LA MISIÓN (Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino
El magnetismo de los chorritos de la fuente, le acaparaban la mirada.
Vanessa tenía los ojos pegados de las gotas que se sucedían armónicamente hacia arriba y hacia abajo.
No fue consciente del tiempo que estuvo así, tan solo mirando el agua, casi catatónica.
Suspiró y su cuerpo se movió armónicamente con la paz y el gozo que experimentaba.
Botó por la boca todo el aire que tenían en sus pulmones mientras se decía que el día estaba precioso.
De pronto, una pequeña nube se posó en su pupila y, acto seguido, sintió a su lado la presencia:
-¡Qué te sucede?-
-¡Por qué preguntas cosas que sabes?-con tono suave.
-Estás triste. Muy bien, explícame de viva voz, quiero escucharlo-.
Tragó saliva y, resignada a explayarse, hizo un alto mientras ordenaba sus pensamientos.
-Hace mucho tiempo me traíste de mi casa y de los míos. Sé que suena como si fuera una desagradecida, como si no te quisiera, pero siento a tu lado que no soy útil para nada-
-¡No eres feliz a mi lado?-
-Sabes que sí. Hubo momentos en que deseé apresurar nuestro encuentro...-
-Pero eso era malo. Todo tiene su tiempo-la interrumpió.
-Sí. Era todo tan intrincado. No pertenecía a ese lugar. Encontrarme contigo es lo mejor que me ha sucedido, sin embargo, deseo saber qué sucedió después de mi partida... quiero verlos a ellos. Los amo también. Ninguno ha venido. No he sabido nada de ellos, salvo al principio, cuando mi partida los entristeció-.
Vanessa fue tomada de la mano por su interlocutor y llevada por el interminable pasillo hasta una habitación que tenía en una de sus paredes un espejo rectangular de dimensiones poco comunes.
Al situarse en frente del mismo, se convirtió en una pantalla sobre la cual se comenzó a proyectar una cinta. En ella vio la casa en que se crió desde niña. Observó el jardín en todo su esplendor con las chabelitas y peregrinas floridas, y más allá los rabos de gallo en cuyas hojas centelleaba la luz del sol. Se abrió la puerta y apareció su abuela regadera en mano.
Vanessa no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
-Quiero ir, quiero ir- repitió como enajenada.
-No se puede. Es la regla, no se puede regresar, por lo menos antes de lo previsto.
-Debe haber alguna forma que no rompa la armonía, tú debes saberla. Tú lo sabes todo!-
-Sólo si tuvieras que ir a concluir algo o si se te encomendara alguna misión-
-Dame una misión, quiero una misión. Dame cualquier misión-
-Siempre fuiste quien querías ser. No hubo acaso sueños que no cumpliste por cobardía, pereza, falta de tiempo o disposición?-
-¡A qué vienen tantas preguntas que no ignoras?-
Su interlocutor suspiró resignado ante sus palabras. Luego movió la cabeza lentamente como diciendo que no, mientras tal vez pensaba qué difícil es ser Dios y tratar de conversar normalmente con alguien que sabe que lo eres.
-Escúchame, Vanessa. Para mí no hay nada imposible, pero hasta para Dios hay cosas difíciles. Difíciles por determinación, por justicia. Yo mando, Yo cree todo. Yo establecí las reglas. Yo diseñé el plan maestro universal. Yo les dí a mis hijos, los hombres y mujeres, el libre albedrío-.
-De vez en cuando meto mi mano para cambiar lo planeado, pero los cambios de planes traen consecuencias lógicas. Yo soy lógico.
Los principios de justicia se basan en razonamientos de la lógica. No le negarás la limosna a un mendigo y luego derrocharás con un rico. No obstante, los hombres son tan ilógicos. Creí haberlos creado a mi imagen y semejanza, pero quedan muy pocos así-.
Cuesta ser quien más manda. El equilibrio universal sólo debe ser transgredido en casos excepcionales. A veces me pregunto si realmente todo lo hice bien. Todo está concebido en el plan, mas todo no debe ser hecho por la mano de Dios.
Decía aquello y parecía como si mencionara a otra persona que no fuera a sí mismo.
-Parte del arte de la creación-siguió hablando- es que los detalles creativos surjan de la creación misma. Así, se crea el concepto en la mente de los humanos, pero ellos llevarán a cabo el cómo. Hombres como Newton, Arquímedes y otros no menos célebres, aunque no tan conocidos, dieron paso a la subsiguiente etapa creadora-.
Vanessa sólo escuchaba.
-Los hombres, las mujeres, sus sueños, sus luchas...el más erudito, el más ecuánime se deja transportar por una buena pieza de música o se sumerge en la contemplación de una hermosa pintura o un atardecer-.
-Quien no disfrute los regalos de la vida –continuó- pasará por ella inventariando los conceptos concretos sin acumular los gozos-.
-¡Qué dulce es ver a quien se acuerda de mí todo el tiempo!-añadió mientras fijaba la mirada en Vanessa-Tu abuelita, por ejemplo, cada vez que ve abrir una hermosa flor o algo le resulta bien exclama ¡ Bendito sea Dios ! y desde acá yo le contesto : -Gracias, hija mía-.
- Me incentiva gente así, pero me deprime ver cómo los seres humanos se olvidan de sus hermanos. Si sucede de esa manera con quienes están físicamente a su lado, qué se esperará con respecto a mí, que no me ven ni me tocan?
Bajó la mirada lentamente y habló en tono bajo.
-Yo también necesito amor, talvez más que cualquiera. En medio de mi grandeza, me he encontrado solo. Me consuelo escuchando los coros de los ángeles, me ocupo revisando las cuentas de mis hijos. Pero nadie más necesitado de afecto que yo-.
-Les ha entregado todo, hasta les envié el Cordero. Pero no entienden. Claro, hay sus excepciones, que son eso: excepciones. Me gustaría que fuera la regla general. Sin embargo, yo amo a mis hijos. Quien no quiere a un hijo, no puede querer a nadie-
Vanessa ya había perdido la esperanza, cuando súbitamente Él alzó el tono.
-Para ir en misión no podrás ir como tú. Y no le vas a poder decir a nadie quién eres en realidad. Podrás relacionarte con tu antigua familia, pero cumplirás con lo encomendado al pie de la letra-.
-¿Qué es?-exclamó la muchacha.
-Lo sabrás a su debido tiempo. Me encanta que mis hijos quieran ser útiles.-
-Padre, siempre he tenido una duda... si tú quieres tanto a tus hijos, cómo dejaste que Jesús se sacrificara de esa forma? Él también era hijo tuyo. Cuando estuvo en Getsemaní lloró mucho, tenía miedo de lo que le iba a pasar... Era divino, pero también era humano. Lo que le hicimos no tuvo nombre!
-Él no era hijo mío. Era mi representación. Hasta cierto punto era yo mismo. Tuvo miedo, sí. Por eso le envié el Espíritu Santo.-
-No entiendo mucho qué es el Espíritu Santo-dijo Vanessa quedito.
-Es toda la energía que fluye de mí, la que les da entereza y valor-.
-Y si fluye de ti, como es que se supone que baja cuando uno reza-.
-¿Olvidas acaso que yo estoy en todas partes? Esa energía siempre está allí. Sólo se hace más patente. Y talvez no cuando rezan, es más posible que se fortalezca cuando oran-
-¿Y no es igual?-
-Bajo ningún concepto. Siempre he creído que rezar es como recitar y no conozco a nadie que pueda conversar mientras recita, por lo menos coherentemente.-
-Y tú no puedes hacerlo?-
-Claro que podría, pero no veo nada útil en ello. Pero mira, nos estamos apartando del tema-
Vanessa miraba confundida, cuando escuchaba las respuestas a sus inquietudes. Era como si la cabeza le diera vueltas y vueltas.
-Tienes razón en lo que piensas-le dijo su interlocutor. Es muy profundo para que tú lo entiendas. Tampoco pretendo que me entiendas. Me basta la pureza de tus sentimientos.-
-Creo que es hora de retirarte-agregó. Mañana va a ser muy atareado para ti.
Y lo fue. Estuvo a lo largo del día sentada escuchando una serie de recomendaciones y sugerencias para su próxima misión.
Le fue dado todo el informe de cuánto habían cambiado las cosas, de cómo cuidarse de las malas influencias, la forma de cuidar las apariencias para parecer mortal, y sobretodo la expresa e invariable instrucción de no ingerir alimento alguno, dónde pasar la noche, etc., etc., etc... Todo excepto cuál era el propósito específico de su excursión.
Ya le estaba a punto de molestarle la frase trillada de que lo sabrás a su debido tiempo.
El viaje fue rápido, mejor dicho no hubo casi viaje. En un abrir y cerrar de ojos se encontró en frente de la casa de su familia, impecablemente acicalada con un portafolio de ventas en las manos.
Iba a disponerse a subir las gradas del jardín para tocar el timbre, cuando su abuelita se asomó por una de las ventanas de la cocina que daba a la calle.
La sonrisa que esbozó le salió del alma y sintió retozar el corazón cuando la anciana le devolvió otra igual.
Hizo un gesto de que quería hablar con ella y en instantes, estuvo frente a frente con su supuesta cliente. Ni siquiera sabía qué iba a ofrecer para vender, pero aquello no fue necesario. Sólo tuvo que tocar el tema de las plantas y las flores, y surgió una comunicación tan fluída, que hubo de suspenderse después de horas e incontables tazas de tilo y galleticas hechas en casa, las cuales se ingenió para hacer parecer que consumía.
Mientras hablaban observó a aquella mujer que tenía la cabeza blanca en canas, pero aún poseía la dignidad de una postura erecta. Lucía los eternos aretes de medias perlas ya amarillentas, pero no por eso menos hermosas. Sus manos sonrosadas en las palmas y en la parte exterior, una piel blanca con tinte de bronceado, aquel que Vanessa sabía que era fruto del ejercicio de la jardinería. Esas manos llenas de líneas honorables que llegaron temprano a razón del trabajo y la templanza, y que lucían aún en el anular izquierdo el solitario de casamiento. Había transcurrido tanto tiempo.. .
Observó que en la casa sólo estaba la abuela, aunque era obvio que vivían otras personas.
Ya se retiraba, cuando su abuela le preguntó que qué vendía, y ella le contestó que no importaba que sería en la próxima visita.
La acompañó hasta la puerta y le pidió que regresara pronto.
***
Acostumbró a retirarse antes de las seis de la tarde.
Se acurrucaba por las noches en un rinconcito que quedaba detrás del altar principal y que era utilizado para guardar los enseres propios de la brega eclesial. Dentro del armario, podía observar casullas, sotanas, estolas y otros, que eran usados por sacerdotes y monaguillos para presentarse a la eucaristía.
Era un lugar tibio y cómodo, el cual ella abandonaba con los primeros arrullos que le hacían los palominos a sus crías, en el techo de la iglesia. El sol matinal se filtraba por los vitrales envolviendo todo el interior de la nave en una claridad tibia y diáfana.
En esos momentos Vanessa se arrodillaba para ofrecer sus primeras oraciones del día.
Esperanzada en que ahora sí iba a ver a todos los demás familiares, salió tarareando una canción de esas que le enseñan a uno de niños.
Cruzó el parque y enfiló a pie por las aceras rumbo a la casa de sus padres.
De repente se desplomò el cielo en goterones sobre la gente, sin embargo no dejaron de pasar las personas, corrìan guarecièndose, pero seguìan pasando.
Se paró en medio de la calle, mientras el cielo terminaba de caerse, y fue extendiendo los brazos, mientras levantaba la cara para sentir el líquido caer en su piel. Veía las goteras de lluvia salpicándole las mejillas y las pequeñas esferas celestes aferrándose al cerco de sus pestañas. Musitó -Aguacero, bendición del cielo-.
Una señora que, paragua en mano, pasó a su lado arrugó la cara y dijo:
-Ya puedo morir tranquila, ya lo he visto todo-y continuó su marcha.
¡Hacía tanto que no experimentaba la sensación de bañarse con la lluvia! Entre las indicaciones, eso no se lo habían prohibido.
Regresó al día siguiente a conversar con su abuela. Se miró en una fotografía que tenían enmarcada en la pared y atrevióse a preguntar de quién se trataba.
Aquella anciana suspiró y luego le dijo que era alguien muy querido y muy añorado, sin ahondar en detalles.
Supo que el abuelo se fue con otra mujer más joven, después de muchas inexplicables sesiones de gimnasio, jogging y reuniones con los amigos .
La abuela posó su cansada mirada sobre la foto de su nieta preferida, y dijo con vehemencia y resignación:
-Ya nada es como antes y yo... voy a ver qué hago con tanto honor-.
-A veces los seres queridos están más cerca de lo que imaginamos-le inquirió Vanessa. Inmediatamente, sintió la plena convicción de que no era ella la que había dicho aquella frase.
-Qué va! Ese se fue con todo un plan premeditado de escape. En cuanto a mi nieta, creo que sí, creo que en algunas ocasiones la siento en esta estancia, pero después pienso: Bah! Son caprichos de vieja sola, de símbolos creados por mi corazón para matar la soledad, antes de que ella me mate a mí.-
Vanessa se estremecía toda. Ya sabía cuál era su misión. La abuela iba a acompañarla a su regreso al seno del Señor.
Se imaginó el dolor y el desconsuelo de su madre y del resto de la familia.
-Afortunadamente, en buena hora llegaste a tocar la puerta de esta casa. Quiero que sepas que me había sentido muy melancólica antes de conocerte. Qué raro, no? Que una desconocida te entregue tanto cariño...-
Vanessa no hablaba. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. No entendía el predicamento en el que había sido puesta. Su espíritu adolorido talvez no quería recordar cuando exigió:
-Ninguno de ellos han venido. Dame una misión, quiero una misión. Dame cualquier misión.-
FIN
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- Publicado: Dom 25 Ene, 2009 1:14 am GMT
- En: CULTURA
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A Rolando A. Pérez Palomino







