TEMÁTICA PRITTY

ARTÍCULOS QUE ILUSTRAN TEMAS DE ACTUALIDAD

Marzo, 2009

 

SAMUEL EL URGIDO (Cuento)

Samuel, El Urgido

EL PERFIL

Había una vez un señor llamado Samuel Torres.

Procedía de un círculo social en algún país suramericano, en el cual las triquiñuelas y las jugadas sucias ya han tomado ribetes de profesión, elevándose de esta manera, a categoría de arte.

Radicado en Panamá, esta tierra hermosa y acogedora, considerada una tacita de oro y que brinda a los extranjeros la oportunidad de crecer y desarrollarse; pudo sentir que estaba en el lugar apropiado para sus propósitos.

Estaba casado el señor Torres con una linda mujer de nombre Ruth, y dio paso su unión marital a tres traviesos y saludables críos.

Preparación académica sí le faltaba a Samuel, pero tenía aquello que era necesario para salir adelante: ambición desmedida y oportunismo.

Empezó a trabajar en una fábrica de ropa, la cual él se preciaba en decir que era propiedad familiar, lo cual era falso.

Y es que en la existencia del señor Torres, casi todo era falso, desde su honor, su actitud para mentir con propiedad y desenvolverse en la competitiva sociedad en que vivimos y, su don del verbo, conocido vulgarmente como verborrea.

Modulaba con maestría su ronca voz, poniéndola como de locutor acaparando la atención del público oidor.

Tuvo la gran suerte de ser designado alto ejecutivo en una empresa de capital panameño, radicada en uno de estos paisitos de Centroamérica, donde la situación económica provoca que las clases trabajadoras sean expoliadas.

Desde que llegó a la prenombrada empresa, hizo sentir su presencia interponiendo denuncias ante las autoridades competentes, en contra de otras personas por falsificaciones de documentos, que era él quien falsificaba.

Acto seguido, haciendo gala de su connotado arte histriónico, solicitaba a las autoridades el esclarecimiento de los hechos para deslindar responsabilidades y así castigar a los culpables, robusteciendo de esta forma su imagen de transparencia incorruptible.

Todo esto obedecía realmente a un plan solapado del señor Torres, con la intención de ganarse la confianza del dueño de la empresa, a tal punto que le permitiera manejar la compañía autónomamente.

Tenía el señor Torres el alma carcomida de complejos de inferioridad, que podría quizás especularse que se originaban en su falta de estudios o, su falta de plata o su enanismo espiritual; o las tres cosas juntas.

En los complejos con las conquistas amorosas, ahí si torcía la puerca el rabo, porque le emocionaba sobremanera que le vieran rodeado de lindas chicas para así sentirse el macho de la película, dando de esa forma la suspicaz impresión de que realmente no lo era.

Todas las situaciones que enfrentaba el señor Torres, eran analizadas desde la óptica del sexo: si una mujer lo rechazaba era porque, estaba enamorada de él y él, cual Adonis, no le paraba bolas.

Si un hombre le llevaba la contraria, era porque le envidiaba, ya que no levantaba hembras como lo hacía el propio.

Si una mujer lo acusaba de acoso sexual, era totalmente falso), ya que lo que pasaba era que esa mujer se le había ofrecido y el señor Torres no él ni caso que le hizo.

Habiéndose ya asentado en su puesto como máximo jefe de la empresa antes citada, se hizo de amantes que al parecer, veían solucionadas algunas situaciones de tipo económicas (llámese manutención), mediante la relación con el flamante gerente.

La más llamativa y estable de esas relaciones fue con una negrita de nombre Marta, la cual fue coronada en tiempos pasados con el título nacional de Miss Fisicultura y, cuyo única hazaña adicional, fue las demeritoria labor de haber alegrado las fiestas privadas de los personeros del capitalismo en su ciudad natal.

Convivían en la misma casa como marido y mujer.

Con su amante, Samuel se exhibía en todos lados, siempre y cuando no fuera una reunión con ejecutivos de la Casa Matriz, o reuniones importantes de negocios o de las anheladas buenas relaciones sociales (diplomáticos y demás).

No obstante, a su esposa le exigía una fidelidad fuera de toda lógica, toda vez que él cada día pasaba menos tiempo en tierra istmeña.

Pero fíjense que el señor Samuel de primera vista no caía mal, pues manejaba el arte del humor con una destreza que dejaría pálidos a los más renombrados comediantes.

Era experto rompiendo el hielo y teniendo salidas ingeniosas, que sin lugar a dudas, eran disciplinadamente ensayadas para obtener los resultados requeridos.

Cuando todas sus técnicas parecían fallarle ante una situación que amenazaba, como se dice en el argot popular, dejarle con los pantalones abajo; entonces utilizaba el truco de hacerse el indignado porque no se confiaba en su honorabilidad.

Y es que en su mundo de mentira, Samuel desbarataba a sus enemigos desprestigiándolos aunque realmente no hubiera ningún síntoma en la conducta de las víctimas que denotara que eran ciertas sus acusaciones. Porque con su manejo de la técnica del convencimiento, el señor Samuel tenía un doctorado en destrucción de reputaciones.

Primero atacaba al profesional, y si esto resultaba infructuoso, entonces arremetía contra el plano personal.

Además, el señor Torres no parecía tener ningún temor de que socavaran su prestigio, posiblemente porque no se puede acabar con lo que no existe.

Era, en lenguaje de pueblo, una prenda .

Siempre le preocupó al sujeto de marras, que le creyeran bien relacionado con personajes conocidos y célebres, por lo cual no perdía oportunidad de tomarse fotos al lado de ellos, aunque sólo fuera por casualidad, en cualquier tipo de reunión, llámese almuerzos o celebración.

Ah!, y también era de vital importancia que públicamente se manejara la información de que tenía un apostolado, por lo tanto, sacrificaba parte del tiempo de la empresa y de los recursos (en crisis)de la misma; para apoyar las actividades de orden benéfica. Total, de su bolsillo no salía nada que era prioridad básica en todo su ir y venir por el mundo.

Gustaba de ejercer presión sobre los más débiles con el factor económico, de tal forma que los hacía, aunque fuera coercitivamente, pasarse a su equipo.

Pero no olvidemos que todo esto nunca fue con su propio peculio.

Coleccionista compulsivo de chistes, en toda parte que visitaba trataba de aprender alguno, con el inconveniente, de que al coleccionarlos se le olvidaba dónde había dicho qué chiste a quiénes, cayendo en un desgaste por repetición de chistes a las mismas personas, quienes a veces se sonreían por simple educación.

Este estuche de monerías, siempre estaba al acecho de información porque, según su criterio, nunca se sabe si uno la va a necesitar en el futuro. Así que afinaba el oído cuanto podía, para tomar nota mental de todo dato que oyera en su entorno, para procesarlo en su maquiavélico banco de datos.

La causalidad

Una vez en un baño de damas de un connotado hotel, la casualidad citó a tres mujeres que parecían haber tenido algún tipo de relación con el tal Samuel.

La euforia en pañales de los dos primeros tragos, crearon la magia que permitió que estas féminas se comunicaran de manera excelente.

Una de ellas, la primera, había sido su amante.

Se explayó en detalles increíbles sobre el sujeto, dejando al final a su audiencia perpleja al expresar públicamente que era un pésimo amante, es decir, lo que en buen panameño se le llama un mal polvo.

Sin embargo, ella siempre recordó al señor Torres como un individuo que tenía urgencias notorias de encuentros sexuales. Lo malo era que aquellas urgencias, una vez llevadas a la práctica, eran fugaces.

Concluyó su relación aquella mujer con el sujeto descrito, cuando se enteró que él acostumbraba pasearse en su carro en las madrugadas frías de aquel país en el cual trabajaba, buscando putitas a las cuales pudiera usar de manera rápida, económica y sin complicaciones.

Lo mandó al cuerno, no sin antes haber pasado la vergüenza, de ir a su ginecólogo con alguna extraña enfermedad de transmisión sexual, seguramente como recuerdito del señor Urgido.

La otra mujer del tocador, estuvo viviendo en un apartamento que el señor Torres le alquiló, como si fuera propio (que no lo era, pues era propiedad de su concuñado).

Tuvo que mudarse con toda su familia, ya que las reparaciones no se hacían, sin embargo, se le exigía la renta cumplida al término de la distancia.

Aquel inmueble estaba, literalmente, cayéndose por la falta de mantenimiento.

Pero la mujer no se quedó con los brazos cruzados, y llevó el caso a las autoridades competentes, lo cual le valió que el señor S. le desprestigiara diciendo a los demás moradores del edificio, que el problema que ella tenía fuera que él no le había hecho caso a sus pretensiones sexuales.

Samuel, El Urgido, jamás supo que los matones que un día lo esperaron y tuvieron a punto de apambincharlo en la entrada de su casa, fue un envío del marido de la ofendida.

Los malandros no pudieron cumplir su cometido, ya que, de manera milagrosa, salvó la situación la ronda de la policía en radio patrulla, que por casualidad pasaba en ese momento e hizo que los malhechores prácticamente se evaporaran en el aire. Tal pareciera que alguien allá abajo lo quiere mucho.

La tercera mujer tenía un resentimiento muy grande contra el señor T. No estaba metida en la conversación, pero sigilosamente salió de uno de los baños individuales, y pidiendo disculpas por no haber podido evitar escuchar la conversación, quiso antes que nada confirmar si la charla giraba en torno del sujeto que ella conocía.

Una vez estuvo segura, procedió a dar el argumento aquel tan folclórico, de que este es un país muy chico y todo el mundo se conoce; y luego pasó a ser parte de la amena charla (porque no creo que nadie pueda negar que existe un placer inconfesable al jalarle la colcha al prójimo).

Explicó que el señor Torres, había embaucado a su esposo en un negocio que, según los planteamientos del señor Urgido, tenía grandes posibilidades.

La tercera mujer, les narró cómo su querido consorte, después de tratarlo durante reuniones de obras de caridad, depositó en las manos de aquel rufián los ahorros de toda su vida, para que, al rato, le saliera que la calle estaba dura y que el negocio fue de mal en peor. Y luego, como conclusión final, que en los negocios a veces se gana, y a veces se pierde.

Con algún resabio y algunas humedades oculares, que contagió a su selecto público, contó en detalle la triste historia de su esposo, quien a partir de aquel desafortunado suceso, cayó en una depresión espantosa, que hizo debilitar su corazón, el cual no había vuelto a ser el mismo.

No obstante, según contó, no se veía ningún pesar, por parte del señor T., quien aunque encontrara la calle dura, se daba lujos inexplicables.

Se extendió la conversa por más de una hora, y cada una de las participantes comunicó que tenía que retirarse, pero no antes de intercambiar direcciones y teléfonos para volver a encontrarse.

La Trama

Aquellas tres mujeres estaban sentadas en la cafetería. A pesar de sus tres tipos diferentes de belleza, eran atractivas. Sus edades promediaban entre treinta y cinco a cuarenta años.

Al llegar se saludaron como si fueran viejas amigas, y figuradamente cada una sacó un estuche especial que podría contener hasta diez dagas de diferentes tamaños.

Llegaron a intercambiar información detallada del asunto que les interesaba, mientras no perdían oportunidad de destazar al señor Urgido.

Concluyeron que con toda la morrina que el sujeto de marras iba esparciendo por el mundo, se hacía necesario darle un gran escarmiento.

Había que verlas, atractivas de por sí, tenían arreboladas las mejillas y un especial brillo en la mirada.

Perdóneme el lector, ya que no quiero, por nada del mundo, decir que la maldad embellece; pero estas tres mujeres realmente disfrutaban los detalles escabrosos de su plan.

Sus labios demarcaban un rictus placentero y las lánguidas prolongaciones de sus gestos mientras gestaban el plan, hacían recordar a Matahari.

Frente a un capuchino con equal, fumaron hasta la saciedad, en tanto que con lujos de detalles, tiraron la estratagema para castigar al señor Urgido.

Estuvieron de acuerdo en que tenían que conseguir alguien que se prestara para el papel, debería ser una mujer joven, cònsono con los intereses andropáusicos e ideal para el “delicado” paladar de la víctima.

La tercera mujer, dijo que tenía una amiga que, de repente, podría agradarle el papel, pero que tenía primero que hablar con ella.

Acordaron que sus respectivos compañeros, por nada del mundo, deberían enterarse de lo planeado y, que los gastos en que incurrieran y responsabilidades que surgieran del plan serían distribuidas por partes iguales entre las tres.

Aquello sería un secreto entre tres. Excepto, por las otras personas que formarían parte del plan, a las cuales tácticamente no se les daría mayor información, con tal de que se llevara a feliz término el proyecto.

El Inicio

Estaba sonando el teléfono persistentemente, hasta que un taconeo se fue haciendo más fuerte y una mano femenina levantó el auricular.

-¿Si?-. Sí, habla Yara-

La mujer miró a todos lados con mal disimulada inquietud, como cuando uno no quiere que le escuchen sus conversaciones telefónicas. No había nadie en la estancia.

Se arrellanó en el diván al mismo tiempo que cambiaba el teléfono de mano, mientras se metía los dedos de la mano derecha entre el cabello una y otra vez.

-Pero dime, ¿qué decidiste?-

Algo que le dijeron la hizo incorporarse de un salto, y casi gritó:

-Tú sabes, chica, que la plata es lo de menos. Conmigo tú estás segura.-

Se volvió a sentar lentamente, y se fijó por casualidad en ese momento, que había que cambiar la pintura de la salita de estar. Más reposada dijo:

-Mira, déjame ver qué hago. Yo te llamo.-

Marcó un número telefónico lo puso en espera y luego otro número más. Los puso en conferencia:

-Habla Yara. Mi amiga acepta, pero quiere un adelanto. Dice que los dos niños tienen que entrar a la escuela y ella necesita el dinero para comprar los útiles y pagar la primera mensualidad, ya que este año se la aumentaron.-

Dialogaron las tres por algunos minutos y llegaron a un consenso. Le darían la plata del adelanto, pero Yara se comprometía a que cumpliría lo pactado, ya que el vínculo de amistad era con ella.

Le entregarían el dinero al día siguiente.

Yara le entregó un cheque. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero en ese momento creyó que era una manera de comprobar en el futuro la entrega.

Lolitìn recibió el documento con una sonrisa de alivio y después de intercambiar algunas palabras insustanciales, se retiró. Yara pensó que se iba antes que le fueran a cerrar el banco.

La observó mientras se alejaba. Tenía esa belleza peculiar de las mujeres de veinticinco años aunque no los representaba: su cuerpo era atlético, su piel blanca y fresca y, en sus cabellos llevaba un tono rubio de botica que la favorecía.

No parecía ser la madre de dos niños. Era perfecta para el papel.

La conocía desde hacía, aproximadamente, cinco años, cuando aún estaba casada con el machista padre de sus hijos, el cual le hacía la vida imposible con los celos.

Yara se levantó y recogiendo bolso y llaves, se encaminó afuera de la cafetería, en tanto que pensaba que todo tenía que salir bien.

Cosme no se recuperaba todavía desde la estafa que le infiriera el señor Urgido. Incluso había cambiado sus hábitos y parte de su personalidad. Sinceramente se felicitó a sí misma, por haber superado juntos esa crisis. Realmente amaba a su esposo.

-Buen hombre, mi Cosme-murmuró.

El Informe

Yara y Lolitín se encontraron en un céntrico restaurante del cual partieron casi inmediatamente hacia un lugar más discreto.

No pudieron reunirse donde Yara porque Cosme, su esposo, estaba en casa. Para la ocasión tampoco era conveniente, ya que Lolitín iba a presentar informe de todo lo actuado con relación al señor Urgido.

Hacía un mes le habían entregado el adelanto y ahora, sencillamente, querían ver resultados.

Yara disfrutó tanto del relato, que se sintió mezquina de que sus dos cómplices no estuvieran presentes.

Ya Lolitín tenía al señor Urgido a sus pies.

Había seguido las instrucciones tan al pie de la letra, que los resultados eran asombrosos.

En el plan no estaba contemplado que ella cediera ni un ápice de su honra, muy por el contrario, como decimos en buen panameño, ese era precisamente el kit del asunto.

Y el señor Urgido estaba al borde la desesperación. No comprendía cómo aquella muchacha tan linda que una vez lo abordara en una exposición de pinturas, y que luego le aceptara invitaciones a almorzar y luego a cenar, lo rechazara aunque lo hiciera tan dulcemente.

Era más ilógico todavía para él, que hubieran bailado en un discreto bar de la localidad, aceptando, con una sonrisa coqueta, el arsenal de piropos elaborados que le disparara, y aún así, no se decidiera a acceder a sus pretensiones.

Es más, Lolitín estaba segura de que, a juzgar por el temblor de todo él, el pobre hombre estaba a punto de que le diera un faracho.

De veras que tenía un verbo florido, y pensó que de no estar ella en antecedente del sujeto, talvez le habría creído todo lo que decía.

Se sorprendió varias veces reestableciendo en cuestión de microsegundos, su mirada de tonta glamorosa, mientras escuchaba la palabrería del señor Urgido.

Era difícil oírle hablar y ver su comportamiento, sin compararlo mentalmente con el formato que su amiga Yara le había dado.

Encajaba perfectamente en el perfil que le describieron. En ocasiones, tuvo la sensación de saber lo que a continuación iba a decir y no se equivocó.

Y cuando esto ocurría, se le escurría involuntariamente por la pupila una mirada analítica fugaz, que ella desaparecía a voluntad.

La última vez que se citaron, él le llevó un obsequio: un perfume. La sorprendió, sobretodo conociendo sus referencias de recodo.

-Estás mordiendo el polvo-pensó Lolitín.

Ese día la llevó en el semidestartalado carro europeo a recorrer la ciudad, y cuando pasaba frente a algunos elegantes edificios de condominios, le señalaba que allí tengo un apartamento, y que allá tengo otro, etcétera, etcétera.

Sacaron cuenta de que el sujeto había regresado al país tres veces en menos de treinta días, lo cual era un excelente síntoma para el plan.

Yara sacó su chequera y le extendió otro cheque a Lolitín. El plan continuaba por quince días más.

Lolitín, antes de retirarse, admitió que jamás había disfrutado tanto un trabajo como éste, nunca hombre alguno se había arrodillado llorando para que ella lo aceptara. En lo personal, confesó que se sentía una diva de una obra teatral.

-No olvides que él no debe saber nada sobre ti, ni dirección, ni teléfonos, ni nada-

-Tranquila, sólo permito que me llame al celular que me facilitaste que dicho sea de paso, tengo que apagar porque no para de llamarme.- le contestó Lolitín mientras se retiraba y le guiñaba un ojo.

(Continúa)

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SAMUEL EL URGIDO (Cuento-continuación)

La Complicación

Había recién terminado Yara de resumir a sus cómplices, los detalles del informe de Lolitín y habiéndose ya deslindado la parte financiera de asunto; cuando tomó una llamada en su teléfono celular que escuchó atentamente.

Estaba tan concentrada escuchando por más de cinco minutos, que sus acompañantes guardaron un silencio expectante.

-Ha surgido un problema. Lolitín ha tenido la visita de un pretendiente de hace algunos meses. Es un oficial portorriqueño que tendrá que abandonar la base dentro de poco...

Las otras dos mujeres se arrebataron y repetían casi histéricas.

-¡No puede ser! ¿Y qué con lo acordado?-

-Momento, señoras- casi gritó Yara – Déjenme terminar, por favor-

Todas se miraron haciendo una pausa y tomaron aire al unísono, lo cual aprovechó Yara para continuar.

-Le está ofreciendo matrimonio para que viajen junto con los hijos de ella. No cree que con el ajetreo que implica todo esto, pueda completar el plan. Me está hablando de devolvernos el último pago, por no concluir el trabajo-.

-Pero es que el último pago no nos sirve de nada sin ella-dijo una.

-Cierto-afirmó la otra.

-Jóvenes señoras, serénense-dijo Yara con voz tranquilizadora-¿O es que han olvidado que existe un Plan B para casos de emergencia?-sonriendo con malicia.

La actitud de las cómplices cambio como por arte de magia y aquellas sonrisas parecían una porra.

El Final

El señor Urgido estaba tomándose un capuchino, sentado en una mesa que tenía perspectiva hacia la puerta del restaurante.

Vestía un atuendo casual, de esos que usan los jóvenes:

Pantalón de pliegues de color marrón, camisa de diseños llamativos con manga tres cuartos abierta en el pecho hasta el tercer botón, correa del mismo color que los zapatos mocasines escrupulosamente limpios.

Estaba más emperfumado que nunca y su actitud era de mucha impaciencia.

Las cómplices de Yara habían llegado oportunamente y se colocaron en una mesa que no estaba cerca del señor Urgido, pero que tampoco estaba tan lejos. La distancia era suficiente para darse cuenta que miró el reloj unas veinte veces y observaba con ansiedad el abrir y cerrar de las puertas del establecimiento.

Tal parecía que en su delirio, no había reparado en ellas.

Se secaba el sudor con las servilletas que estaban en la mesa a tal punto que las agotó. Y cuando se le acercó el personal del restaurante para atenderlo, por si deseaba ordenar algo más, casi le gruñó al empleado.

Llegó Yara y desde la entrada buscó con la vista a sus cómplices.

Al ubicarlas, entró con toda parsimonia y se dirigió a su mesa, colocando el bolso en una de las sillas vacías. Ni siquiera se sentó.

Su rostro reflejaba una serenidad terrible. Llegó a pensar que talvez así se sentían antaño los verdugos, cuando iban a su trabajo.

Mientras, el señor Urgido no perdía oportunidad de sudar, de mirar el reloj pulsera y de mirar hacia la puerta de entrada reiteradamente.

Caminó hacia la mesa del señor Urgido y pudo observar, por su actitud, que estaba más urgido que nunca.

Pasaron por su mente tantas cosas. Recordó a Cosme en la intimidad de la alcoba matrimonial, cuando a altas horas de la noche lloraba como un niño, culpándose de haber tirado el futuro de la familia al basurero.

Y ella, tratando de reconfortarlo diciendo cosas que en realidad no sentía, como que ella hubiera hecho lo mismo que él en situación parecida.

Recordó que su esposo rebajó cerca de cuarenta libras de peso, y su espalda fue perdiendo su acostumbrada rectitud. Por otro lado, su cabello se le comenzó a caer desmesuradamente.

Los acreedores estaban a la orden del día y ya no había excusas que darles.

Se paró frente al señor Urgido, el cual la miró hacia arriba desde su asiento con sorpresa.

Tomó asiento, sin que la invitaran, en el filo de la silla que encontró más cerca.

Algo pasó en ese momento por la mente del señor U., ya que sus ojos describieron un gesto de qué es lo que es.

-Esas maletas que cargas en tu carro son innecesarias Samuel Torres-dijo Yara con una sonrisa de oreja a oreja.

Levantó las cejas mientras observaba el temblor que se apoderó de su interlocutor, especialmente en los labios, cachetes y papadas.

Los ojos claros se llenaron de una sustancia acuosa que no parecía lágrimas, ya que se veía más densa de lo normal.

La mirada del señor U era la de quien no admite entender lo obvio, y continuaba con la actitud de qué pasa aquí.

Cada vez que éste hacía el intento de decir algo, Yara lo interrumpía.

-Lolitín no va a venir. En estos momentos ella se está casando con su novio y dentro de poco ya no estará en el país-.

-No sólo es que no le interesas, si no porque esto ha sido una farsa pagada-.

-Creo que hoy has aprendido algo muy valioso, Samuel Torres: todos podemos mentir, todos podemos engañar; pero nadie tiene licencia para hacérselo a todo el mundo todo el tiempo. ¿Quieres un consejo sano? Vuelve con tu familia.-

A esta altura, el señor Urgido estaba echado hacia atrás como cuando uno asume la actitud de que sea lo que Dios quiera y, su respiración era larga, profunda y pausada. Su pecho estaba bañado en sudor y los brazos estaban desmayados a los lados de su cuerpo.

Yara se levantó y fue a la mesa de sus cómplices, quienes a propósito, observaban con atención la escena, y le hicieron un saludo con la mano al señor Urgido, cuando siguió con la vista la retirada de su inesperada interlocutora.

Desde allí pudieron ver que el señor Urgido, sacaba torpemente un billete y lo dejaba sobre la mesa, para salir dando tumbos mientras balanceaba la cabeza lentamente diciendo no.

En tanto se agachaba una y otra vez tratando de recoger las llaves que se le caían, tratando de recoger el dinero sencillo que se le caía, tratando de recoger los sueños que se le desbarrancaron hacia el abismo kármico.

Fin

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

 
 
 

SOLILOQUIO DE MUJER (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

En la soledad de aquella casa decorada con adornos jubilados, frente a una taza de té de tilo con romero, Antonia transitó el tiempo de su juventud lejana y se ubicó un lunes sentada en el desayunador, a las siete de la mañana.

Entonces, Antonia saboreaba el café con leche y se preguntaba si debería salir allá, a la calle, con la mentalidad de los triunfadores: esos que van pasando por encima de los obstáculos que encuentren, sea el que sea, sea quien sea, con el propósito de conseguir sus trazados objetivos.

O, conservar los principios de la crianza, aquellos que dictan que no debemos dañar a los demás y que el fin jamás justificará los medios.

Conflicto interno, entre si entregar La Carta a García, cumplir con las metas y quedar bien con terceros, o seguir siendo humana, íntegra y consciente.

-No cuesta nada salir a la calle con el propósito de conseguir algo y no para hasta lograrlo, utilizando la buena fe de gente que cree en ti- pensó.

Evaluó que llegar a la cima tiene méritos, ya que subir implica esfuerzos y bajar solamente es asunto de la fuerza de gravedad.

También le dieron vueltas en su cabeza, algunos casos conocidos de quienes triunfan sin honor y con triquiñuelas. ¿Acaso no se pondrían a pensar que en cualquier momento la gravedad haría de las suyas?

Todo en la vida le costó trabajo arduo. Miró atrás, cuando otrora, llevaba con desconsuelo el nuevo original de la tesis de grado, donde la asesora le había rayado con su puño y letra hasta la saciedad, cambiándole los cambios, que la misma profesora le había hecho varias anteriormente.

Sabía que, dentro de aquel juego y rejuego de sustituciones de adjetivos, sinónimos y e hipérbaton, al final el documento se escribiría tal cual se esbozó en su primer borrador corregido. Era por eso que con celo guardaba en su cajón de documentos importantes, aquel preciado documento, que le daría la razón en su debido momento, como en efecto se la dio.

Estaba segura de que, si le confiaba a Pablo sus cuitas, éste le diría que esas eran cuecadas, como suelen pensar los hombres, so pretexto de no tener escrúpulos.

Pablo era su mejor amigo, pero tenía un defecto: era hombre. Y cuando ella le confiaba sus preocupaciones, él le preguntaba que por qué las mujeres se complican tanto la vida con pendejadas.

Tenía a veces que carajearlo, como bien diría su padre, para que tomara con seriedad las cosas que le contaba.

Todo el mundo decía que Pablo estaba secretamente enamorado de ella, pero consideraba esa aseveración injusta. En los quince años de amistad que los unían, jamás hubo una mirada, un gesto o una palabra que pudiera comprobar ese rumor descabellado. Además, Pablo tenía una vida sexual muy activa, porque era muy suertudo con las mujeres (a pesar de que era más bien feo).

Era el amigo y confidente de muchas mujeres, y ella siempre se preguntó si era ese el método que lo llevaba de la mano con la diosa de la fortuna en asuntos de faldas.

Luego lo descartaba con algún remordimiento, por haber pensado mal del carnal.

Al final, ese era su problema. Pablo sentía además, un odio irracional por los homosexuales. Creía Antonia, que era porque aquello del machismo.

Personalmente, le agradaban los maricas declarados. Por un lado, Antonia les admiraba la valentía de mostrarse al mundo tal como son, cosa muy importante según ella, porque era bueno y saludable saber con quién uno está tratando.

Y adicionalmente, coincidía con ellos en que no hay en el mundo nada más rico que un hombre.

Con relación a las lesbianas, no tenía mayor resabio.

-Es que son zoquetas- pensaba.

Y luego se decía:

-Cada quien a lo suyo- empero, siempre les agradeció muy íntimamente, que incidieran positivamente sobre la oferta de hombres.

Retomó su mente el tema de la actitud en la vida, y se animó pensando que no tenía que hacer trampas para triunfar, para eso tenía un bien dotado cerebro enclavado allí, en la bóveda craneana; y no era como Mara, a la cual Pablo describía como la que siempre tiene la neurona de vacaciones.

Mara, sin embargo tenía un fino olfato para los hombres, y su propia vida mostraba que así era. Después de mucha manipulación, logró casarse con el esposo de su mejor amiga, un acaudalado empresario.

Al fin y al cabo, recordó Antonia, que de niña le escuchaba decir a los mayores, que la zorra es astuta sin tener coeficiente intelectual.

En una ocasión trató de actual como Mara, con resultados desastrosos. Se vio de repente en la ostentosa suite de un renombrado hotel con un hombre que, hasta ese momento le resultaba conocido.

Cuando vio a aquel individuo despojado de toda indumentaria, pudo descubrir de un tajazo que, frente a las grandes capacidades de otros, no nos queda otra cosa que aceptar nuestras limitaciones.

Mara le había instruido que, en casos de emergencia, uno pone pies en polvorosa, aduciendo cualquier cosa como que salió de la casa y ahora recordó que dejó la estufa encendida y el arroz secándose.

Sin embargo, estimó que no era cónsona esa excusa en su situación, porque prendida estaba la cosa allí y seco era como se había quedado su líbido en cuestión de microsegundos.

Como un relámpago y ayudada por la adrenalina, se vistió, sin tener tiempo de cruzar palabra con el perplejo sujeto, y antes de lo previsto estaba en el lobby caminando hacia la calle, como quien corre por su vida.

Se prometió no incursionar en aquellas sórdidas prácticas, ya que no la había asistido la consabida suerte de principiante.

Antonia se echó hacia atrás en la silla y sonrió. E inmediatamente se quedó seria.

Atrás quedaron los aciagos días en que lloraba sin parar recordando la violación de que fue víctima por aquellos canallas desconocidos. Después de los hechos, con toda la intención del caso, llegó a la casa muy tarde en la madrugada, para que nadie la viera en tan lamentables condiciones y a esa hora se baño hasta tiritar de frío.

Al día siguiente, fue a ver a un médico amigo de la familia y le contó todo. Se hizo los análisis clínicos y afortunadamente no hubo consecuencias que lamentar y de lo otro tampoco.

No quiso denunciar a nadie, porque estaba convencida que la mujer violada es víctima de la sociedad, la cual pone a la víctima como culpable del hecho.

Al superar lentamente aquel embate del destino, su carácter se volvió recio y aparentemente, se convirtió en una mujer de temple de acero.

En contraste, seguía favoreciendo a los débiles, cada que vez que tenía la oportunidad.

En los últimos días había caminado, como diría el abuelo, la ceca, la meca y la tortoleca , y regresaba llena de frustración a casa, por no haber podido cerrar ningún contrato.

La negociación siempre iba viento en popa, hasta el preciso momento que ella tenía que mentirle al cliente. Allí suspiraba y le decía la verdad. Obviamente, los resultados negativos no se hacían esperar.

Una vez acompañó a su socio como observadora de una negociación, regresó con el Jesús en la boca. ¡Qué manera de mentir!

Aprendió que los momentos de crisis tienen su parte didáctica, pues te enseñan quiénes son tus verdaderos amigos.

Ahora que necesitaba sus contactos, parecía que a nadie le interesaba sabe que ella existía. Quien le atendía al teléfono, era para darle excusas por no poder ayudarla.

Cuando este tipo de cosas pasaba, se sumía en la meditación de ser y no ser. Imaginaba un nuevo universo y los cambios que haría al actual.

Se le ponían los pelos de punta, cuando se sorprendía en diálogo imaginario con el autor del cosmos.

-Habiendo enviado a su Unigénito Hijo a sufrir en el palo de la cruz, habiendo dado las reglas del juego y aún después de dos mil años, tener que convivir con grandes capitales y grandes miserias. Damas que amasan fortunas en la mañana con la explotación de los humildes, y en la tarde, asisten al té canasta de beneficencia. Políticos que le prometen en la campaña al olvidado y luego, le cumplen al de al lado.

En resumen, nada parecía haber cambiado con aquel martirologio.

Los mismos gobiernos parecían imbuídos dándole el espaldarazo al capital, mientra perdían de vista la función social del estado.

Lo primero que haría, para corregir la creación, sería dar y quitar el libre albedrío a hombres y mujeres, según lo acertado de su utilización.

Y esto era inapelable. Consideraba que no podemos darle a alguien algo que no sabe utilizar y que, en gran medida, esta condición en el pasado había degenerado en injusticias y corrupción.

Desde el primer momento, las mujeres tendrían un papel beligerante en la sociedad, junto a los hombres.

-Las mujeres somos más humanas. Además, cuando algo se nos mete entre ceja y ceja, no descansamos hasta comprobarlo-.

Creía que este cambio sería favorable para la humildad, porque la mayoría de los poderes económicos y políticos del mundo, son manejados por hombres despiadados y corruptos, los cuales casi siempre toman decisiones injustas, por no tener la curiosidad de averiguar que subyace tras de las apariencias. Aquí jugaría un papel importante la desprestigiada intuición femenina.

Establecería un tribunal de honor, donde cíclicamente todo individuo tendría que rendir cuentas de su actuación.

-¿Quiénes hace los cambios?-se preguntaba Antonia-¿Cómo lucha uno contra una sociedad machista, en la cual hasta las mismas mujeres le dan la razón a los hombres aunque ellos no la tengan?- y lo asociaba con una anécdota de sus días de soltería, en que casi todos los hombres que se le acercaban, lo hacían para sacar provecho material al establecer una relación de pareja con ella. En otras palabras, la querían chulear.

Le gustaba gastarse el dinero dándose calidad de vida. Talvez era esto lo que hacía pensar al género masculino que era una mujer acaudalada. Los otros, en la primera cita casi exigían el paquete completo: mesa, rumba y cama.

Pero volviendo a los cambios radicales, decidió que los adolescentes y niños prodigio, serían tomados en cuenta para las grandes decisiones, especialmente las que tocaban sus derechos e intereses.

Aboliría prácticas absurdas, como la mutilación del clítoris en las mujeres africanas, porque todo ser humano tiene derecho a su sexualidad.

Los grandes consorcios deberán dar parte de sus millonarias ganancias al desarrollo de la humanidad, especialmente de los sectores más necesitados.

Y esto no sería como limosna, pues se trataría de dar apoyo a lo nutricional, lo educativo, lo cultural y los aspectos de salud.

En todos los hogares se fundamentaría la familia en una junta directiva, donde todos tendrían voz y voto al momento de discutir y decidir lo mejor para esa institución.

Todos los miembros tendrían que colaborar con el orden, aseo y organización del hogar, ganándose de esa forma los derechos correspondientes.

Habría también incentivos, para los rendimientos académicos sobresalientes, ya que esto haría sentir a los afortunados, que en la vida, las cosas se ganan con esfuerzo.

Establecería como reglamento indiscutible que no se puede contemplar la infidelidad de la mujer como una lacra, desestimando el hecho de que el hombre también deber ser fiel.

La mujer capacitada será igualmente remunerada que el hombre y tomada en serio por todo el mundo.

La jornada de trabajo sería rebajada a menos horas, tal vez a seis, pero con fuertes incentivos a la producción.

Siguió pensando y anotando mentalmente el perfecto orden que quería instaurar.

Tal fue su esfuerzo, que se sintió extenuada después de haber bebido su café, y se dispuso a continuar siendo una vendedora luchadora y tenaz, pero sin medias verdades.

-Eso de ser Dios es muy complicado- musitó.

Regresó al presente y sonrió contemplando la estancia solitaria, y se alisó la canosa cabellera de sus cincuenta y tres primaveras otoñales.

Poniéndose de pie miró de reojo el espejo del pasillo y se dijo:

-Han pasado tantas libras desde entonces, y la mayoría se quedaron, amiga-.

-Carajo, siempre se me enfría el té- reclamó en voz alta, aunque no sabía a quién, mientras observaba la fotografía de su difunto esposo cuando sus treinta y tantos años y gran porte, lo convertían en una atracción para la población femenina.

Se alejó por el pasillo, aún sonriendo y enfundada en el capengue que acostumbraba llevar puesto todas las mañanas de Dios.

Concluía ahora que, con los bríos propios de las épocas de vigorosa juventud y toda aquella cabeza idealista, tenía que confesarse que le había faltado pujanza y entereza para cambiar el mundo.

Y no era cosa de que lo iría a lograr, era cuestión de tratar de hacerlo. Total, la intención es lo que cuenta y alguna huella dejaron los que lucharon por cambiar la historia.

No se perdonó haberse quedado con la duda, porque estaba segura que algo pudo lograr, porque la elemental aritmética refleja que las mujeres somos mayoría.

FIN.

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