LA VIDA CON VINCENT - SAN FRANCISCO DE ASÍS
LA VIDA CON VINCENT
Por Mallela V. Pérez Palomino
-Dejen al animal en paz-gritó la mujer enfurecida.
Los mozalbetes soltaron al felino y pusieron pies en polvorosa. La mujer corría a rescatar al gato cachorro antes que se cayera de la alta rama del árbol donde sus victimarios lo habían colocado.
La gata recién parida no quiso saber más de él cuando lo olfateó y sintió un humor extraño en la cría. Fue recogido en casa de su defensora cuando aún éste no abría los ojos. Le compraron un biberón especial para alimentarlo.
En las noches llenaban una botella de vidrio con agua caliente y luego de forrarla con trapo limpio, se ponían en la cajeta que hacía de cama y así el cachorrito dormía tibiecito toda la noche.
María, dueña de dos gatos, uno de ellos siamés y el otro, un espectacular ejemplar tinaquero, se ponía seria cuando sus amigas movían la cabeza negativamente al ver la nueva adquisición.
Su afición a los felinos era tal que alimentaba a los gatos callejeros y éstos la reconocían sólo escuchando sus pasos. No obstante, este sentimiento de María no tenía eco en su pareja. Él no soportaba a los gatos.
-Dos-le dijo-son más que suficientes.
Con el paso del tiempo el gatito fue a parar a casa de Marta, hermana de María. Era un gato huesudo, enfermizo e inquieto, el cual necesitaba urgentemente visitar al veterinario. Y así fue. La doctora lo examinó, vacunó y prescribió los medicamentos y vitaminas.
De un gatito callejero enfermo comenzó a salir, como la mariposa del capullo, un ejemplar hermoso, saludable y fornido. Todo el que llegaba a casa se sentía atraído por Vincent, el cual tenía la manía de quedarse estático durante horas, y luego se movía asustando a las despistadas damas que lo confundían con un adorno de cerámica.
Su nombre no fue escogido, como pensaban las amigas de Marta, del pintor preferido de su dueña, Van Gogh. Más bien, fue tomado de la serie televisiva “La Bella y La Bestia”, por el parecido que todo el mundo en casa le veía con el personaje en cuestión.
La mascota poseía el pelaje blanquísimo que sólo era interrumpido por unas simétricas manchas atigradas encima de los ojos y en la totalidad de la cola. Sus mohines, clásicos de los mininos, cautivaban a quien se pusiera por delante, especialmente si se trataba de una dama.
En su período de niñez, se divertía subiéndose a las cornisas de madera haciendo equilibrios durante ratos. O correteando por todos los rincones del apartamento, mientras daba chillidos de gozo. Cuando brincaba desde los altos muebles hasta el piso, su cola se esponjaba y se iba a refugiar en algún escondite secreto, por si acaso alguien se le ocurría llamarle la atención.
No todo era juego para Vincent, ya que la vez que su dueña enfermó con una rara molestia que la aisló por más de quince días en su recámara, arañó la puerta de la alcoba hasta que alguien se la abrió. Después de ello, nadie lo pudo separar de los pieceros del lecho.
Los sobrinos que visitaban a la enferma, se divertían observándolo cuando se ponía en la pose clásica de La Esfinge, el conocido monumento egipcio. Esto lo hacía por horas.
Por supuesto que Vincent no le hacía menor caso a sus risotadas.
Todo no fue felicidad para este animal, ya que una vez se escabulló al abrir la puerta, y se fue a buscar aventuras. Durante todo un día su dueña lloró buscándolo por doquier y preguntando a los vecinos. A altas horas de la tarde, uno de ellos lo encontró asustado, maullando lastimeramente dentro de una alcantarilla, de donde no se salía por temor a los carros que pasaban a velocidad.
A pesar de su manifiesta falta de espíritu aventurero, Vincent, en tres ocasiones alertó a su dueña que alguien estaba tratando de meterse en casa en horas de la madrugada, lo cual facilitó el llamado y posterior llegada de la ronda policíaca.
Cuando la hija de Marta se embarazó, por recomendación médica se debió trasladar al felino a otro lugar. Por una donación fija mensual, lograron que lo aceptaran en cierto albergue que se decía amigo de los animales.
Del hermoso gato que era Vincent, con sus modismos aristocráticos y sus juegos arrebatados, no quedaba nada al cabo de tres meses. Era un montón de pellejo, casi sin pelos, con una infección severa en los ojos y la piel. El animal triste y melancólico se negaba a comer y a socializar con sus congéneres.
La encargada del albergue que, en primera instancia y por supuestos motivos de ambientación, no permitía la visita de su dueña, comenzó a insistir que fueran a ver al gato. Vincent había entrado en una etapa crítica de depresión nerviosa, en otras palabras, no quería vivir.
Todas las personas que lo habían conocido preguntaban por él al llegar a casa de Marta y no verlo. Su carisma lo había hecho todo un personaje.
La administradora del albergue insistía en sus llamados. Preguntaba que cuándo se iban a llevar al gato. Marta decidió, basada en tanta obstinación, que recogería a Vincent y lo retornaría a casa.
Para ello, tuvo que hacer una inversión financiera para dotarlo de una casita en el balcón, con una litera, platos de comida y bebedero. Vincent regresó a su hogar cuando ya no parecía un gato. Parecía un fantasma o un gato surrealista, todo menos lo que fue.
De urgencia el veterinario lo examinó y determinó que las llagas eran provocadas por el exceso del uso de cloro en la limpieza del lugar donde estaba. Así mismo, tuvo que ponerle una dextrosa debido a su alto grado de deshidratación y fuertes antibióticos para controlar la infección.
Al principio de su recuperación, Vincent no ejecutaba ningún movimiento. Se quedaba como catatónico mirando a la nada. Todo el que lo conoció en sus buenos tiempos, ahora lo miraba con pena.
A los pocos días de su regreso al hogar, los medios de comunicación dieron a conocer a la ciudadanía una nefasta e increíble noticia: el albergue amigo de los animales, había sacrificado a todos los gatos inyectándolos y aprovechando los días libres de Semana Santa, para deshacerse de todos los cuerpos envolviéndolos en bolsas negras de polietileno.
La justicia no llenó en este caso las expectativas de la ciudadanía, ya que muchos propietarios de gatos dejados en custodia durante los días santos, ahora lamentaban la pérdida de sus mascotas sin saber cómo decirles la mala nueva a sus hijos, y para colmo nadie se hizo responsable, Se sobreseyó a la encargada del hogar de mascotas, devolviéndole la institución como si nada.
En cuanto a Vincent, más hermoso que nunca, sigue siendo juguetón y preserva su “actitud de abolengo”. Lo que no soporta es que por ningún motivo lo saquen de su casa.
SAN FRANCISCO DE ASÍS
“Señor, hazme instrumento de tu paz”
San Francisco nació en Asís en 1182, hijo de un próspero comerciante. A partir de los veinticuatro años tomó el camino de la santidad, la cual inició reparando la iglesia de San Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles.
Su padre trató de humillarlo públicamente para que desistiera de sus propósitos y él se quitó las ropas y se las entregó en señal de que nada material le interesaba.
Predicador ambulante, peregrinó a Tierra Santa y a Santiago de Compostela. Imitó la vida de Jesús, viviendo su pobreza, emulando sus pasos y su doctrina.
Tuvo gran amor a la Virgen, amor que extendió a todos los seres humanos, especialmente a los desprotegidos y enfermos. Ese sentimiento lo amplió a los animales, a los cuales hablaba con cariño; incluso al lobo de Gubbio, llamándoles hermanos. Se le conoce como el Patrono de los Lobatos. Podría también considerarse Patrono de los ecologistas, por su amor a la naturaleza.
Consumado poeta y escritor de cánticos.
San Francisco sufrió los estigmas.
Él y sus discípulos hacían votos de pobreza, entre ellos su gran amiga Santa Clara, con la cual creó la orden de Las Clarisas.
Se le considera fundador de la Orden de los Franciscanos, a los que llamó con humildad Frailes (Hermanos) Menores.
La base de la vocación de San Francisco se fundamenta en la humildad, la moral, la hospitalidad, el desprendimiento y la contemplación de la naturaleza; ésta última como una forma de realimentar el espíritu para continuar con más bríos en el ministerio de las almas.
Algunos estudiosos consideran que la tendencia del fundador de esta orden subordinaba la oración litúrgica al ministerio apostólico, a pesar de no oponerse a la jerarquía. Esto le da un ribete apologético a la corriente franciscana con relación a la pobreza, talvez interpretada así por el boato que exhiben los altos jerarcas de la Iglesia.
Murió a los cuarenta y cuatro años el 4 de octubre de 1226. Fue canonizado dos años después.
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- Publicado: Sab 27 Sep, 2008 8:57 pm GMT
- En: CRÓNICAS
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