintura de la salita de estar. Más reposada dijo:
-Mira, déjame ver qué hago. Yo te llamo.-
Marcó un número telefónico lo puso en espera y luego otro número más. Los puso en conferencia:
-Habla Yara. Mi amiga acepta, pero quiere un adelanto. Dice que los dos niños tienen que entrar a la escuela y ella necesita el dinero para comprar los útiles y pagar la primera mensualidad, ya que este año se la aumentaron.-
Dialogaron las tres por algunos minutos y llegaron a un consenso. Le darían la plata del adelanto, pero Yara se comprometía a que cumpliría lo pactado, ya que el vínculo de amistad era con ella.
Le entregarían el dinero al día siguiente.
Yara le entregó un cheque. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero en ese momento creyó que era una manera de comprobar en el futuro la entrega.
Lolitìn recibió el documento con una sonrisa de alivio y después de intercambiar algunas palabras insustanciales, se retiró. Yara pensó que se iba antes que le fueran a cerrar el banco.
La observó mientras se alejaba. Tenía esa belleza peculiar de las mujeres de veinticinco años aunque no los representaba: su cuerpo era atlético, su piel blanca y fresca y, en sus cabellos llevaba un tono rubio de botica que la favorecía.
No parecía ser la madre de dos niños. Era perfecta para el papel.
La conocía desde hacía, aproximadamente, cinco años, cuando aún estaba casada con el machista padre de sus hijos, el cual le hacía la vida imposible con los celos.
Yara se levantó y recogiendo bolso y llaves, se encaminó afuera de la cafetería, en tanto que pensaba que todo tenía que salir bien.
Cosme no se recuperaba todavía desde la estafa que le infiriera el señor Urgido. Incluso había cambiado sus hábitos y parte de su personalidad. Sinceramente se felicitó a sí misma, por haber superado juntos esa crisis. Realmente amaba a su esposo.
-Buen hombre, mi Cosme-murmuró.
El Informe
Yara y Lolitín se encontraron en un céntrico restaurante del cual partieron casi inmediatamente hacia un lugar más discreto.
No pudieron reunirse donde Yara porque Cosme, su esposo, estaba en casa. Para la ocasión tampoco era conveniente, ya que Lolitín iba a presentar informe de todo lo actuado con relación al señor Urgido.
Hacía un mes le habían entregado el adelanto y ahora, sencillamente, querían ver resultados.
Yara disfrutó tanto del relato, que se sintió mezquina de que sus dos cómplices no estuvieran presentes.
Ya Lolitín tenía al señor Urgido a sus pies.
Había seguido las instrucciones tan al pie de la letra, que los resultados eran asombrosos.
En el plan no estaba contemplado que ella cediera ni un ápice de su honra, muy por el contrario, como decimos en buen panameño, ese era precisamente el kit del asunto.
Y el señor Urgido estaba al borde la desesperación. No comprendía cómo aquella muchacha tan linda que una vez lo abordara en una exposición de pinturas, y que luego le aceptara invitaciones a almorzar y luego a cenar, lo rechazara aunque lo hiciera tan dulcemente.
Era más ilógico todavía para él, que hubieran bailado en un discreto bar de la localidad, aceptando, con una sonrisa coqueta, el arsenal de piropos elaborados que le disparara, y aún así, no se decidiera a acceder a sus pretensiones.
Es más, Lolitín estaba segura de que, a juzgar por el temblor de todo él, el pobre hombre estaba a punto de que le diera un faracho.
De veras que tenía un verbo florido, y pensó que de no estar ella en antecedente del sujeto, talvez le habría creído todo lo que decía.
Se sorprendió varias veces reestableciendo en cuestión de microsegundos, su mirada de tonta glamorosa, mientras escuchaba la palabrería del señor Urgido.
Era difícil oírle hablar y ver su comportamiento, sin compararlo mentalmente con el formato que su amiga Yara le había dado.
Encajaba perfectamente en el perfil que le describieron. En ocasiones, tuvo la sensación de saber lo que a continuación iba a decir y no se equivocó.
Y cuando esto ocurría, se le escurría involuntariamente por la pupila una mirada analítica fugaz, que ella desaparecía a voluntad.
La última vez que se citaron, él le llevó un obsequio: un perfume. La sorprendió, sobretodo conociendo sus referencias de recodo.
-Estás mordiendo el polvo-pensó Lolitín.
Ese día la llevó en el semidestartalado carro europeo a recorrer la ciudad, y cuando pasaba frente a algunos elegantes edificios de condominios, le señalaba que allí tengo un apartamento, y que allá tengo otro, etcétera, etcétera.
Sacaron cuenta de que el sujeto había regresado al país tres veces en menos de treinta días, lo cual era un excelente síntoma para el plan.
Yara sacó su chequera y le extendió otro cheque a Lolitín. El plan continuaba por quince días más.
Lolitín, antes de retirarse, admitió que jamás había disfrutado tanto un trabajo como éste, nunca hombre alguno se había arrodillado llorando para que ella lo aceptara. En lo personal, confesó que se sentía una diva de una obra teatral.
-No olvides que él no debe saber nada sobre ti, ni dirección, ni teléfonos, ni nada-
-Tranquila, sólo permito que me llame al celular que me facilitaste que dicho sea de paso, tengo que apagar porque no para de llamarme.- le contestó Lolitín mientras se retiraba y le guiñaba un ojo.
(Continúa)
El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro.
- Publicado: Jue 26 Mar, 2009 8:12 pm GMT
- En: MUJER
- Permaenlace: SAMUEL EL URGIDO (Cuento)
- Comentarios: 0
- Leído 433 veces.







