Espíritu de lucha
Por: Mallela V. Pérez Palomino
Aunque la envidia está conceptuada como un pecado capital, yo envidio la indiferencia incomparable que hacen gala algunos médicos y paramédicos de las instituciones públicas de salud, (Caja de Seguro Social, por ejemplo), ante los pacientes hospitalizados que les requieren. Estoy clara que no es envidiable lo negativo, sólo que me mueve el hecho de que, ante ciertas situaciones, muchos se vuelven un manojo de nervios y los mina la incapacidad de aplicar correctivos.
Sin embargo, no es raro ver aquellos ángeles blancos inmutables frente a situaciones que cualquier mortal, por lógica, sabe que no son estados normales. Esa inmutabilidad raya en el poco importa. Hay realidades en las cuales no se necesita ser facultativo para intuir el malestar del enfermo. Por supuesto que existen las excepciones, pero son eso: excepciones.
Un comunicador amigo me comenta que muchos colegas no toman esto como tema a desarrollar por miedo de caer luego en manos de las huestes angélicas . Como dice el popular adagio, “la necesidad no dice adiós, sino hasta luego” y “uno nunca sabe”.
Pero yo insisto. Basta que usted tenga hospitalizado un ser querido, para que salte a la vista y al entendimiento esa actitud displicente del galeno que no levanta la vista de los papeles, mientras el familiar preocupado le pregunta por la salud de su pariente. Es cuando nos embarga la desazón al convencernos que el sistema de salud en un país tan pequeño como el nuestro, está deshumanizado.
Pareciera, hasta cierto punto, que esa abulia sea un mecanismo de defensa para que no afectarse emocionalmente, pues necesitarán, en el desempeño de sus labores, ver muchas situaciones desgarradoras. No obstante, creo que lo importante es hacer la labor encomendada: hacerla excelentemente y con mística.
Ese mismo personal indiferente, en una instalación privada de salud, asume de manera automática otra actitud servicial y eficiente, como cuando un actor teatral cambia bruscamente de personaje o cambia de obra.
Pero el tema principal de este escrito no es la indolencia médica o paramédica, y que quede claro que no siento temor a enfrentar en un futuro los amenazadores aleteos angélicos alrededor de mi lecho.
En reciente intervención quirúrgica de nuestra progenitora, conozco a Anita. No recuerdo su apellido, pero es ese tipo de persona que te marcan y demoran en perderse entre los vericuetos de la imperfecta memoria.
Anita, intervenida en una pierna y además, con padecimiento de cirrosis hepática, pródiga en sonrisas y saludos. Le calculo unos sesenta años, a pesar de su rostro con expresión de niña.
Le narra Anita a mi hija su vida en la que el trabajo incesante y los cuidados a la familia se constituyen en su principal interés. Dejando de lado la preocupación por la propia salud, ni siquiera su alimentación ya que se salta comidas y cuando come, ingiere alimentos de mala calidad, apurada, de pie; para seguir atendiendo sus deberes laborales y familiares.
Anita no tiene hijas, sólo tres hijos, sin acceso a cuidarla, por ser una sala de mujeres. No obstante, a uno de ellos lo sacan del recinto y él se vuelve a meter.
-¡Hola, Anita! ¿Cómo está?-la saludo.
-Bien, gracias y usted-.
Anita se deshace en frases de agradecimiento cuando el personal de la institución de salud le prodiga algún cuidado: la inyecta, le toma la temperatura, la canaliza, etc.
No conozco a nadie tan aferrado a la vida, aún después de complicarse sus dolencias; momento en que algún desalmado profesional pretendió darle salida.
Voy a visitarla y ella me mira desde su cama pletórica de tubos y aparatos, esa mirada desesperada entrecortada por el ritmo alterado de la respiración. No necesito preguntarle cómo está y sé que tampoco me puede contestar.
Al día siguiente veo con sobresalto que la cama de Anita está ocupada por otra paciente y corro donde la auxiliar a averiguar:
-Ana ¿qué?-me pregunta con indiferencia.
-No recuerdo su apellido, pero estaba en esa cama-y le señalo con la mano.
En tono inapropiado y casi festivo, me comunica que Anita ya no está. Sólo acato a indagar la fecha del desenlace.
El mismo día que la veo tras el arsenal médico-tecnológico, se abaten sus fuerzas y el espíritu es arrancado de su depreciado templo material, elevándose a otro estado de conciencia junto a los verdaderos ángeles.
Mi hermana rompe a llorar cuando le comunico la mala nueva y tal cual, como si me leyera el pensamiento, me dice:
-Parece mentira, alguien con tantas ganas de vivir-.
Anita es esa clase de personas que son ejemplos de gallardía y coraje, ya que en el peor de los momentos siguen dando la batalla.
La muerte no puede eclipsar aquel espíritu de lucha, y quizás se sienta burlada como icono destructivo que es, pues el espíritu es inmortal y sólo le pertenece a Dios.
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- Publicado: Dom 27 Jul, 2008 8:12 pm GMT
- En: DERECHOS HUMANOS
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