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ARTÍCULOS QUE ILUSTRAN TEMAS DE ACTUALIDAD

Septiembre, 2008

 

LA VIDA CON VINCENT - SAN FRANCISCO DE ASÍS

LA VIDA CON VINCENT

Por Mallela V. Pérez Palomino

-Dejen al animal en paz-gritó la mujer enfurecida.

Los mozalbetes soltaron al felino y pusieron pies en polvorosa. La mujer corría a rescatar al gato cachorro antes que se cayera de la alta rama del árbol donde sus victimarios lo habían colocado.

La gata recién parida no quiso saber más de él cuando lo olfateó y sintió un humor extraño en la cría. Fue recogido en casa de su defensora cuando aún éste no abría los ojos. Le compraron un biberón especial para alimentarlo.

En las noches llenaban una botella de vidrio con agua caliente y luego de forrarla con trapo limpio, se ponían en la cajeta que hacía de cama y así el cachorrito dormía tibiecito toda la noche.

María, dueña de dos gatos, uno de ellos siamés y el otro, un espectacular ejemplar tinaquero, se ponía seria cuando sus amigas movían la cabeza negativamente al ver la nueva adquisición.

Su afición a los felinos era tal que alimentaba a los gatos callejeros y éstos la reconocían sólo escuchando sus pasos. No obstante, este sentimiento de María no tenía eco en su pareja. Él no soportaba a los gatos.

-Dos-le dijo-son más que suficientes.

Con el paso del tiempo el gatito fue a parar a casa de Marta, hermana de María. Era un gato huesudo, enfermizo e inquieto, el cual necesitaba urgentemente visitar al veterinario. Y así fue. La doctora lo examinó, vacunó y prescribió los medicamentos y vitaminas.

De un gatito callejero enfermo comenzó a salir, como la mariposa del capullo, un ejemplar hermoso, saludable y fornido. Todo el que llegaba a casa se sentía atraído por Vincent, el cual tenía la manía de quedarse estático durante horas, y luego se movía asustando a las despistadas damas que lo confundían con un adorno de cerámica.

Su nombre no fue escogido, como pensaban las amigas de Marta, del pintor preferido de su dueña, Van Gogh. Más bien, fue tomado de la serie televisiva “La Bella y La Bestia”, por el parecido que todo el mundo en casa le veía con el personaje en cuestión.

La mascota poseía el pelaje blanquísimo que sólo era interrumpido por unas simétricas manchas atigradas encima de los ojos y en la totalidad de la cola. Sus mohines, clásicos de los mininos, cautivaban a quien se pusiera por delante, especialmente si se trataba de una dama.

En su período de niñez, se divertía subiéndose a las cornisas de madera haciendo equilibrios durante ratos. O correteando por todos los rincones del apartamento, mientras daba chillidos de gozo. Cuando brincaba desde los altos muebles hasta el piso, su cola se esponjaba y se iba a refugiar en algún escondite secreto, por si acaso alguien se le ocurría llamarle la atención.

No todo era juego para Vincent, ya que la vez que su dueña enfermó con una rara molestia que la aisló por más de quince días en su recámara, arañó la puerta de la alcoba hasta que alguien se la abrió. Después de ello, nadie lo pudo separar de los pieceros del lecho.

Los sobrinos que visitaban a la enferma, se divertían observándolo cuando se ponía en la pose clásica de La Esfinge, el conocido monumento egipcio. Esto lo hacía por horas.

Por supuesto que Vincent no le hacía menor caso a sus risotadas.

Todo no fue felicidad para este animal, ya que una vez se escabulló al abrir la puerta, y se fue a buscar aventuras. Durante todo un día su dueña lloró buscándolo por doquier y preguntando a los vecinos. A altas horas de la tarde, uno de ellos lo encontró asustado, maullando lastimeramente dentro de una alcantarilla, de donde no se salía por temor a los carros que pasaban a velocidad.

A pesar de su manifiesta falta de espíritu aventurero, Vincent, en tres ocasiones alertó a su dueña que alguien estaba tratando de meterse en casa en horas de la madrugada, lo cual facilitó el llamado y posterior llegada de la ronda policíaca.

Cuando la hija de Marta se embarazó, por recomendación médica se debió trasladar al felino a otro lugar. Por una donación fija mensual, lograron que lo aceptaran en cierto albergue que se decía amigo de los animales.

Del hermoso gato que era Vincent, con sus modismos aristocráticos y sus juegos arrebatados, no quedaba nada al cabo de tres meses. Era un montón de pellejo, casi sin pelos, con una infección severa en los ojos y la piel. El animal triste y melancólico se negaba a comer y a socializar con sus congéneres.

La encargada del albergue que, en primera instancia y por supuestos motivos de ambientación, no permitía la visita de su dueña, comenzó a insistir que fueran a ver al gato. Vincent había entrado en una etapa crítica de depresión nerviosa, en otras palabras, no quería vivir.

Todas las personas que lo habían conocido preguntaban por él al llegar a casa de Marta y no verlo. Su carisma lo había hecho todo un personaje.

La administradora del albergue insistía en sus llamados. Preguntaba que cuándo se iban a llevar al gato. Marta decidió, basada en tanta obstinación, que recogería a Vincent y lo retornaría a casa.

Para ello, tuvo que hacer una inversión financiera para dotarlo de una casita en el balcón, con una litera, platos de comida y bebedero. Vincent regresó a su hogar cuando ya no parecía un gato. Parecía un fantasma o un gato surrealista, todo menos lo que fue.

De urgencia el veterinario lo examinó y determinó que las llagas eran provocadas por el exceso del uso de cloro en la limpieza del lugar donde estaba. Así mismo, tuvo que ponerle una dextrosa debido a su alto grado de deshidratación y fuertes antibióticos para controlar la infección.

Al principio de su recuperación, Vincent no ejecutaba ningún movimiento. Se quedaba como catatónico mirando a la nada. Todo el que lo conoció en sus buenos tiempos, ahora lo miraba con pena.

A los pocos días de su regreso al hogar, los medios de comunicación dieron a conocer a la ciudadanía una nefasta e increíble noticia: el albergue amigo de los animales, había sacrificado a todos los gatos inyectándolos y aprovechando los días libres de Semana Santa, para deshacerse de todos los cuerpos envolviéndolos en bolsas negras de polietileno.

La justicia no llenó en este caso las expectativas de la ciudadanía, ya que muchos propietarios de gatos dejados en custodia durante los días santos, ahora lamentaban la pérdida de sus mascotas sin saber cómo decirles la mala nueva a sus hijos, y para colmo nadie se hizo responsable, Se sobreseyó a la encargada del hogar de mascotas, devolviéndole la institución como si nada.

En cuanto a Vincent, más hermoso que nunca, sigue siendo juguetón y preserva su “actitud de abolengo”. Lo que no soporta es que por ningún motivo lo saquen de su casa.

SAN FRANCISCO DE ASÍS

“Señor, hazme instrumento de tu paz”

San Francisco nació en Asís en 1182, hijo de un próspero comerciante. A partir de los veinticuatro años tomó el camino de la santidad, la cual inició reparando la iglesia de San Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles.

Su padre trató de humillarlo públicamente para que desistiera de sus propósitos y él se quitó las ropas y se las entregó en señal de que nada material le interesaba.

Predicador ambulante, peregrinó a Tierra Santa y a Santiago de Compostela. Imitó la vida de Jesús, viviendo su pobreza, emulando sus pasos y su doctrina.

Tuvo gran amor a la Virgen, amor que extendió a todos los seres humanos, especialmente a los desprotegidos y enfermos. Ese sentimiento lo amplió a los animales, a los cuales hablaba con cariño; incluso al lobo de Gubbio, llamándoles hermanos. Se le conoce como el Patrono de los Lobatos. Podría también considerarse Patrono de los ecologistas, por su amor a la naturaleza.

Consumado poeta y escritor de cánticos.

San Francisco sufrió los estigmas.

Él y sus discípulos hacían votos de pobreza, entre ellos su gran amiga Santa Clara, con la cual creó la orden de Las Clarisas.

Se le considera fundador de la Orden de los Franciscanos, a los que llamó con humildad Frailes (Hermanos) Menores.

La base de la vocación de San Francisco se fundamenta en la humildad, la moral, la hospitalidad, el desprendimiento y la contemplación de la naturaleza; ésta última como una forma de realimentar el espíritu para continuar con más bríos en el ministerio de las almas.

Algunos estudiosos consideran que la tendencia del fundador de esta orden subordinaba la oración litúrgica al ministerio apostólico, a pesar de no oponerse a la jerarquía. Esto le da un ribete apologético a la corriente franciscana con relación a la pobreza, talvez interpretada así por el boato que exhiben los altos jerarcas de la Iglesia.

Murió a los cuarenta y cuatro años el 4 de octubre de 1226. Fue canonizado dos años después.

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

 
 
 

CAMBIO DE ACTITUD

(Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino

Hay días en que sentimos que, simplemente, tenemos que apagar la computadora, cerrar los libros y salir a caminar. El pensamiento, en ocasiones, se abotaga y pugna por conseguir un relax.

Así le ocurrió aquella vez a Antonia. Con prisa, se puso un pantalón corto, una sudadera, zapatillas y en un santiamén llegó a aquel lugar hermoso, lleno de árboles y veredas con el conveniente estacionamiento al lado.

Cambiar de actividad le repetía, como un mantra, el terapista. De modo que se prometió, al apearse del auto, que iba a hacerle caso.

Una caminata a media tarde, si no le hacía bien, tampoco le haría mal.

Sus pasos empezaron lentos en la vereda, solitaria a esa hora, mientras la brisa de la tarde amortiguaba el quemante sol en su piel. Y pensó que, aquello de la capa de ozono era fatídico, pues de un tiempo para acá no soportaba exponerse al sol.

Y es que se le antojaba fuerte, muy fuerte. O quizás es que se estaba poniendo vieja. De todos modos agradeció a la brisa que le hiciera la segunda.

Alguien dijo alguna vez que eso de pretender tener comunicación con las cosas es cuestión de la vejez. Pero era una convencida que agradecer todo lo bueno y positivo con lo que se puede contar día a día, es tomar la vida con filosofía. Después de todo qué con la vejez si, te preocupe o no, es inevitable.

Comenzaba a sentir fatiga, cuando el canto de los pájaros distrajo su atención y recordó al abuelo, cuando se paraba en la orilla del portal haciendo como que se agarraba el ala del sombrero pintao que llevaba puesto, y mirando al cielo decía con seguridad: -Esta noche va a llover. Sí, señor-. Total, ahora ya no se sabe con eso de El Niño y La Niña-comentó para sí misma Antonia.

El bochorno parecía mantener todo en letargo, todo excepto la brisa veraniega y era urgente remojarse los labios.

Detrás de los lentes oscuros, se desplazó con pereza buscando un kiosco donde pudiera sentarse a gusto y, a la sombra, quitarse la sed.

No bien se arrimó al pequeño negocio, la atendió una chica de sonrisa perfecta, quien le recitó de memoria la lista de jugos naturales. El lugar estaba casi solitario.

Antonia le pidió uno de naranja con zanahoria, y después de pagarle se sentó a disfrutarlo; no sin antes observar dentro del establecimiento a un mozalbete que, con sonrisa repelente, virtualmente le quitaba la ropa con los ojos a la muchacha.

Mientras saboreaba el jugo, escuchó a sus espaldas algunos murmullos que no lograba descifrar.

De repente, la joven mujer dijo en voz alta que no fuera atrevido. El insistía, y ahora con cinismo y sin cuidarse de que lo escucharan.

Le faltó el respeto repetidas veces, diciéndole que se agachara, para verle dibujado el panti en el trasero, a través de la minifalda.

Ella lo instaba a trabajar, porque en cualquier momento llegaría el dueño, y no lo había visto hacer nada desde la mañana, por estar molestándola.

Antonia siguió bebiendo su jugo, como si nada sucediera a sus espaldas, tratando de no voltear hacia allá, aunque de por sí le era casi imposible resistirse a tal tentación.

Las cosas fueron subiendo de tono, ya que el muchacho comenzó a hacerle insinuaciones sexuales cada vez más ofensivas.

-¿O es que no te gustan los hombres?-.

Fue suficiente. La mujer se salió de sus casillas. Lo tomó por el cuello de la camisa con violencia y prácticamente los arrastró fuera del mostrador.

Estaba enfurecida. Lo tumbó en el suelo, entre las mesas vacías, dejándole en posición supina. Acto seguido, aprovechando la sorpresa del hombre, se agachó y le desgarró la camisa por los ojales, bajándole en cuestión de segundos la cremallera del pantalón.

Se colocó como a caballo sobre él, después de arremangarse la minifalda. Todo esto sucedió en segundos y al pobre hombre se le iban a salir los ojos.

Era una escena tan grotesca como increíble.

La muchacha le metía las manos tirando de la pretina del pantalón hacia abajo, como intentando bajárselo con todo y calzoncillo.

-¡Qué te pasa, te volviste loca?-

-¡Vamos!, ¿qué pasa, macho?-

El trataba de incorporarse, pero el peso de la muchacha no lo dejaba y ella histriónicamente, le besaba el pecho con voracidad mientras sus rodillas se enrojecían al contacto con el piso de cemento.

Antonia, la única testigo cercana no dijo ni esta boca es mía.

A no menos de trescientos metros, tres o cuatro personas más que trataban de adivinar, bajo el radiante sol, qué sucedía entre las mesas.

Antonia pasó de la sorpresa a la incredulidad y luego de ahí a la sonrisa mal disimulada.

La chica se levantó lentamente aún a horcajadas, mirando directamente a los ojos, a aquel ejemplar masculino que seguía maltrecho en el suelo.

No le quitó ni un instante la mirada; interpretó Antonia que sus ojos mostraban desprecio matizado con la satisfacción de haberlo humillado.

La joven se bajó con un gesto muy femenino la minifalda (lo poco de ésta que se podía bajar), arreglándose, con presteza la indumentaria y el cabello. Quedó de pie sobre sus sandalias rojas.

Vestía humilde, pero nítida.

Jaló un pie y lo puso junto al otro, dejando libre al derribado. Luego dio media vuelta metiéndose tras el mostrador con actitud eficiencia, mientras murmuraba algo sobre la viagra que Antonia no llegó a entender.

En tanto el derribado se incorporaba, sin dejar de lanzarle a la testigo intermitentes miradas con algo que ésta catalogó como vergüenza, mientras que ella se las respondía tras las gafas con una actitud de c’est la vie .

Se levantó del asiento, colocó el vaso desechable vacío en el basurero y caminó hacia el auto muerta de la risa.

Mientras se acercaba al vehículo repasó mentalmente el incidente y comenzó reírse, que no podía parar.

La respiración se le cortaba y sentía rodar por sus mejillas lágrimas, hecho que le provocaba más risa. Se recostó al guardafango del auto, sintiendo que le dolía la mandíbula inferior y el área cerca de las orejas.

Trataba de buscar apoyo, ya que su cuerpo estaba laxo y se secaba el llanto con el revés de la manga de la sudadera.

No le importó que las personas que pasaran la tildaran de loca por estarse riendo sola, al contrario, si la miraban con extrañeza o serios, esto le provocaba más estallidos de risa.

-De vez en cuando es bueno cambiar de actividad, pero a veces, es mucho más importante en la vida, cambiar de actitud-pensó, ya más calmada, cuando echó a andar su auto.

Fin

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente.(N. de la A.).


 
 
 

EL SAMBAPALO

(Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino

Mi vocación de periodista figuradamente brincó en un solo pie, cuando mi interlocutor por fin decidió revelarme lo que se le pasaba por la mente en momentos que aparentaba estar abstraído.

Todo empezó con el comentario que aquella mañana me hizo mi mamá de lo que rumoraban las vecinas. Según ellas, “esas amistades mías tenían fama de depravadas”. Al principio me dio coraje y remaldije la decrepitud decadente. Me incorporé despreciando el desayuno servido con amor maternal y caminé la Central rumiando mi disgusto, hasta que llegué a mi oficina.

La sonrisa del cholito de la agencia de seguridad contestando mi gruñido de los buenos días, me hizo recobrar el buen humor.

Con sumo cuidado destornillé cada uno de los detalles de aquel armazón y los coloqué mentalmente, en diferentes posiciones para luego, sin mayor esfuerzo de memoria, iniciar mi análisis. En la siguiente reunión dí rienda suelta a mi paranoia.

Luz parecía andar con Mario, pero realmente se entendía con Juan Antonio, el cual estaba casado con Carolina. Ésta última, como siempre parecía estar en la luna, ni siquiera aparentaba enterarse de las miradas de fuego que derrochaba en ella Ramiro, quien era el mejor amigo de su esposo. (Todo el mundo consensuó que más bien, este hombre era ramero).

Por su lado, Mario fue sorprendido por mi mirada indiscreta, en movimientos extraños con Esteban, que parecía pretender a Gloria. -¡No...!- concluí luego casi en voz alta –soy un mal pensado.

A Gloria se le salía la baba por Carlos, el cual ni se enteraba (otro que andaba en la luna) y mientras tanto, aprovechaba el tiempo flirteando con Jaime.

Y yo que no andaba ni pretendía dar la imagen de andar con nadie, me la pasaba todo el tiempo para arriba y para abajo con mi amiga del alma, la malhablada de Damaris y su hermana Angela, que tenía mal puesto el nombre porque sólo pensaba en hacer diabluras.

Y así, Plinio, Nancy, Angie, Manuel y compañía limitada, que siempre hacían de las suyas, aunque lo disimularan.

¡Pero qué angustia la mía cada vez que me encontraba a solas con Gloria! Se me encogía la boca del estómago. Me volvía torpe y dejaba que me dominara el rostro aquella sonrisa tonta que portan los que no encuentran tema de conversación.

En ocasiones tenía que retirarme presto de su presencia con la consabida mano dentro del bolsillo derecho del pantalón, para aparentar normalidad. Siempre fue así, incluso desde la escuela, nunca lo pude evitar.

Despúes llegó el gran vals, como lo denominé personalmente. Estaban la pista llena de parejas bailando un bolero de Cheo Feliciano en el cumpleaños de uno de nosotros, que no me acuerdo quién era. El aire se llenó con un carnaval de miradas sobre los hombros de la pareja hacia la ajena.

¡Increíble cómo provocábamos las vueltas dentro de la danza para poder mirar a quién deseábamos ver!

Más increíble fue aquel griterío que surgió por encima de los decibeles musicales, y que provenía del baño, y la corredera que se formó cuando Gloria, la anfitriona, sorprendió a Mario con Esteban en pleno trance amoroso.

El gran vals fue el último y desde entonces no nos hemos vuelto a reunir. Sospecho que estamos avergonzados todos, no sólo por Mario y Esteban, si no por todo lo que cada uno sabía respecto a sí mismo.

FIN

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  • Publicado: Vie 12 Sep, 2008 11:19 pm GMT
  • En: CULTURA
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