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NENA (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

NENA

Acababa de llegar a Ciénegalarga. La señora Matilde de Espino, quien fuera el primer contacto que tuvo Jorge Sánchez con la gente del pueblo, entre una cosa y otra, le habló sobre la mujer que pasaba caminando por la calle contigua. Pensó el maestro que sería porque en un pueblo no hay mucho de qué hablar.

La señora Matilde le fue recomendada en la Dirección Provincial de Educación, para solucionar lo de la vivienda. Jorge consiguió en arriendo una casa espaciosa y barata, y se estableció dispuesto a ganarle la batalla a las vicisitudes de la vida.

La situación se había puesto muy dura, y no había podido conseguir trabajo. El dinero que le pagaban por las clases privadas que dictaba, no le alcanzaba para sostener el escuálido presupuesto familiar.

Las cosas estaban tan críticas en aquellos días, que Jorge estuvo a punto de dar la razón a sus suegros, cuando decían que su hija Elena no tendría futuro junto a él.

Una vez escuchó desde la sala, a su madre política, mientras picaba guisos, cómo le recriminaba a Elena su modesta situación económica y ésta sólo le alcanzaba a decir que saldrían adelante.

-Sueños de apio, hija mía-contestó la mujer, sin importarle que su yerno la estuviera escuchando.

Tenía interminables noches de pensadera, de esas experimentadas por quienes hemos pasado tiempos difíciles.

Perdió su empleo en un colegio hebreo, en el cual no le pagaban mucho, pero siempre había para resolver las situaciones más apremiantes. Con el pretexto de la recesión creada por el triunfo del No en el referéndum, (cosa que Jorge sabía que era falsa), los dueños de la escuela le notificaron que sólo trabajaría con ellos hasta ese año lectivo. Sus Navidades ese año fueron extremadamente austeras y ni hablar del período de vacaciones.

Cuando divisó su nombre en la lista que publicó en el periódico el Ministerio de Educación, pegó un brinco y se fue casi corriendo a contarle a su familia. Arribó entonces al hogar con la noticia y, en menos que se persigna un ñato, quedaron envueltos en el julepe de la mudanza al interior.

Elena, su esposa, corría de aquí para allá, consiguiendo cajetas en el comercio, ordenando lo que se iban a llevar y regalando lo que consideraba innecesario.

Los padres de Jorge habían emigrado a la ciudad hacía mucho tiempo, cuando las cosas se pusieron duras en interior con lo de la sequía. No obstante, Jorge se había criado, prácticamente, toda su vida en la ciudad capital y no se acordaba cómo era la cosa por allá.

Eso sí, el ambiente campirano lo llenaba de nostalgias y no sabía por qué.

Se imaginó que le esperaba una vida aburrida, ya que tenía entendido, por comentarios de personas que conocía, que en el interior después de las seis de la tarde no hay más nada que hacer, salvo hablar de la vida ajena y dormir. Ahora que, por el hecho de que todo el mundo tenía televisión, de repente uno podía mantenerse informado y hasta entretenido, pensó.

Su esposa era de la capital y se le pasó por la cabeza que ni ella ni los niños tenían idea de cómo era la vida en una población rural.

***

La primera vez que Jorge vio a Nena, supo por qué era la comidilla entre las mujeres del pueblo vecino y, a la vez, el sueño de todos los hombres del lugar (como le dijera la señora Matilde).

Nena era un mito para muchas personas, especialmente para los varones. Se especulaba mucho sobre su edad, pero parecía que nadie había llevado bien la cuenta, porque ninguno estaba seguro de cuántos años tenía realmente. Algunos decían que podía tener cuarenta años, pero igualmente no estaban seguros.

Lo que sí tenía Nena, era una presencia magnética y unos ojos azules aprisionados en una tupida cerca de pestañas negras que, cuando se dignaban mirar a algún cristiano, lo ponían a soñar. Eso fue lo que pudo comprobar el joven maestro, cuando tuvo la ventura de verle.

No se le conocía hombre y tampoco gustos extraños en materia del amor. Había escuchado Jorge que, estuvo Nena mucho tiempo fuera del pueblo, y se rumoraba que anduvo por las Europas . Total, ella nunca negó o aseveró ningún rumor, porque igual nadie se atrevía a preguntárselo.

Cuando Nena pasaba lo único que se le escuchaba decir era buenos días y buenas tardes. Decían que nunca salía de noche. A la tienda se presentaba a comprar lo necesario y, tal pareciera que, a menudo escogía la hora en la cual no hubiese ningún cristiano interesado en comprar.

Las contadas veces que entró a la tienda de Chayo a hacer sus compras, y había otros clientes por ahí, se hacía un silencio expectante, lo cual Nena aprovechaba para comprar de antes que los demás. Fue así como Jorge la vio por primera vez. Las miradas curiosas de la gente pueblerina al observar el nuevo maestro, sufrieron un paro, al presentarse Nena en la abarrotería.

Jorge la miró como se mira en las ciudades: con esos ojos del que está acostumbrado a ver de todo, no obstante, no pudo pasar por alto el porte distinguido, la piel blanca y tersa, y los ojos…

-¡Dios mío, qué ojos!-pensó el maestro.

Nadie se dio cuenta de lo perturbado que estaba, porque todos contemplaban a Nena.

La casa que habitaba Nena era grande y se localizaba en la carretera que comunicaba a los poblados vecinos. Estaba pintada de blanco con verde turquesa y para llegar a ella, era necesario franquear la muralla de veraneras, rabos de gallos y bellísimas.

Fue propiedad del abuelo de Nena, un español al cual todo el mundo le decía Pepe y que tenía por apellido Palomino. Vino a hacerse rico construyendo barcos en el puerto de Guararé. A pesar de haber hecho un buen capital, parecía que no le interesaba darlo a entender con su modus vivendi. Se casó con una paisana y luego enviudó, quedándole un hijo llamado Manolo, el cual sólo tenía para entonces diez años.

Como el peninsular nunca se volvió a casar, prácticamente le dedicó su vida al heredero. Le puso una chaperona, que lo atendía con los mejores cuidados, incluso en las noches, en las que el viudo se dedicaba a entibiar con su compañía a alguna dama solitaria.

Manolo creció, estudió en la capital y al volver, se encargó de los negocios del padre, los cuales ya no eran de construcción de barcos, precisamente. Conoció y contrajo nupcias con una bella muchacha de un pueblo vecino, igualmente descendiente de españoles. Mientras tanto, la fortuna de los Palomino seguía creciendo.

Manolo y su esposa se quedaron a vivir con Pepe, y le colmaron la vida de alegría al viejo, al darle una hermosa nieta al cabo de un año de casados. Esa era Nena.

Jimena Palomino Barahona vino al mundo una noche de junio, en que todos los habitantes del pueblo se acurrucaban en sus lechos, debido al abuso de la silampa. Descomunalmente hermosa desde el primer llanto, constituyó el alma del diario bregar en el caserón y muchas veces, la terapia de su solitario abuelo, el cual no dejaba sin cumplir ninguno de sus caprichos.

Creció mimada por el cariño de todos los que la rodeaban, el cual le entregaron a borbotones.

-¿Y quién dejaría de adorar aquella niña bonita con rizos de castaño claro, mirada del color del cielo y sonrisa pícara perfecta?-se preguntaba casi en éxtasis su padre, quien era uno de sus más fervientes admiradores.

Su dependencia de Nena aunada al hecho de que su esposa no quiso darle más parentela, lo llevó a convertir su matrimonio en la más monótona experiencia. Había días en que él y su esposa sólo intercambiaban a lo sumo cuatro frases: buenos días, hasta luego, la comida está servida y hasta mañana.

Una noche en que Manolo no podía dormir, prendió la lamparita de la mesa de noche y trató de leer. Pero al no encontrar sus lentes, concluyó que para hallarlos necesitaba sus lentes, decidiendo entonces intentar conciliar el sueño. Casi accidentalmente, posó su vista sobre el rostro de Fátima, su esposa, la cual dormía a su lado como un angelito.

-De veras que es hermosa-pensó.

Había pasado tanto tiempo en que no reparaba en ella, que se revolvió por dentro al tomar conciencia del hecho.

Conoció a Fátima después de mucho aguaitarla y husmear su rutina. La vista se le deleitó con esa belleza, la primera vez, un Domingo de Resurrección, en medio del Paseo de los Santos alrededor del parque, el cual era amenizado por el interminable repique de la campana de la iglesia.

Todos en el pueblo escuchaban a los beodos llorando a gritos al muñeco que representaba a Judas Iscariote, el cual amaneció ahorcado en un árbol del parque, y se reían a causa de los lamentos prefabricados para hacer del espectáculo una verdadera sátira. Mientras, Manolo no le perdía detalle a aquella muchacha distraída que les preguntaba a las amigas a cada instante el significado de cada uno de los comentarios chistosos que brotaban de la garganta de los borrachos y que eran la delicia del público.

Sí. Fátima no era muy inteligente que digamos. Pero en cambio, la naturaleza la compensó con una belleza parecida a las pinturas del renacimiento. Todos, hombres y mujeres no podían evitar mirarla al pasar.

-La belleza que le heredó a Jimena-murmuró a sabiendas que la gente decía a sus espaldas que su esposa era torpe y moga.

***

Llegó el camión con la mudanza y los gritos de los niños se escucharon al ver nuevamente a su padre. Jorge experimentó una alegría interna que se le derramó en la sonrisa.

-Ahora sí vamos a ser una familia de verdad. Voy a trabajar duro en la escuela y fuera de ella para echar adelante-se dijo.

Los agarró la noche y no habían aún abierto todas las cajetas, así que averiguaron dónde comprar comida y solucionaron el problema por ese día.

No cambiaba la experiencia de enseñar en aquel pueblito, pues por lo que había visto, los niños estaban ávidos de conocimiento y mostraban un marcado respeto hacia sus mayores.

La escuelita, aunque muy rural, estaba bien pintada, limpia y acogedora. Se enteró que en este aspecto, los padres de familia tenían gran parte de la responsabilidad.

Se sumergió en el proceso de enseñanza con tal inspiración, que tan sólo lo pudieron sacar aquellos ojos de mirada inquisitiva, que pudo ver a través del espacio libre de la ventana entreabierta.

Esa mirada ya no estaba allí cuando Jorge reaccionó. Y no volvió a encontrarla por algún tiempo.

Estaba seguro que aquel era el ambiente ideal para que sus hijos crecieran y se formaran. Quizás echaría raíces allí, quizás no. El tiempo lo diría.

El único hospital cercano estaba ubicado en la ciudad de Las Tablas, y éste sí que era un inconveniente, según se planteó. Sin embargo, la noche que la niña se enfermó en un santiamén, despertaron al viejo Chago, y en su chiva lo dejó a él, su esposa y su niña en menos de veinte minutos en el centro hospitalario.

Elena tuvo que quedarse con la niña, pues le iban a practicar unos análisis. Después de mucho pensarlo, Jorge se retiró, creyendo que tendría que despertar a la señora Matilde, quien con mucho agrado, le cuidó a Jorgito, mientras hacían el viaje al hospital. Ella misma fue quien despertó a Chago.

-¡La gente de aquí sí es de verdad!-pensaba Jorge valorando las acciones solidarias.

Un señor que pasaba en una camioneta destartalada paró frente a Jorge.

-Compa, pa’onde va usted?-

Después de breve plática, abordó la camioneta. Había pasado tiempo esperando transporte y el compañero de viaje ahora lo ponía al tanto, que después de cierta hora ya no iba a encontrar quién lo llevara. Le contó que era ganadero y Jorge le dijo que era maestro.

El hombre llevaba un destino distinto, pero de todos modos la distancia era menor desde el punto en que lo dejó.

Afortunadamente era noche de luna y el maestro caminó rápido para llegar cuanto antes a importunar a la señora Espino.

Se distrajo en su acelerada travesía, al ver una sombra aproximarse por el camino.

-¿quién podrá ser a estas horas?-.

No había terminado de pensar, cuando ya tenía enfrente aquellos ojos celestes, mirándolo fijamente. Era algo mágico, no podía moverse de su puesto, perdió la voluntad.

***

Se despertó asustado con los primeros cantos de los gallos y pudo constatar que no había sido un sueño. A su lado estaba Nena. Hermosa en su pesado sueño posterior a las batallas amorosas.

Brincó del lecho para vestirse a toda prisa. Tenía que irse a buscar a su hijo antes que saliera el sol y su esposa regresara.

Se fue y Nena ni se enteró.

Todo volvió aparentemente a la normalidad, menos él en su interior. Los recuerdos de aquella noche mágica y cruenta, lo abstraían de su clase, a tal punto que, a veces, tenía que sacudir la cabeza para volver a tomar contacto con la realidad.

Comenzó a sufrir de insomnio y muy íntimamente, no disfrutar estar con Elena, a pesar de los mimos y cariños que ésta le propiciaba. Le sugirió que fuera a ver al médico, por aquellas noches en vela. Su esposa se acostumbró a que él abandonara el lecho en las noches, y se pusiera a leer en la sala.

El conflicto interno lo estaba acabando.

Al día siguiente, en plena clase, volvió a ver la mirada celeste a través de la ventana.

Esa noche se derrumbó su voluntad y cesó su resistencia. Sus pasos lo llevaron al lecho de Nena, la cual lo recibió con espontánea alegría y lo llevó luego a un cielo de estrellas titilantes. Sus pasos semejaban pisadas sobre nubes de algodón rosa, que lo impulsaban hacia arriba para luego caer, repetitivamente hasta la agonía.

Abría los ojos ya avanzada la madrugada.

Desde entonces empezaron los problemas. Ya no le importaba levantarse de la cama a cualquier hora de la noche para ir a refugiarse en los brazos de su amada.

Elena presentía que algo estaba ocurriendo, pero no sabía exactamente qué o quién. Le molestaba sobremanera, cuando ella salía al pueblo oír cómo la gente cuchicheaba y luego su silencio abrupto cuando les pasaba al lado.

Y es que pueblo chiquito, infierno grande. Pero, otra cosa muy cierta es que todo el mundo se entera del cuento antes que el interesado.

***

El maestro decayó en sus rendimientos y se mostraba abstraído, talvez reviviendo en la memoria sus viajes empíricos.

Poco le importaba ser la comidilla de todo el pueblo, mientras Elena se abatía en el más amargo estoicismo jamás experimentado.

Desde la inesperada y trágica desaparición de sus padres y el viaje que el abuelo, ya octogenario se antojó de hacer a la madre patria, Nena vivía sola con algunos criados de confianza. Heredera universal de toda la fortuna, la gente no se explicaba su modestia al vivir en aquella casa.

Una noche de aquellas tantas, Jorge ya no encontró la puerta ajustada en la casa de Nena. Se regresó a casa con un mal sabor en la boca y con el pensamiento dándole vueltas.

Nunca más halló acceso a los predios de su amada. Una madrugada entera, se la pasó tocándole la puerta y llamándola, con tal ruido que resultaba imposible que ella no le escuchara. Aquella noche lo agarró un aguacero con fuertes vientos, que soportó sentado fuera de la puerta de la casa de Nena.

Empapado, maltrecho y con calentura, fue retirado por la policía del lugar a requerimiento de la dueña de la casa. Fue llevado directamente al hospital debido a la fiebre que le hacía decir incoherencias. Le dictaminó malaria y lo dejaron recluido, bajo los cuidados solícitos de su leal esposa.

Jorge se negaba a probar alimento y no tomaba medicamento alguno. Su condición fue desmejorando paulatinamente. La desesperación llevó a Elena a preguntarle, que por Dios qué pretendía, y él le rogó que fuera donde Nena y le pidiera que fuera a visitarlo.

Jamás creyó Elena haber experimentado una humillación tan grande cuando su esposo le hizo aquella petición. Pero aún faltaba, porque al presentarse a casa de Nena a cumplir con el encargo, ésta le dijo que ella no tenía ningún interés en visitar enfermos .

Sin explicación médica específica, Jorge abandonó este mundo, en medio de la indignación del poblado, que se había solidarizado con Elena y sus hijos.

La casa de Nena se llenó de silencio y muchos especulaban que la mujer se había ido de viaje.

Elena no tuvo casi tiempo de llorar a su difunto esposo. Fue a parar a la casa de sus padres en la capital.

Haciendo de tripas corazón, trabajó durante años como una esclava para afrontar sus responsabilidades. Tenía dos trabajos, uno de los cuales era medio tiempo de noche.

Una noche que regresaba a casa, pasó por una zona cercana a varios centros nocturnos y creyó que sus sentidos la engañaban.

Se acercó todo lo que pudo y corroboró con sorpresa, que la mujer avejentada, que caminaba de esquina a esquina ofreciéndose, con la cara pintada cual payaso y todas sus arrugas bajo el frío sereno de la noche, era aquella que en el pasado le había arrebatado el amor de su marido.

FIN

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  • Publicado: Lun 08 Mar, 2010 11:22 am GMT
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FLOR DE UN SOLO DÍA

Por Mallela V. Pérez Palomino

FLOR DE UN SOLO DIA

*

Si acaso te das cuenta de que transcurre el tiempo

cuando tu boca tiene prisionera la mía

y si de los afanes tuvieras pensamientos,

es que ya no me quieres, tan sólo me querías.

**

Si cuando estoy hablando, tu espíritu se aleja,

y tu pupila quiere mirarme, y no me mira,

y si añoras el halo de una presencia ajena,

es que ya no me quieres, tan sólo me querías.

**

Si ves hacia los cielos y sientes elevarte

y olvidas que me tienes tomada de la mano,

e intuyo que deseas despedirte y marcharte,

es que ya no me quieres tan sólo me querías.

**

Si al sentir en tu hombro mis dedos que presionan

me ves sobresaltado y preguntas -¿me decías?-

y luego, poco a poco nuevamente no escuchas,

es que ese gran amor fue flor de un solo día.

*

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SE MARCHÓ EL AMOR

SE MARCHÓ EL AMOR

**

Las penas están solas,

Sentadas en el parque cual espectros.

Nadie las mira.

Las lágrimas hace rato se fueron.

**

Se acumulan los sueños,

Se amontonan,

Se desbordan,

Se pierden…

**

No ha quedado el espíritu pleno

Con la placidez del cuerpo.

**

Falta algo.

Algo fuerte, genuino, vital.

Algo bueno.

**

Escasea el amor,

el amor universal.

SE BUSCA:

DE PARADERO DESCONOCIDO.

Lo necesita todo un pueblo.

**

El mundo lo pide

Con gritos de silencio.

**

Pero nadie es capaz

De subir a la tarima y,

A pulmón pleno,

Convocarlo…

**

Hemos perdido.

Nos avergüenza el amor,

y sentir el dolor.

**

No confesamos que morimos sin amor.

No admitimos el desconsuelo por desamor.

**

Y mientras, él ¿qué hará?

¿Se acumulará el amor para las generaciones venideras?

¿Habrá una cuota por generación?

¿Se habrá copado la nuestra?

¿Acaso el amor no usado puede ser guardado?

**

Urge la preservación del amor y,

su salvaguarda cual tesoro.

**

Presentarlo cual ofrenda al que sufre.

No dilapidarlo en noches de tertulia,

Ni en el derroche de fuegos fatuos.

**

Trasmutémoslo en abrazo fraterno

Y en gesto de buena voluntad,

En obras,

En rebelión por los hambrientos.

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AMBIVALENCIA

AMBIVALENCIA

Tu día no es lento como el mío,

ni te pierdes navegando en el hastío,

extrañarme te es placer desconocido

como es la flor del amor amanecido

en el rocío de mis ojos.

***

Añoro tu camino lleno de luz, de cariño.

Tu sonrisa, tu mirada, tu destino.

Eres recuerdo, eres castigo.

***

Siento pasos que van a otro lado

hacia un momento, un instante,

un anhelo complacido.

***

No te quiero mirar, pero te miro.

***

Veo tu interior, veo tu alma,

siento tu recurrente amor,

alegre como un sol,

en un amanecer lleno de trinos.

***

Intuyo que eres generoso,

complaciente, bueno.

Te pienso iluso, cándido.

Te siento mío.

***

Desde un rincón de mi tristeza

me solazo con tu vida plena.

Dejo pasar las horas cuando pienso:

¿dónde me has colocado en tu existencia llena?

***

Dormita mi silencio, no interrumpas,

menos con palabras que a la postre,

una vez razonadas, las desechas.

***

Te prohíbo irrumpir en la nostalgia de mi calma.

***

No me hables, no te acerques,

para poder soñar que ya has venido.

Volverme loca pensando que me amas.

***

Sueños... de eso vivimos.

¿Quién no sueña cuando puede hacerlo?

Que cuando lo soñado se realiza,

se deja de soñar;

la realidad nos invade, nos asfixia:

luego vemos las fantasías como migajas

y las ilusiones, sólo son cenizas.

***

Recrea tu espíritu en mi espera pasiva

dolor sin pena,

lamento sin lágrima,

reproche callado,

palabra no dicha,

ese saludo al descuido.

Escapar: ausencia voluntaria,

aventura fugaz,

un ego dolorido.

***

Después el beso de adiós a los suplicios

y un rencor chiquitito en el olvido.

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  • Publicado: Vie 27 Nov, 2009 7:50 am GMT
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REENCARNACIÓN (Poema)

Por Mallela V. Pérez Palomino

REENCARNACIÓN

Abrazo en origen,

cántico del génesis.

Emporio en los mares,

cabriola de peces.

*

Embrión tú en mi seno,

siendo fuerte roca.

Yo, pródiga sombra,

cuando tú, cerezo.

*

Lecho del riachuelo,

yo, mata en la orilla,

veraniega brisa,

flotante semilla.

*

Nieve en tus laderas,

blanca alegoría,

magna cordillera

helada alegría.

*

Tú, suave envoltura,

yo, oruga invernada.

Grácil mariposa,

vuelo en la sabana.

*

Tú águila, yo altura.

Tú viento y tormenta.

Yo, nube. Tú, tiempo

Y en mí tu premura.

*

Hidalgo cruzado

en lustre armadura.

Tú eres fe, yo templo:

musa en tu bravura.

*

Hoy almas gemelas

tú lejos y ajeno.

Yo sufriendo ausencias,

tú viviendo anhelos.

*

Espíritus puros,

oníricos besos,

astrales caminos,

futuro reencuentro.

*

Sempiterna dicha,

rutas enlazadas,

vidas revividas,

a lmas reencarnadas.

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Publicado en el suplemento Argenpress Cultural el 10 de octubre de 2009.

 
 
 

LAMENTO DE UN DESPECHADO

Por: Mallela V. Pérez Palomino (2007)

Ella no me quiere,

no me quiere nada.

Mi mente diseña

vendetta, revancha.

*

La quise y la quiero

a la condenada,

La muy no se acuerda

De mí y de mi labia.

*

La flor: sí me quiere…

no me quiere nada.

Riégola con llanto,

lánzola con rabia.

*

¿Qué se habrá creído?

Mujer del carajo.

Libo mis penares

como un condenado.

*

Venganza sublime

callarla en mis sueños,

ahogar su respiro,

anular su credo.

*

Ella no me quiere,

pero no me importa,

mi amiga botella

es fiel y devota.

*

Corazón tirano,

ama a quien te ama.

Pecho lacerado,

odia al que te daña.

*

Picaré sus sueños,

cortaré sus alas,

callaré sus trinos,

gritará en mi ansia.

*

Ella no me quiere,

yo que la he querido.

No quiere ella a nadie,

jamás ha querido.

*

Bella como el río,

enorme cual mares,

extraña y maldita

causa de mis males.

*

Mi dolor aprieta

su garganta lisa,

cállate escritora,

cállate poetisa.

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Publicado en el Suplemento Argenpress Cultural el 11 de septiembre de 2009.

 
 
 

CAMBIO DE TURNO (cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

Esa noche el caminante estuvo rondando el hospital oncológico, tratando de que alguien tomara su turno.

Desde que traspasó la puerta dimensional a través de la cual se encontró frente a frente con la muerte, supo cómo evitar que llegara a su vida el momento final.

La vez aquella que la pitonisa le pronosticó que tenía la muerte a sus espaldas y le dijo que tenía que hacerse santo, lo tomó como una broma o algún artilugio para sacarle plata. Además, lo criaron de una forma en que no creía en esas pendejadas.

Con astucia ponía por delante el caso de algunas criaturas que, desahuciadas, estaban en etapa terminal y pedían que se les concediera el sagrado derecho a dejar de sufrir .

Estaba tan aferrado a la vida, que él mismo no entendía por qué, en medio de las penurias, sufrimientos y necesidades, sentía que talvez era el temor a lo desconocido. ¿Qué pasará después? a menudo se preguntaba.

-No me interesa ser Dios, ni sentirme Dios. Es difícil tener en las manos la decisión de quién vive y quién no-se decía como para convencerse.

Y recordaba a un amigo de su padre. Este sujeto era exconvicto y solía conversar con él cuando niño. Le decía que si se sentencia a muerte a un ser humano por más cruel que éste haya sido, actuamos en contra de nuestra naturaleza humana.

Aquella hermosa mujer le dijo, mirándolo a los ojos:

-¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?-.

Él asintió con la cabeza y bajó la mirada. Luego de un rato de silencio, le preguntó:

-¿Qué pasa después?-y como de costumbre, no recibió respuesta.

Perdió a toda su familia en un accidente y, el sentimiento que lo embargó por meses, de querer estar con ellos, ahora se revertía.

Atrás quedaron los aciagos días en que estuvo encerrado en su apartamento, sin probar bocado, ni siquiera agua. Tirado en el suelo, a oscuras, sin bañarse, catatónico, sólo esperando que llegara la muerte a buscarlo para reunirse con su esposa e hijos.

No, no iba a atentar contra su vida, pero sí había decidido dejarse morir. Su mejor amigo lo encontró hecho una piltrafa humana, y conjuntamente con su prometida, lo asearon, alimentaron, limpiaron su casa, y le permitieron llorar en sus regazos.

Le llevaron al médico quien lo auscultó y le recetó antidepresivos.

Su jefe le mandó a decir que volviera al trabajo, que lo necesitaban y poco a poco, comenzó a reincorporarse a la vida rutinaria.

Un día en que había tomado puntualmente sus medicamentos, fueron a buscarlo unos amigos para irse de farra.

No se pudo negar y se fue a disfrutar de las tertulias de la noche. Bebió como un condenado, a tal punto que perdió el sentido y tuvieron que llevarlo cual fardo a su casa. No supo cuánto tiempo pasó tirado en su lecho.

Un delgado rayo de luz se posó sobre su rostro y lo despertó, se incorporó sin saber por qué lo hacía y se fue caminando rumbo a una especie de puerta dibujada en la pared. Allí estaba aquella silueta ataviada con ropa oscura, en medio del haz de luz, de pie, hermosa, circunspecta, con esa mirada profunda que calaba hasta el mismísimo cerebro.

-Sabes quién soy-no era una pregunta.

-Sí, te llevaste a mi familia hace algunos meses-se preguntaba si la mezcla del alcohol con los antidepresivos lo estaban haciendo alucinar y para colmo, conversar con la alucinación.

-Mesesss-acentuó el plural- para mí el tiempo ha dejado de ser importante. Sólo cumplo con las instrucciones superiores cuando son giradas, aunque a veces me dejan algún nivel de decisión-continuó-Los seres humanos se la pasan perdiendo el tiempo y cuando les llega la hora, ¡zas! hasta se acuerdan de todos los proyectos que por pereza no llevaron a cabo.

-¿Me vienes a buscar?-indagó inquisitivo.

-No tiene sentido que me hayas llamado durante meses y ahora que no me esperas, yo venga a buscarte…-.

Respiró tranquilo.

-Pero en efecto, es así-.

Sintió que las piernas le flaqueaban.

-Eres el ser humano más extraño que he conocido, deseaste morir durante tanto tiempo y ahora te aferras a la vida-.

-Y considero sinceramente que esta charla se debe a mi curiosidad-agregó.

-El turno para morir se puede cambiar, pero el programa es cíclico, así que en determinado período volverá el turno que se cambió. Así trabajamos, si me permites que así le llame a lo que hago-.

-¿Serías capaz de cambiar tu turno cada vez que se te diera la oportunidad?-.

-Y ¿cómo se hace eso?-.

-Buscarás quien necesite de mi presencia, más que tú, en un momento determinado-.

-Me imagino que esto debe ser para ti divertido-con sarcasmo.

-Sólo quiero medir tu entereza y aprender algo nuevo sobre el género humano: cuánto tiempo lucharás por sortear a la muerte-.

-Te vas a cansar de probarme-.

-Es bueno tocar tu ego, porque te vuelve tozudo, y harás las cosas porque sí. Esa es una forma de inspirar a ciertos individuos. Eso ya lo he aprendido. También he notado que hay algunas personas que, cuando quieren que les crean, juran por la muerte de un ser querido y, siempre he pensado que no tienen idea de lo que hacen-.

-No me creerías que-continuó-ante mi inminente llegada he visto a los más célebres y honorables individuos temblar y tambalearse, he visto a ateos pensar en Dios, he visto a gente perversa dizque arrepentirse de sus culpas. Soy como un cambio químico y no escapo al hecho de que soy un fenómeno genérico que iguala a todos los seres vivos. Creo que soy la perfecta comunista, si me permites el chiste político-.

-Bueno, me retiro, hay algunas personas que reclaman mi presencia, te dejo el encarguito y buena suerte-se fue entre las sombras y luego la extraña luz se apagó.

Su parco interlocutor quedó clavado en el piso, más sobrio que nunca y sin saber qué hacer, pero sabiendo que estaba iniciando una verdadera cruzada de vida o muerte y sobretodo que, por nada del mundo, podría perder el tiempo.

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OCTASÍLABO DEL ADIÓS

Por Mallela V. Pérez Palomino

OCTASÍLABO DEL ADIÓS

Par de ojos enmarcados

En miradas de misterio;

Cutis limpio y bronceado,

Actitudes de hombre serio.

*

Labios besables y hermosos

Conteniendo perlas blancas,

Mejillas arreboladas

Luciendo un lunar de adorno.

*

Actitud de niño grande

Jugando a ser un adulto,

Ronca la voz hace gala

Del intelecto fecundo.

*

Esos ojos ¡Dios me libre!

Con hechizo o magia blanca,

Hipnotizan a quien mire

El fondo de esa mirada.

*

Arcos perfectos, las cejas

Dramatizan el semblante,

Los gestos y la postura

De un caballero elegante.

*

¿Pero qué tendrá tu adentro?

¿Qué pasará por tu mente?

¿Acaso tu aspecto externo

e interno sean diferentes?

*

El dulzor de esa sonrisa

Contrastan al entrecejo

Y al pasar, como la brisa,

Acaricia mis anhelos.

*

Polizón en mis vigilias,

Reacio intruso en mis pensares,

Navegante de quimeras,

Capitán de despertares.

*

Puede que seas distinto,

¿Tendrás sentimiento bueno?

Desplomas mi resistencia

Mientras repito “no puedo”.

*

¿Quién cumplirá tus deseos

Y saciará tu ansiedad?

Envidia juro que siento

si entregas felicidad.

*

Hoy día me has dado la espalda

Y me desgarra el dolor,

Decido levar las anclas

Y olvidarte por honor.

*

He prometido borrarte

Y quizás por si o por no

Guardaré fresco tu rostro

Como el día en que me flechó.

*

Volveré al tibio cariño

Del varón que siempre me ama,

Olvidaré los conflictos

Fingiendo que no fue... nada.

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

 
 
 

ARMÓNICO PACTO (Poema)

Por Mallela V. Pérez Palomino

Una ráfaga de aire frío me despertó de hacer el amor contigo.

A mi pesar abandoné

oníricos humedales.

y mi anatomía recostose hacia la izquierda esperanzada

de seguir soñando,

mientras el orgasmo gravitaba en la desmemoria.

Sorprendióse mi mente buscando tu recuerdo

que hoy es sólo quimera.

La razón cabalgó al rescate de la fe razonada,

estrellándose a plena luz del día

con tus ojos ocultos:

Tus ojos que no quieren expresar lo que me expresan.

Ansiedad de descubrirte entre el gentío

y llevarme la vivencia de esa fuerza magnética

que es tu presencia…

La cadencia, el remolino de notas musicales

bailoteando con las letras…

Labios sensuales

permitiendo la evasión de inspiraciones

que el talento convirtió en melodías cantadas,

en ritmo lujurioso, en palmas acompasadas,

explosión de seducciones:

hijas de miradas dizque casuales.

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POEMA DEL REENCUENTRO

Por Mallela V. Pérez Palomino

POEMA DEL REENCUENTRO

Naufraga el recuerdo y yo voy al rescate del olvido.

Vuelo dentro de tus aguas y nado en tu éter

escuchando la queja fúnebre del tiempo.

Lista para este reconocimiento romántico

incurro en la fragmentación sentimental

mientras me alumbra un destello de oscuridad.

Empiezo mi carrera de loco amor

y, como merienda melancólica,

tan sólo llevo añoranzas para el camino.

Mis ojos desintegran los objetos que te ocultan

para depositar besos sobre tus pasos.

Frecuento un sepelio de lágrimas de sangre,

mas yo derrocho sonrisas ante el desastre.

Mi semana ahora tiene treinta días.

Tu afecto se desliza sobre el lomo de mis tribulaciones

en tanto, sintoniza mi corazón la estación de tu pensamiento

que transmite ondas de cariño.

Lluvia de hojas secas baña mis pies.

Ya, llegando al recinto de almas que nunca están,

en la mesa del desaliento hay sarcasmo de sobremesa

y lobreguez en el rincón que se agranda con tu ausencia.

¿Donde yace firmada el acta de mi amor por ti?

Ponle un gracioso bigote al resentimiento y ríe divertido.

Recuérdame olvidando tu pasado.

Repróchame el beso que no te regalé ayer,

pero que te estoy dando ahora.

Detona tus represiones de ternura

y caigamos nuevamente en la dolorosa despedida de todos los días.

Publicado en La Estrella de Panamá en diciembre de 1979.

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LA PLUMA (CUENTO)

LA PLUMA

“Sabrás que el Mal no será invencible, mientras el Bien se manifieste indestructible”. M.V.P.P.

Uno

Teresa sentía una enorme pesadez en los párpados y su cuerpo le pesaba toneladas.

Trataba de abrir los ojos sin lograrlo y un rigor inefable le impedía mover parte alguna de su anatomía.

Un agradable olor a flores frescas debería tal vez hacerla sentir que todo estaba bien, pues desde chica le gustaron las flores, las que siempre relacionó con cosas gratas. Era parte del ritual de solazarse con la contemplación de la naturaleza, tanto en invierno como en verano.

En sus diarias incursiones encontraba a su paso chabelitas, peregrinas y banderas españolas.

Se embelesaba con el inmenso ropaje clorofílico de los montes y más allá, los cerros con sus pollerones de flores silvestres.

En verano, le atraía las frugales espigas, que se mecían con la brisa, coronando los herbazales secos. Tomaban un color chocolate con tonos claroscuros cuando el sol se estrellaba contra ellas, haciéndoles lucir un brillo dorado asemejándose a las hojas secas.

Era como si unas se prologaran en las otras.

Los árboles de mango y naranja parecían viejos agachados por el peso de los frutos. Eran para Teresa una tentación para lanzarles un palo con el fin de cosechar, especialmente si el árbol era ajeno.

Variedad de mariposas sobrevolaban las matas de los jardines y los murmullos cuasi eróticos de la polinización penetraban por todos los recodos.

Evocó lo curioso de aquella enorme mariposa que aparecía solitaria y de improviso entre el montón. Se paseaba presumiendo sus alas moradas con bordes de oro, como pavoneándose de su belleza singular para después, de la misma forma, irse y desaparecer en la distancia.

Igualmente recordó cuando se fue con su amigo Chichi a tumbar las cerezas de Fidelia. Había tantas en el arbusto y de tantos colores que le parecían bombillas naturales adornando un árbol de Navidad.

Recogía Teresa en la falda de su traje de poplin, el montón de cerezas que no le cabían en las manos. Por supuesto que, no sin antes haber gestionado la comilona que en la noche le garantizaría un empacho.

Cuando ya se retiraban, gritaron asustados pues de la nada, les salió al paso un anciano que, con aire adusto, les sermoneó por haber tumbado y dejado en el suelo tantas cerezas que a la postre se iban a perder.

Escucharon al viejo, con paciencia y con las miradas pegadas al suelo. Les decía que esto y aquello y aquello de más allá. Por fin hizo un gesto de terminación del sermón para luego poder volver la espalda e irse.

Dos

La sensación que le embargaba le infundía una lejana intranquilidad y terminando por creer que su pensamiento vagaba en medio de un silencio absoluto, cosa extraña en medio de la ciudad.

Ese mismo silencio la transportó a los días en que iba a pasear con la abuelita allá en su pueblo natal.

Aquel lugar campirano estaba conformado por un camino rural y muchas pequeñas fincas a sus lares. En medio del terreno, todas tenían una casita de quincha, morada de sus dueños.

Y contiguo al lugar criaban aves de corral, unas cuantas vacas y uno que otro cerdo.

De alambres de púas eran las cercas, y, como estacones fungían arbustos de ciruelas corraleras plantados, cuyos retoños eran las delicias de niños y vacas.

También observaba las cercas a base de piñuelas que hacía imposible el paso de algún cristiano.

Su abuelita le dijo que, en tiempos pasados, aquellos lugares se anegaban con los recios aguaceros y las crecidas de las quebradas.

Esta era la razón por la cual le llamaban Las Lagunitas y eran unos de los terrenos más fértiles por esos contornos.

Además, existía un pozo cuya agua tenía el don de ablandar las menestras más duras, lo cual no lograba el agua corriente de la pluma. Era tan prodigiosa aquella agua, que de otros poblados la gente a buscarla.

Para Teresa, ira a buscar agua a Las Lagunitas era como un sueño convertido en realidad, pues aquel trayecto constituía para ella toda una aventura.

Verse rodeada de aquel conjunto de árboles y arbustos, exhibiendo gran cantidad frutas, que parecían sugerir desde las ramas, lo deliciosas que estaban.

Una vez cedió a la tentación, y fingió ante su abuela que iban a recoger unas florecillas del camino y cuando la anciana se adelantó, puso manos a la obra.

Al perderla de vista se subió al árbol de ciruelas más alto que halló, porque quería alcanzar las más hermosas que estaban a gran altura.

Se entretuvo allá arriba sintiendo el viento acariciarle la cara y despeinarle su larga cabellera. Pasó a su lado una mancha verde de pericos con su singular canto y a Teresa le pareció que más que cantando, estaban discutiendo.

No se bajó hasta conseguir su objetivo. Pero se sorprendió cuando se volvió a encontrar a la abuelita: le esperaba una reprimenda, ya que el árbol era tan alto que todo el mundo la había divisado.

-Vea, Cheva, dónde está trepa’ la nieta-le gritaron a la anciana unos peones que socolaban a un lado del camino.

En otra ocasión, se escapó con sus hermanos, quienes inventaron apedrear a un nido de avispas, que salieron raudas y veloces al encuentro con sus agresores, para regalarles unos ojos extremadamente hinchados, varios días de fiebres y las burlas de los demás niños.

Esto era a lo que la abuela le llamaba hallarse una nariz sin hueco.

Jamás olvidaría cuando, en pleno verano, fueron por encargo de la abuela, a buscar ciruelas mircollas para echarlas en los frijoles chiricanos.

Un aguacero corrependejo los sorprendió y los hizo poner pies en polvorosa para guarecerse en algún frondoso árbol del camino, mientras disfrutaban el olor a tierra mojada que se les subía a la nariz.

Corrían riéndose y gritando, cuando su algarabía se confundió con los gritos de unos hombres a caballo que corrían en dirección contraria con un hato de ganado que venía del río.

Sus miradas impávidas se encontraron y en un santiamén quedaron trepados en el primer árbol que se les puso adelante, con la cara pálida y el corazón saliéndoseles del pecho.

Recordar era placentero y le hacía sentir a gusto. Lo que no se podía explicar aún era que estuviese dormida o por lo menos inactiva, o acaso... estaría alucinando?

Su madre siempre le decía: tú eres la única persona conocida que, estando dentro de un sueño, lo analizas .

Tres

Por momentos sentía que flotaba en el aire, lo cual era agradable. Y de repente sus piernas le hormigueaban. Se preguntaba, si estaría dormida o simplemente anestesiada.

No recordaba haber tenido un accidente o haber sido admitida en institución médica alguna, lo cual descartaba la teoría de estar anestesiada, no tomaba somníferos hacía mucho tiempo, lo que dejaba sin efecto la posibilidad de estar drogada.

Calló sus pensamientos, al escuchar unos murmullos, que parecían voces de varias personas esforzándose por hablar en voz baja.

Sin embargo, no pudo definir de quiénes eran aquellas voces. Ninguna le era familiar.

Una comezón le recorrió el brazo izquierdo exactamente encima del codo, como cuando de niña le ponían la ropa excesivamente almidonada.

Sintió angustia al comprobar que no se podía rascar, es más, ni siquiera podía moverse por mucho que se esforzaba,como en las pesadillas.

Cuatro

Su amiga Clara, con la cual compartía el céntrico apartamentito, últimamente estaba actuando poco convencional. Una mañana Teresa escuchó un grito y desde su recámara salió corriendo a ver qué sucedía.

Clara estaba en medio de la sala restregándose los ojos y buscando con afán a qué asirse mientras repetía que no podía ver.

La llevó de urgencia al médico y en el camino, Clara le dijo que sintió como un aguijonazo en los ojos y ahora no podía ver. Clara lloraba mucho y, mientras sollozaba, no paraba de hablar, con el inconveniente que no se le entendía casi nada.

-Tranquila, te vas a poner bien-le decía Teresa.

Le dijo Clara que cuando Teresa se había ido al interior, el fin de semana de las fiestas patronales, y ella se quedó sola, salió al supermercado y al regresar encontró a los pececillos de colores flotando inmóviles en la pecera: todos estaban muertos.

En aquella ocasión, dijo Clara, el aire tenía un olor indefinido que hacía caer en un marasmo. Y al rato daban ganas de salir huyendo.

Una mañana lluviosa salió al balcón, y se llevó la sorpresa de que sus bien cuidada matas todas estaban desmayadas y nunca revivieron.

Fue a la cocina a buscar un vaso de agua, con el cual pretendía recuperarse de la impresión, y escuchó un rumor dentro del fregador.

Descubrió que los restos del desayuno estaban repletos de gusanos.

Además, aquel sujeto extraño, vestido de negro que estaba siempre a cierta hora parado en la acera de enfrente mirando hacia el balcón, angustiaba sobremanera a Clara.

Teresa trataba de lucir serena ante Clara para no mortificarla, pero había cosas que ya no le estaban gustando. Ella misma había encontrado pájaros de la mar muertos en la lavandería. Había decidido pensar que aquello se debía al impacto ambiental por la construcción del Corredor Sur.

Tomó los pájaros, los envolvió en una bolsa negra de plástico y los arrojó al basurero que estaba junto a la escalera de acceso al edificio. Todo esto sin decirle nada a Clara.

Ésta siempre había sido una excelente muchacha con afición al orden y la limpieza. Igualmente, con su trabajo y sus estudios era impecable.

Sin embargo, siempre lograba llevar las conversaciones al punto en que terminaba preguntando a los interlocutores que qué había sido primero: ¿el pollo o el huevo? O ¿que por dónde le entraba el agua al coco?

Esto hacía de Clara una persona muy complicada para la gente de su edad. Sólo Teresa la comprendía, más bien le tenía paciencia y de muy buen grado.

Y es que a Teresa le parecía oír a sus tres hermanos burlarse de ella, pues siempre buscaba amistades femeninas, debido a la carencia de esa hermana que nunca tuvo.

Mientras Clara permanecía hospitalizada por su ceguera y le practicaba toda suerte de análisis clínicos, Teresa se hacía cargo de la casa.

Una mañana de esas sonó el timbre.

-Ya voy, un momento- gritó Teresa, mientras así con ambas manos y un agarrador de olla, una vasija hirviente llena de macarrones que colocó en el fregador.

Abrió la puerta y no había nadie, miró a ambos lados y tampoco divisó persona alguna.

-¡Qué raro!- se dijo.

Iba a cerrar la puerta y se detuvo al ver en el piso, una enorme olla con su tapadera, impecable, parecida a las que aparecen en las cocinas de las revistas.

Dudó un momento y, en segundos decidió que vería el contenido.

Alargó lentamente la mano derecha, hacia el agarradero de la tapadera, todo lo que se lo permitía su menudo cuerpo y la levantó rápidamente.

Una lluvia de grillos inundó la estancia. Teresa apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta para evitarlo. Soltó la tapadera y corrió a la cocina a buscar un insecticida. Llevaba varios grillos enredados en el cabello y parecían meterse por todas partes.

Cuando terminó, horas después, la faena antigrillos, estaba sudada, agotada y con la nariz roja. No quedó vivo ni uno de los visitantes.

Había preparado la comida favorita de Clara y deseaba llevarle esa sorpresa al hospital, pero ni siquiera tuvo tiempo para visitarla.

La sorprendió el toque del Ángelus de la Iglesia Catedral, sin haber terminado todos sus deberes.

En la próxima conversación con su amiga le plantearía la necesidad de mudarse, por muchas causas, entre ellas la más importante que dizque esos lugares eran ahora Patrimonio de la Humanidad y había algún motivo que no entendía muy bien, por el cual uno no podía quedarse a vivir allí.

Cinco

Teresa y Clara era muy amigas, casi hermanas. Llegaron del interior de la república, hacía alrededor de tres años.

Teresa procedía de la región de Azuero y Clara era de Chiriquí.

Como buenas amigas que eran, se hacían incontables confidencias y en alguno que otro amorío, eran cómplices.

Clara era, incluso a regañadientes, confidente de la gran atracción que sentía Teresa por un muchacho que veían todos los días al ir hacia el trabajo. Y lo que le incomodaba a Clara, era que éste ni se enteraba que Teresa existía.

Trabajaba como dependiente en una tienda de abarrotes que, a todas luces, se notaba que era propiedad de su padre. A pesar de ser físicamente atractivo, lucía formal pero muy extraño.

Una tarde en que Teresa salió del trabajo y pensó que, por el excesivo calor se pavearía de la universidad, se sentó en una banca del parque más contiguo a su casa, y le pidió a Quique, el raspadero, un raspao rojo con miel y doble leche condensada.

Mientras saboreaba su refresco, Teresa encontró la forma de indagarle a Quique sobre el muchacho de la tienda.

Se llamaba Manolo. Era hijo único de un matrimonio de una panameña con un español. Que tenía veintitrés años y no se le conocía novia. No siempre fue parco y reservado.

Cambió cuando le dijo a su padre que quería internarse en un seminario y éste le contestó que no podía permitírselo, ya que debería encargarse del negocio y de su madre cuando él (su padre) faltara.

Desde ese momento, Manolo fue cambiando, lo cual fue notorio para todo el vecindario que lo vio crecer.

Ya no conversaba con nadie más de cuatro palabras, ni por casualidad se quedaba unos instantes a hablar con sus antiguos amigos que se reunían por las tardes en la esquina del parque, es más, cruzaba a la acera contraria cuando los veía.

Le contaron a Quique que ni siquiera asistía a la misa dominical. Se fue desmejorando su apariencia física, presentando la faz demacrada y lívida.

Su madre lo sermoneaba porque casi no se alimentaba y le insistía que debería ir al médico. En las noches, mientras sus padres dormían, se escapaba a caminar y se metía en el cafetín de la esquina, a una hora en que éste estaba solitario. Esa era la única salida de Manolo.

No obstante, la naturaleza remisa de su progenitor, el hijo era de un comedido carácter generoso, con lo cual se ganó la estima de los más humildes residentes del barrio.

Además, decían las malas lenguas que Manolo no era hijo de la pareja, pues al parecer, se rumoraba que ésta lo encontró una madrugada en la puerta de la casa, acostado en una carguera, en el preciso momento que empezaba a llorar porque lo estaban picando las hormigas.

En esta última parte, el raspadero, bajó tanto la voz que a Teresa, para poder escuchar, no le quedó otra opción que hacer el gesto cómplice de acercamiento que acostumbran quienes hablan de la vida ajena.

Seis

La ocasión en que Teresa se atrevió a meterle conversación a Manolo, fue aquel día que estaba lloviendo y éste pasaba a su lado bajo un enorme paraguas azul. Ella le pidió que la cruzara la calle y él le dijo que con mucho gusto.

El breve trayecto se alargó por la espera de que los autos pasaran y haciendo cálculos y malabares para que no los salpicaran con el agua lluvia que cubría con varios centímetros los adoquines de la calle.

Le miró los ojos verdes y la piel que sería perfecta, a no ser por el tinte pálido que lucía.

Su porte era impresionante, mucho más alto que Teresa, la cual lo miraba arrobada debajo del paraguas que se le antojaba inmenso.

A ella ese rostro siempre le pareció familiar, pero nunca supo por qué.

El magnetismo y la fuerza que le irradiaba Manolo era indescriptible, fue una sensación perturbadora y placentera, a tal punto que Teresa casi no repara en el hombre vestido de negro que estaba parado al lado de la entrada del edificio donde vivía. Le extrañó la mirada que intercambiaron ambos sujetos, pero no la pudo descifrar.

Siete

Transcurrieron varios días y no se había recuperado Teresa aún del encuentro con Manolo.

Clara llamó desde el trabajo, para decirle que éste había sufrido un percance.

Que en una de sus vueltas nocturnas unos mozalbetes lo habían agredido para robarle y lo habían dejado tirado y medio muerto en la calle oscura. Que lo encontró la ronda de madrugada y lo condujeron al hospital.

Teresa, atareada con exámenes semestrales, no arribó a su casa si no muy entrada la noche, hora en que se enteró que Manolo había muerto. Sencillamente, no lo podía creer.

No se sintió con fuerzas para asistir a los funerales y se fue a pasar unos días al interior.

Después de haber salido del estado de incredulidad en que se encontraba, le contó a su abuelita reprimiendo las lágrimas, lo que le habían hecho los maleantes a Manolo, lo bueno que era con la gente necesitada que eran clientes de la tienda y cómo lo querían en el barrio.

No se extrañó al escuchar a la anciana la frase de siempre, que en este caso iba como anillo al dedo:

-Esas cosas hay que dejárselas al que está en las curumbitas-

La abuela era muy sabia, cosa curiosa si se tomaba en consideración que ni siquiera sabía leer ni escribir. Le habló a su nieta de que la oración es como un combustible para echar a andar la máquina del desarrollo espiritual, pero que la purificación viene con las buenas acciones que se llevan cabo diariamente.

Que este proceso de purificación es necesario para que podamos llegar algún día a acercarnos a la Divinidad, sin que ésta nos dañe, pues en este plano físico donde lo material es lo que cuenta, se ha perdido el concepto de las cosas divinas, sublimes.

Aclaró la abuela las dudas que siempre tuvo Teresa sobre el ayuno, pues siempre había pensado ésta que si Dios te concede tener el pan nuestro de cada día, entonces para qué vas voluntariamente a dejar de comerlo. Hasta ese momento Teresa estaba convencida que el ayuno voluntario tenía que castigarlo Dios.

Explicó la abuelita que el ayuno te hace ser humilde, porque te lleva a sentir algo parecido a lo que sienten los desposeídos en su diario vivir. Claro que, con la diferencia que uno rompe el ayuno cuando quiere, y los olvidados viven esa cruda realidad.

Entendió tantas cosas en aquella conversación, que se alivió dentro de su ignorancia espiritual.

Ocho

Al regresar, se bajó de su bus en el parqueo y tomó un taxi para dirigirse a su casa.

Iba entretenida viendo las gentes y pensando la tranquilidad que le imprimía la recuperación de Clara. El galeno no les había dado un diagnóstico preciso: se mejoró y punto.

Les habló que era un virus consecuencia de las armas químicas que probaron los gringos en la invasión de 1989 y que aquél había mutado con el tiempo.

De repente, vio a alguien idéntico a Manolo entre las personas que caminaban por la Avenida Central, y estaba casi segura de que le sonrió.

Con su maletín al hombro, se bajó del taxi en un arranque irrefrenable, mientras el taxista le gritaba cuanta cosa por no haberle pagado. Corrió y corrió para alcanzar aquella persona tan parecida a Manolo, la cual parecía dar zancadas para distanciarse de ella. Llegó a las ruinas de una catedral colonial, en las cuales se introdujo sintiendo el corazón en la garganta.

Ni siquiera se percató lo solitarias que estaban las calles adyacentes.

No se detuvo hasta llegar al fondo, de donde salía una luminosidad.

Allí estaba él, sonriente.

-¿Eres... Manolo?- en un hilo de voz.

Él se limitó a seguir sonriendo y ella se fue dejando llevar por la fuerza magnética, acercándose a él tanto, que sus rostros casi se tocaban. Sus labios se rozaron.

Teresa echó un paso atrás poniéndose los dedos de la mano izquierda sobre los labios, mientras miraba con incredulidad a Manolo.

Trató, casi perdiendo el equilibrio, de sujetarlo con la mano derecha.

Aquel sonriente individuo no hablaba, pero le transmitía subliminalmente a la mente de Teresa alguna comunicación, que ésta interpretaba de forma automática.

-No me amas en la manera que crees, sólo crees que me amas. Eres buena, la materia prima de tu corazón es auténtica. El amor por los demás es importante para salvar la humanidad. Volveremos a vernos-.

Ese mensaje quedó grabado en la memoria de Teresa, en el preciso momento en que de la espalda de Manolo se desplegaron dos enormes alas y, siempre sonriente, él se remontó volando al cielo.

Nueve

Esto era lo último que recordaba con relación a su experiencia con Manolo. Recordó aquel beso diáfano que le diera él o quien fuera, y luego sintió un vacío en el estómago acompañado con un vértigo que la llevó a un oscuro pozo sin fondo.

-¿Estaría acaso muriéndose?- había leído en algún lado que en esos momentos uno se acuerda de todo lo que le ha ocurrido a lo largo de la vida.

Ahora los recuerdos iban llegando en desorden.

Recordó que mientras Clara se reponía de sus quebrantos de salud, ella se echó encima la responsabilidad de la mudanza, lo cual la dejó exhausta y tuvo que pedir dos días de permiso en su trabajo. Su jefe le dijo que últimamente estaba faltando mucho.

Se tropezó en los traspatios de su mente con algunas situaciones que antes no habían llegado a la sala de su memoria.

Revivieron sus complejos de culpa, cuando sin querer, cometía alguna injusticia. Específicamente, se acordó de la ocasión aquella en que le prestó dinero a su hermano menor, y al día siguiente exigió su pago, sin realmente necesitar el reembolso. Después se enteró que, por pagarle la deuda, su hermano no había podido almorzar. Se atormentó a tal punto el resto del día, que decidió en el futuro mejor pasar por tonta que cometer una injusticia.

Divagaba su mente legislando que la humanidad estaba dividida en buenos y malos. Siempre consideró que ella era de los buenos. Pero también estaba convencida de que a los malos, de vez en cuando hay que darles una lección.

Llegó a esta conclusión una noche en que se paró a tomar agua de la tinaja, allá en los tiempos de su primera adolescencia.

Vivían con su abuelita quien, en las primas noches, como solía decir, se sentaba en un taburete reclinado en el quicio de la puerta que daba al patio pasando por la cocina. Allí se quedaba horas enteras, remendando todo lo remendable hasta donde aguantara su vista con la paupérrima luz de la guaricha.

Escuchó escondida al filo de la pared, en aquella ocasión voces y aguzando el oído pudo entender que la abuela estaba sermoneando a Alberto, el hermano mayor de Teresa. Últimamente Alberto estaba malcriadísimo, pasaba el día entre amarguras y desplantes con todos los que le rodeaban. Estaba simplemente insoportable.

Él estaba sentado en una gran banqueta frente a la abuela, de tal forma que para hablar con ella, tenía que levantar la mirada.

-Vea, mijito, nosotros a usted lo soportamos porque lo queremos, no porque usted se lo merezca. Y esa amargura que usted tiene, que no quiere hablar y que siempre está solo y que todo le molesta, tiene un nombre: usted está comiendo cabanga-.

No bien había terminado la abuela esta frase, cuando Alberto comenzó a sollozar, como cuando uno se ha aguantado mucho tiempo un sufrimiento, y trataba de cubrirse la cara con ambas manos. Sus palabras no las pudo Teresa entender, porque estaban prácticamente entorpecidas por el llanto desgarrador.

Pero lo que sí oyó, fue a la abuela cuando le decía que las mujeres son así cuando están demasiado seguras de los sentimientos de los hombres y que uno siempre tiene que guardarse algo de lo mucho que siente. También le dijo que los males del corazón, que al mismo tiempo pueden ser bienes, deben enaltecernos antes que envilecernos. Que no se justifica un sentimiento tan bonito como el amor, floreciendo en nuestra vida, y sin la secuela de hacernos mejores personas.

Agregó la abuela que, no debe nadie avergonzarse de haber llorado por amor, porque a lo largo de la historia de cada ser humano, siempre habrá una sesión de lágrimas que contribuirá a lavar las tribulaciones del alma atormentada.

Por lo tanto, esperaba que, a partir de ese momento, cambiara su actitud en la vida, porque una mujer que no valora los sentimientos más puros de un hombre, lo que menos merece es que, uno cambie a tal punto que nadie pueda soportarnos.

Todo esto lo decía la abuela mientras le sobaba la cabeza al nieto, de tal forma que éste le parecía a Teresa un crío.

Además de todos los ademases que la abuela expuso, Teresa deseó poder intervenir en ese momento para que su hermano sintiera lo mucho que ella lo quería, pero supo que estaba escuchando una confidencia que no le pertenecía, lo cual la dejaba con las manos atadas para cualquier acción de su parte.

Y lo que más le dolió a Teresa, fue que supo del milagro, pero no del santo, y no se pudo enterar quién era la fulana.

Se fue al cuarto en puntillas para que no se dieran cuenta que había escuchado, y se trepó al catre como pudo, tratando de no hacer ruido. Mientras estuvo despierta, repasó mentalmente lo sucedido, concluyendo al final que, después de todo para qué se preocupaba, si no había forma alguna de tomar cartas en el asunto.

No obstante, sacó algunas cosas en claro: primero, que contrariamente a lo que ella siempre había pensado, los hombres sí aman de verdad, segundo, que los asuntos de amores son asuntos de dos y tercero, que no vale la pena sufrir por amor si después uno no se saca el clavo.

Recordó Teresa aliviada, aún en medio de catalepsia, que conforme pasó el tiempo, Alberto se recuperó de su cabanga, aunque siguió enamorado.

Diez

Seguía sintiendo sensaciones encontradas, como que su brazo derecho lo tenía entumido y la mano derecha, acalambrada. Tuvo la certeza de que se estaba enterrando las uñas en la palma de la mano, sin poder evitarlo.

Volvió la sensación de levitación y en sus ojos se derramó la tibieza de una luz que la hacía sentir muy a gusto.

De repente todo se oscureció y apareció ante ella el hombre de negro, mirándola fijamente y al instante desapareció.

Luego, se vio a sí misma “ en el cielo envuelta en el sol como en un vestido, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrella en la cabeza. Estaba encinta, y gritaba por los dolores de parto, por el sufrimiento de dar a luz. Luego apareció en el cielo otra señal: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Con la cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó a la tierra. El dragón se detuvo delante (de ella) para devorar a su hijo tan pronto naciera”.

Vio con alivio que “ su hijo le fue quitado llevado antes Dios y ante su trono ”.

Luego, “ hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón...Así que fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron lanzados a la tierra”.

Aquella visión se disipó y nuevamente apareció Manolo, pero ahora más etéreo e igualmente sonriente:

-Regresarás-le dijo.

Sintió un cosquilleo persistente y agudo en la punta de la nariz, que fue aumentando poco a poco, hasta hacerse insoportable y que parecía duplicar su intensidad en la parte interna del ombligo. El cosquilleo se fue volviendo escozor y se regó por las mucosas nasales, definitivamente tenía unas intensas ganas de estornudar. No pudo reprimirse y se incorporó con la fuerza del estornudo quedando sentada.

Tuvo suficiente tiempo para ver un montón de gente que huía despavorida, sin entender qué sucedía. Bajó la mirada y se vio a sí misma. Notó que vestía de blanco y que estaba sentada en un féretro. Alcanzó en el segundo siguiente, a ver un conjunto de rostros familiares de personas, que no huyeron como los otros.

Miró a Clara, aproximarse como en cámara lenta, con la cara bañada en lágrimas y los brazos abiertos.

Ya recuperados del susto inicial, todos los familiares de Teresa presentes, se fueron acercando para ayudarla a bajarse de su equivocado lugar de estar.

Cuando trató de apoyar su mano derecha para incorporarse, advirtió que estaba engarrotada.

No podía abrir la mano, subió el puño al nivel del busto mientras lo miraba fijamente.

Con un gran esfuerzo fue, poco a poco, estirando sus dedos que dejaron al descubierto una pluma blanca, la cual manchó Teresa con la sangre que manaba de la palma de su mano. Una hermosa pluma nacarada.

Recordó a Manolo el que se fue, mientras paseaba su mirada distraída sobre los vitrales. Ahora no sabía a ciencia cierta, si lo había visto o era otro, lo que no podía borrar de su recuerdo fue aquel beso, que recordaba vívidamente en el mismo momento en que se recrudecía aquel cólico en su conducto umbilical.

Mientras, la gente en el parque se volteaba a mirar con curiosidad, el extraño cortejo enlutado que hacía compañía a aquella novia sin novio, la cual bajaba con torpeza las escalinatas de la Iglesia Catedral

 
 
 

CUENTA CONMIGO, CUENTO CONTIGO

Por Mallela V. Pérez Palomino

El muchacho se sobresaltó al sentir un cuerpo extraño dentro de la lata de gaseosa. Siempre, al igual que sus amigos, había preferido rellenarse la barriga del famoso y burbujeante líquido negro. Todo menos confiar en las bebidas de fruta que se hacían de manera artesanal. Conceptuaba que las grandes fábricas tenían altos niveles de salubridad y ahora que se había bebido el refresco, la lata le arrojaba el sonido de un cuerpo sólido que se movía al agitarla.

Su padre dijo era importante saber de qué se trataba y vio en los ojos del adulto aquella mirada de ambición desmedida. Por supuesto que estaba pensando en interponer una demanda por mucho dinero.

Miraron dentro del recipiente ayudados con la luz que les ofrecía el aparato celular y lo que observaron los dejó perplejos. Era una criatura pequeñita, una mezcla entre monstruo e insecto cerca de una pulgada de largo. Pero la sorpresa aún no acababa, porque abrieron la lata con su cuchilla de boy scout para extraer la criatura y, al ponerla sobre la mesa, se desperezó y abrió los ojos.

El chico salió corriendo hacia los baños y se abrazó de la taza depositando en ella todo el contenido de su estómago. Sintió ganas de salir huyendo: era una pesadilla y lo peor es que no se despertaba.

Ya en el estacionamiento, vio acercarse la camioneta de su padre y cuando se detuvo frente a él, quedó pegado al piso sin saber qué hacer. Luego obedeció como autómata cuando le dijo que subiera.

El camino lo hicieron en silencio y rogó a Dios, del cual sólo se acordaba en momentos críticos, que algo pusiera fin aquel mal sueño. Aún se sentía mareado y le ardía la boca del estómago.

Al llegar a casa, su padre se apeó y se refugió en el cuarto estudio. Él, la verdad, no sabía qué hacer. No era un sueño, era real. Se metió en la habitación principal, hurgó entre los medicamentos que su madre tenía en el botiquín y se tomó el primero que intuyó le tranquilizaría.

Le despertó la voz paternal instándolo a acompañarlo a la finca. Se metió, aún turulato, bajo el agua de la regadera y ya vestido dejó caer pesadamente las posaderas en el asiento del copiloto. La expresión del padre no le gustaba para nada. Tampoco se refirió a la experiencia del día anterior y él no sabía si era buena o mala aquella circunspección.

***

Cuando su padre eufórico, abrió la puerta trasera de la camioneta, sintió que le temblaban las piernas La criatura estaba dentro de una jaula para gatos y había crecido. Tenía una longitud de cerca de cuatro pulgadas y los miraba mientras agarraba con sus extremidades delanteras la parrilla que hacía de puerta. Adoptaba una postura homínida. Era blanco como la leche y tenía unas orejas grandes. Sus facciones grotescas se movían gesticulando mientras emitía sonidos guturales.

-¿Estás seguro de lo que estás haciendo, papá?-inquirió.

Ningún razonamiento pudo contra la voluntad de ese hombre que siempre había hecho lo que le venía en gana. Por explicación dijo que tenía curiosidad científica y él se mantuvo callado y enfurruñado, mientras el jefe de la casa le daba las instrucciones al matrimonio sin hijos que cuidaba la finca. Asintieron a pesar que tenían tiempo de no cobrar, porque necesitaban un sitio dónde vivir.

Días después vio que su padre se dirigía con urgencia hacia la estancia del bichito. Había crecido y forzando la jaula se escapó. Asaltó a animales del lugar, matando a algunos perros, e hiriendo a otros que tenían como particularidad collar color rojo. Cuando su padre se lo contó, pensó que a lo mejor tendría complejo de toro.

La siguiente vez que vio a la criatura, tenía más o menos el tamaño de un perro grande. Le hicieron una jaula más amplia y fuerte, que colocaron cuidadosamente dentro de la casa por muchos motivos, el más importante de todos, para protegerlo de la posible venganza de los perros.

Su padre comentó que ingería muy poco alimento y tenía que ser carne cruda, que no se explicaba cómo crecía tan rápido, si casi no dormía. Si tan sólo tuviera algún veterinario de confianza, lo llevaría para tener una perspectiva científica del asunto. En eso el chico se acordó del profesor de la universidad al cual llamaban El Científico Loco, más por su aspecto que por sus raros experimentos en materia genética.

El hombre observó fascinado la criatura, que también lo miraba con detenimiento. Ya sus vigilantes habían enterado a su padre que, desde su rincón, observaba la televisión y a veces, daba la impresión que repetía los sonidos que escuchaba en la programación. Casi no cabía en la nueva jaula y los sirvientes dijeron que si lo mantenían dentro de la casa, era muy posible que no provocara problemas, ya que últimamente tenía un buen comportamiento.

Cuando el joven volvió a verlo quedó sin habla. Tenía casi su estatura. Daba la impresión que de ser un oso erguido en dos patas, debido a su corpulencia. También se expresaba con palabras, un poco confusas pero entendibles y hasta había ayudado a los sirvientes en problemas domésticos con ingeniosas soluciones. En una ocasión había abierto y observado largo rato la podadora de césped dañada y luego como por arte de magia la reparó.

***

Al rato comenzó a ver otros canales de televisión, y tomó todo lo que podría leerse en aquella vivienda. Sus ansias de lectura era realmente voraces y ya no tenía ningún problema con la comunicación oral.

Según su padre era tiempo de dar el siguiente paso. Le contaron todo a su madre, la cual los observaba con los ojos muy abiertos y con una mirada que les hacía sentir que estaban enloqueciendo. Una vez pasada la conmoción inicial, la mujer quedó imbuida en los planes del progenitor. Pudo darse cuenta de lo genial, carismático e ingenioso que era aquel ser.

La familia que le había dado cobijo a la criatura, fue durante mucho tiempo parte del más exclusivo club elitista del país, gracias a una acción que le dejó el abuelo al morir. Pero ya no asistían, porque la fortuna que les dejó el anciano fue despilfarrada por su padre con la solícita ayuda de su madre, en compras, viajes, negocios ridículos y pretensiones políticas. La enorme casa poco a poco fue desvalijada por sus nuevos dueños, que vendieron a precios irrisorios valiosos objetos de arte. También clausuraron aposentos para que la limpieza se hiciera más fácil y económica.

–Ese es un lugar donde debes fingir que te va bien, si es que no es así. Si no, te tratan mal-le decía su padre refiriéndose al exclusivo club.

Y ahora, con la asesoría de su progenitora, tenían la forma de conquistar el éxito. Había que actuar con rapidez. Decidieron llamar Coky a la criatura, evocando su origen y consensuando que se oía chic. Pero se hacía necesario insertarlo en sociedad. Para ello ya contaba con una piel blanca que, de paso, le abriría las puertas de la yeyesada exclusiva del club y otros círculos no menos elitistas.

-¡Pero es demasiado blanco!-protestó el joven.

-Nada que no pueda remediar un buen bronceado-dijo la sabia madre que virtualmente se había convertido en la asesora de imagen de Coky. Sus padres nunca se habían puesto de acuerdo tan rápido para asuntos que le beneficiaran como su hijo, todo lo contrario: si llegaban al mismo acuerdo, era para inflingirle algún castigo o reprimenda.

Recordaba el muchacho que, en una ocasión, Coky se quedó dormido mientras se bronceaba, y al despertar, se vio cual camarón cocido, arremetiendo contra su propia imagen en el espejo con furia irracional. Concluyó que, definitivamente, el color rojo no era de su predilección, excepto el rojo sangre.

Y así, le hicieron la cirugía para reducirle las orejas. Los labios eran muy finos, a pesar de ser el límite de su bocaza. Le fueron rellenados con colágeno hasta alcanzar un ancho normal. Le delinearon los ojos con maquillaje permanente. Como era totalmente calvo, se las ingeniaron para ponerle en todo el cuero “cabelludo” insertos de cabellos, que la asesora insistió debían ser rubios. Y le tatuaron cejas falsas. Con todos estos procesos se enteraron que su sangre era de color azulado. Su padre entonces expresó:

-¡Qué lástima que no podamos mostrar esto a los aristócratas criollos: un verdadero sangre azul!-algo que expresó con tanto orgullo, que el muchacho estuvo a punto de sentir celos de la criatura. En medio del entusiasmo de su familia, él había regresado a su rutina de estudios, aunque a ellos parecía tenerles sin cuidado.

***

Pensaban que iba a ser difícil que Coky bajara de peso, ya que apenas comía y se mantenía corpulento. Una amiga íntima de su madre opinó que si lo único que bebía era soda, era bueno administrarle la de dieta. Pero para esto su madre también tenía la solución: si vistes elegantemente, no se fijarán en tus defectos .

Le enseñaron urbanidad, a bailar congo, tamborito, y otras costumbres que consideraron de real interés en el desenvolvimiento de su imagen pública, como poner gesto de profunda fe en los actos litúrgicos, aun cuando se estuviera aburriendo.

El jefe de la casa, muy dado a experimentar, un día colocó aguardiente en la soda de Coky y la criatura enloqueció dándose con las paredes a tal punto que tuvieron que atarlo de pies y manos. Fue la primera riña por desacuerdo entre sus padres por el tema de Coky. Al día siguiente la criatura lucía normal, aunque bebió más soda que de costumbre.

El Científico Loco anhelaba hablar a solas con el universitario, para tocar el tema de Coky. Le conversaba de cosas complejas como vejez prematura, la tendencia de género, evolución y otros, que verdaderamente no le interesaba saber por estar complicado con sus obligaciones académicas.

El equipo pro Coky seguía trabajando en la formación de la criatura, dotándole de toda la literatura posible para su acervo cultural y permitiéndole observar la televisión en horarios inimaginables.

Cuando por fin le dejaron usar la computadora, su dependencia del Internet se volvió adictiva y absorbía todos los conocimientos de manera extraordinaria. Era tan hábil que, con su segunda lectura de libros de hacienda pública, ya le enseñaba al amo cómo evadir impuestos sin mayores consecuencias.

A pesar de toda la operación de pulimento, el muchacho tenía la certeza que Coky se estaba escapando en las noches, a juzgar la mortandad de perros desatada en el vecindario, los cuales amanecían sin entrañas. No obstante, también sabía que sus padres se hacían los de la vista gorda.

Un gran amigo del jefe de familia, escritor y antropólogo, se encargó de crearle una biografía que se derivara de alguna rancia ramificación genealógica no verificable, localizada en un remoto país de Europa; de tal forma que se sublimaran sus orígenes y nadie imaginara siquiera su pasado y presente criminal. Además le inventó títulos académicos en reconocidas y lejanas universidades. Otros contactos menos científicos, se encargaron de darle una identidad legal con papeles y todo.

***

Al muchacho le parecía increíble cómo Coky, un ser que nadie sabía de dónde había venido, se hizo en corto tiempo de un grupo de personas que le otorgaban gran parte o la totalidad de su tiempo libre y le mariposeaban alrededor viendo y supliendo sus necesidades como si fueran manzanillos.

En el segundo que mostró una apariencia normal, lo sacaron del alejado cuarto de la casa en que estuvo confinado e interactuó con las amistades del chico y otros visitantes de la casa.

Tenía Coky la habilidad de ganarse la simpatía y confianza de todos, jóvenes y adultos, con salidas ingeniosas, comentarios acertados y chistes. El liderazgo que mostró tener en su entorno era incuestionable. Después de observar unos videos de oratoria, manejó diestramente la técnica. Siempre decía la frase exacta en el momento exacto.

La familia había invertido muchos recursos en Coky, a tal punto que estaban haciendo planes de vender la casa para adquirir una más modesta, sobre todo ahora que con el desarrollo de un megaproyecto, los terrenos estaba siendo requeridos para construir rascacielos.

Con algunos contactos lograron que se presentara dando opiniones en los medios de comunicación, especialmente televisivos, a fin de que comenzara a ser una cara familiar y no perdían oportunidad de que se acercara para prestar ayuda en áreas donde ocurriera algún desastre, en específico si eran sectores populares y habían cámaras en derredor.

Cuando Coky estuvo listo, fue presentado a todo aquel que no lo conocía. Además, hizo acto de presencia ante aquellos millonarios que financiarían su campaña política y a cuyos intereses respondería cuando estuviese en el poder.

Los partidos políticos, tanto de gobierno como de oposición, mandaban emisarios para reunirse con Coky y sus asesores con la finalidad de hacer alianzas electoreras. Pretendían asegurarse su parte en la repartición del pastel, ya que las encuestas arrojaban resultados que lo proyectaban, sin lugar a dudas, como el vencedor para los comicios.

Aquel fenómeno presidenciable dejaba pálidos a los más diversos públicos con su retórica y se había asegurado la mayoría de los votos, fingiendo ser una real alternativa para solucionar los problemas sociales de la población.

El joven universitario vio con desencanto cómo su familia, amigos y conocidos ni se enteraron que había concluido con éxito sus estudios superiores. Estaban, al igual que la ciudadanía en general, hechizados con el show mediático. Coky se desplazaba sonriente y seguro sobre una enorme tarima y ante la magna concentración de música, pancartas y banderas: en breve iniciaría su discurso de cierre de campaña.

Sentado ante el televisor miraba el acto político, mientras saboreaba un jugo de piña y disfrutaba repitiéndose:

-El próximo presidente… ¡Y pensar que era del tamaño de un insecto y llegó en una lata de cocacola!-.

FIN.

Publicado en el Colectivo Panamá Profundo el 4 de junio de 2008 y en Argenpress Suplemento Cultural el 11 de octubre de 2008 ( http://cultural.argenpress.info/2008/10/cuenta-conmigo-cuento-contigo.html )

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente.

 
 
 

NOCHE DE VERANO (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

El millonario excéntrico y solitario estaba sentado en el parque, y observaba displicente a la mujer que pasaba enfundada en su disfraz llamativo con dos alas enormes.

Su actitud de hombre de mundo, conocedor de casi todos los rincones y costumbres del globo terráqueo, daba a entender que muy pocas cosas lo lograban asombrar.

Miró con sorna a la mujer y se preguntó qué tan vacío o loco puede estar alguien, para salir en la noche a pasearse disfrazado.

Por lo menos, a él la soledad no le había dado por eso. Últimamente andaba cabreado todo el día. Intuía que las personas le trataban bien por conveniencia y hasta le decían siempre lo que sabían que él quería escuchar.

En el pasado, el abuelo solía confesarle que aquello era parte de lo que uno debe soportar.

-Existen personas que han nacido para ser lambones, hijo, y a veces hay que quitarse el sombrero ante lo bien que lo hacen-sentenciaba el anciano.

Carlos sólo veía sinceridad en la mirada de Maribel, su secretaria. A pesar de tener una actitud fría y profesional en su trato diario y su desempeño, siempre supo que podía confiar en ella y que sin caer en halagos, era la única persona en la oficina que realmente lo apreciaba. Mujer de temple, muy atractiva aún y muy digna, era el punto de equilibrio de la empresa.

Su secretaria tenía ya casi veinte años de serlo y no recordaba haberle visto jamás un mal gesto, aún en los días en que él se paraba con el pie izquierdo y jodía parejo, como sorprendió un día a la recepcionista refiriéndose a él.

Personalmente, disfrutaba más de la paz de encontrarse solo, sin presiones de ningún tipo, liberando su pensamiento y observando la naturaleza, en la quietud de la noche. Porque qué locura meterse hoy día en una discoteca!

Asumió que la mujer se había retocado con alguna de esas pinturas modernas que te hacen brillar en la oscuridad.

Regresó de Colombia con el propósito en mente de hacer todo lo que no había hecho con antelación. Cuando se sentó agobiado por el peso del balance mental, vio qué poco le había importado durante su agitada vida, la parte espiritual. Siempre pensó que habían cosas más importantes que hacer, como por ejemplo, sacar adelante la empresa.

Ya el patrimonio familiar les permitiría a todos cerrar el negocio y vivir de los plazos fijos e inversiones, pero Carlos no tenía corazón para dejar sin trabajo a aquel montón de gente que eran los más importantes en la formación de la fortuna de su familia.

Su padre antes de morir, lo citó en su lecho de desahuciado, para pedirle que protegiera a aquellas familias, que les pagara lo justo, les diera condiciones de trabajo dignas y siempre mantuviera abierta la comunicación.

Además, le encargó un fondo en el cual desde siempre la gerencia, depositó mensualmente una pequeña suma de dinero, que después de cuarenta años y con todos los intereses, permitiría que se jubilaran la gran mayoría con un salario cónsono con el costo de la vida.

La extraña disfrazada estaba aproximadamente a trescientos metros, agarrada del barandal, mientras su mirada parecía perderse sobre las pequeñas olas que llegaban a la orilla.

La variedad de tomas de hierbas y raíces que tuvo que ingerir, si bien no le hicieron bien, tampoco le hicieron mal. Sin embargo, no cambiaron el diagnóstico que le dieron los galenos en Houston.

Una vez su madre le comentó que era de familia aquel mal que se desarrollaba en la garganta, y, que siempre los varones de la descendencia habían colaborado con su aparición, consumiendo tabaco. En aquella ocasión pensó, que de algo se tiene uno que morir.

Se preguntaba si su hijo adolescente sentía la misma atracción, que antaño él sentía por fumar a escondidas.

Ahora que estaba divorciado, no parecía ser su problema, pero igualmente le preocupaba. La madre no le prestaba mucha atención al chico desde muy niño. Realmente, no le prestaba atención a nada que no fuera la vida glamorosa.

Así se conocieron, rodeados de gente falsa que sólo hablaba pendejadas, y ellos a su vez, los emulaban para estar en la onda. Recordó que a esto le llaman codearse en sociedad.

La mujer comenzó a agitar las alas con fuerza, y Carlos pensó que se le iban a descuadernar. Hizo un alto en sus pensamientos, para observar cuidadosamente la escena.

Desapareció su actitud displicente con relación a la extraña, cuando los pies de ésta despegaron del piso y la mirada de Carlos tomó un brillo de incredulidad, cuando aquélla se elevó en el aire.

Los medicamentos que estaba consumiendo eran muy fuertes y a veces, le producían efectos extraños. Pensó que, de repente, también le estaban provocando alucinaciones.

En la tarde, cuando se sentó con su abogado, a ordenar todo lo dispuesto en los trámites de sucesión, sintió mareos y náuseas. En los momentos en que estaba a solas, evitaba esos síntomas fumando marihuana, y así su nostalgia se transportaba a Woodstock, so pretexto del cáncer.

Se había ya cansado de luchar, yendo de un médico a otro. Engañose un tiempo, asistiendo puntualmente al gimnasio, pero llegó un momento en que no tenía fuerzas ni para incorporarse de su lecho; mucho menos iba a poder seguir levantando pesas.

La extraña se fue volando sobre el mar, hasta que desapareció como un puntillo en el cielo de la noche estival.

Carlos se había sentado en el borde del banco asumiendo una actitud de presto, con los párpados casi pegados, como quien afina la mirada. Estuvo rato así, hasta que se convenció de que no había visto lo que había visto.

Se relajó y volvió a recostar la espalda en el respaldo del banco, mientras sentía que le acometían los dolores. Sus noches era negras de un tiempo acá. Y se preguntaba a menudo si valdría la pena que amaneciera de nuevo, especialmente cuando lo invadía aquella desazón que le desarmaba la compostura y lo hacía sentir la más débil de todas las criaturas.

El aleteo lo hizo reaccionar, y se dejó llevar cuando dos fuertes brazos lo levantaron cual si fuese una pluma, haciéndole sentir una paz que jamás había experimentado. Una sensación entre gozo, euforia y seguridad. Mientras entablaba conversación subliminal con la extraña, aprovechó para mirar el paisaje desde aquella perspectiva, porque algo le decía que no lo volvería a ver.

FIN

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ASILO CARDÍACO (Poema)

Por Mallela V. Pérez Palomino

ASILO CARDIACO

Quisiera instalarme en un rinconcito de tu espacio ventricular;

En ese cómodo y tibio recodo,

Y desde allí, calladamente, observarte todo el día

Cuando vas de un lado a otro, flotando yo en tu brega.

Desearía apostarme en tu vida

En el medio de la sala de tu existencia

Y luego transgredir las alcobas de tus sueños.

Crear mancuernas de mi realidad

Y tus horas vivenciales.

Hacer lazos de seda color índigo:

Lazos de tus afanes y esperanzas

Y suavemente, tirando de sus puntas,

Desatarlos con un beso y una caricia.

Recrear tu microcosmos diario

Con cantos de pajarillos

rumor de viento en los árboles.

Respirando olor a flores silvestres,

Aroma a hierba cortada

Y vapor de tierra mojada.

Deleite musical oyendo a Favio

Entre sorbo y sorbo de café,

Con pozuelo de loza,

blancura de lino en la mesa.

Como postre, tu mirada transparente en mi pupila

Y mis ojos devorando tus labios.

RECORDANDO

Amo el amor

el amor-hecatombe;

el amor como sucedió

hace diez años

cuando éramos dos seres desnudos

y tratados como bestias;

cuando redujeron a tres

las cuatro estaciones.

Tú eras entonces,

como un alto surtidor

que el viento arqueaba,

como un pino doblado

en la piel del mundo.

Tú eres la mujer amada

en la llama inútil

de mi aliento…

mi Mallela de entonces,

mi “mierdera” de siempre:

la del mirar quemante,

mi poema desbocado

como un caballo

en un abismo de agua.

Xavier

ESE DEMONIO LLAMADO AMOR

Por Mallela V. Pérez Palomino

El amor es algo pasado de moda: esta es la premisa planteada por algunos en nuestra época, cuya característica es el materialismo, tiempo aciago en que la globalización derriba fronteras y defenestra principios.

Según el diccionario, el amor es afecto por el cual el ánimo busca el bien verdadero o imaginado y apetece gozarlo. Por otro lado, lo define como el sentimiento que atrae una persona hacia otra.

Existe el amor materno, el amor paterno, el amor fraterno, el amor a la patria, a Dios, el amor filial, el amor propio, el amor al arte, el amor pasional, el romántico. Dentro de este último podemos encontrar el amor platónico, el amor prohibido, el amor obsesivo.

Para Luis, galeno de profesión, el amor romántico es un padecimiento que se apodera de la mente y el cuerpo del enamorado, llevándolo al cielo o al infierno, según la respuesta del destinatario de ese sentimiento.

Puede pasar las noches en vela, obviar la alimentación, tener suspiros inexplicables, sonreírse en solitario, mariposeo en el estómago, deseo obsesivo de ver o escuchar al ser amado. Esto aunado a las taquicardias y a los deseos de experimentar caricias.

Según Ana María, sicóloga en ejercicio, el amor o enamoramiento es propio de las edades de pre-adolescencia y adolescencia, cuando todo se percibe de color de rosa. ¿Quién no recuerda su primer amor? Pero al mismo tiempo, el amor no conoce edad, raza, nacionalidad, religión o credo político. Trasciende fronteras y límites.

-¿Qué es para usted el amor?-.

Gente común responde que es algo inherente a todo ser humano y alcanza a los animales, porque también se ama a las mascotas.

Amado, dedicado a la vida religiosa, piensa que el amor más grande es el que se puede sentir por la humanidad, como por ejemplo el demostrado por Jesucristo o la Madre Teresa de Calcuta. Y agrega que el amor materno es algo muy arraigado, porque está por encima del bien y del mal: la madre ama a sus hijos, sean buenos o sean malos.

El amor ha acaparado la atención de escritores, poetas, cantautores, directores de teatro y cine. William Shakespeare dio vida a la historia de Romeo y Julieta, donde el odio entre familias mutila la relación entre dos jóvenes enamorados.

En la novela Anna Karenina, la protagonista abandona su bien habido matrimonio y se fuga con su amante, para luego ser abandonada por el mismo y escaparse desesperada por la puerta del suicidio.

García Márquez, por su lado nos presenta el “Amor en los Tiempos del Cólera”, donde Fermina Daza, viuda de su primer matrimonio, ya en edad madura, encuentra el amor de alguien que estuvo enamorado de ella toda la vida sin albergar esperanza de ser correspondido.

Javier, un estudioso de filosofía, nos dice que el amor es lo más ilógico que existe, pues amas a quien no te ama, y te ama alguien que no amas. El amor no conoce de razonamientos, al igual que la fe y el arte: se siente y punto.

Y nos dice un Ricardo, un franco entrevistado:

-¿Quién no se ha pegado una borrachera por penas de amor?-.

Al respecto Lucía nos comenta:

-Muchos buscan un hechizo para solucionar sus problemas de amor-.

Pero ciertamente existe el amor tranquilo y reposado de los esposos, luego de años de vida en común, el amor imposible, como el que siente un hombre por la esposa de su mejor amigo. No es descabellado amar a dos personas al mismo tiempo, como sucedió con Guenevere, quien amó por igual al Rey Arturo y a Lancelot.

Hay quien le dado por llamar a la relación íntima, hacer el amor. Pero también existen los que hacen el amor por amor al arte y esto, en la mayoría de los casos, no tiene nada que ver con el noble sentimiento.

El amor ha despertado en los seres humanos las mejores y las peores reacciones: ha enaltecido y ha envilecido.

El Taj Majal es un monumento que recuerda el amor de un hombre por su difunta esposa e, increíblemente, Otelo acabó con la vida de quien más amaba.

Como dice el dicho, hay amores que matan, no obstante hay amores que vuelven a la vida, como el amor por los nietos, ya que reverdecen ese objetivo de seguir viviendo, en aras del amor.

SAN VALENTÍN: ¿VERDAD O MITO?

La Iglesia Católica insiste que no existe ningún santo con las particularidades que la gente le da a San Valentín, pero sí existe en el Santoral un santo con ese nombre.

Según lo investigado, hay diversas hipótesis relacionadas a la celebración de esta fiesta que ahora, no sólo involucra a los enamorados, sino que (no sabemos si fue por influencia mercantil), hace algunos años nos habla de la amistad.

Eros o Cupido (mitología greco-romana), era la creencia de un Dios que se dedicaba a flechar a las personas para crear el milagro del amor.

De esta forma, se hizo la costumbre de ofrendarle regalos con el propósito de poder ir hacia esa alma gemela que muchos anhelan encontrar. Cristianizando esta creencia pagana, le dio el nombre de San Valentín.

A finales del siglo III, en el Imperio Romano, la política a nivel del estado era que los soldados deberían ser solteros, para que su rendimiento y consagración fuera total para servir a Roma.

Se dice que en ese entonces, existió un cura cristiano llamado Valentín que, en una capilla en la ciudad de Terni, se dio a la tarea de casar a los enamorados a escondidas de los ojos de Roma.

Claudio II Emperador, desea conocer a quien ha sido reconocido por todo el pueblo como el auspiciador de la consolidación del amor de miles de parejas de enamorados, y mediante Asterius, hace que llegue a su presencia. Realmente jamás el emperador tenía intenciones de perdonar al sacerdote, pues de su propio puño y letra había abolido el matrimonio entre para los soldados y Valentín tuvo la osadía de tratar de convertir al cristianismo al emperador.

Asterius hace mofa de las creencias cristianas y le hace un reto al sacerdote sobre su Dios pidiéndole que una de sus hijas, ciega de nacimiento, pueda ver. Al obrarse el milagro, Asterius y toda su familia se convierten al cristianismo, pero las presiones popular y política logran que se procese al sacerdote, el cual es liquidado el 24 de febrero.

Durante su encierro se enamoró de la hija del carcelero (a la cual devolvió la vista), y le escribía poemas y cartas que firmaba como de tu Valentín . Es por ello, que los enamorados firman de esa manera sus misivas de felicitación de esa fecha.

Por otro lado, se habla de una costumbre ancestral propia de los romanos que tenía cerca de 800 años, mediante un rito de iniciación, metiendo los nombres de diversas muchachas para un sorteo, el cual daba una compañera de diversión a un joven romano. Todo esto en honor a Lupercus, Dios de la fertilidad, fiesta celebrada el 15 de febrero.

En Inglaterra, también se celebra una fiesta a la cual asistían hombres y mujeres para conseguir parejas, llamada la fiesta de los valentinus y formalizaban sus uniones el 14 de febrero.

Se dice que la Iglesia Católica quiso detener estas celebraciones paganas, utilizando al sacerdote martirizado y estableció a San Valentín, al cual se le ve actualmente como Patrón de los Enamorados.

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LA MISIÓN (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

El magnetismo de los chorritos de la fuente, le acaparaban la mirada.

Vanessa tenía los ojos pegados de las gotas que se sucedían armónicamente hacia arriba y hacia abajo.

No fue consciente del tiempo que estuvo así, tan solo mirando el agua, casi catatónica.

Suspiró y su cuerpo se movió armónicamente con la paz y el gozo que experimentaba.

Botó por la boca todo el aire que tenían en sus pulmones mientras se decía que el día estaba precioso.

De pronto, una pequeña nube se posó en su pupila y, acto seguido, sintió a su lado la presencia:

-¡Qué te sucede?-

-¡Por qué preguntas cosas que sabes?-con tono suave.

-Estás triste. Muy bien, explícame de viva voz, quiero escucharlo-.

Tragó saliva y, resignada a explayarse, hizo un alto mientras ordenaba sus pensamientos.

-Hace mucho tiempo me traíste de mi casa y de los míos. Sé que suena como si fuera una desagradecida, como si no te quisiera, pero siento a tu lado que no soy útil para nada-

-¡No eres feliz a mi lado?-

-Sabes que sí. Hubo momentos en que deseé apresurar nuestro encuentro...-

-Pero eso era malo. Todo tiene su tiempo-la interrumpió.

-Sí. Era todo tan intrincado. No pertenecía a ese lugar. Encontrarme contigo es lo mejor que me ha sucedido, sin embargo, deseo saber qué sucedió después de mi partida... quiero verlos a ellos. Los amo también. Ninguno ha venido. No he sabido nada de ellos, salvo al principio, cuando mi partida los entristeció-.

Vanessa fue tomada de la mano por su interlocutor y llevada por el interminable pasillo hasta una habitación que tenía en una de sus paredes un espejo rectangular de dimensiones poco comunes.

Al situarse en frente del mismo, se convirtió en una pantalla sobre la cual se comenzó a proyectar una cinta. En ella vio la casa en que se crió desde niña. Observó el jardín en todo su esplendor con las chabelitas y peregrinas floridas, y más allá los rabos de gallo en cuyas hojas centelleaba la luz del sol. Se abrió la puerta y apareció su abuela regadera en mano.

Vanessa no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.

-Quiero ir, quiero ir- repitió como enajenada.

-No se puede. Es la regla, no se puede regresar, por lo menos antes de lo previsto.

-Debe haber alguna forma que no rompa la armonía, tú debes saberla. Tú lo sabes todo!-

-Sólo si tuvieras que ir a concluir algo o si se te encomendara alguna misión-

-Dame una misión, quiero una misión. Dame cualquier misión-

-Siempre fuiste quien querías ser. No hubo acaso sueños que no cumpliste por cobardía, pereza, falta de tiempo o disposición?-

-¡A qué vienen tantas preguntas que no ignoras?-

Su interlocutor suspiró resignado ante sus palabras. Luego movió la cabeza lentamente como diciendo que no, mientras tal vez pensaba qué difícil es ser Dios y tratar de conversar normalmente con alguien que sabe que lo eres.

-Escúchame, Vanessa. Para mí no hay nada imposible, pero hasta para Dios hay cosas difíciles. Difíciles por determinación, por justicia. Yo mando, Yo cree todo. Yo establecí las reglas. Yo diseñé el plan maestro universal. Yo les dí a mis hijos, los hombres y mujeres, el libre albedrío-.

-De vez en cuando meto mi mano para cambiar lo planeado, pero los cambios de planes traen consecuencias lógicas. Yo soy lógico.

Los principios de justicia se basan en razonamientos de la lógica. No le negarás la limosna a un mendigo y luego derrocharás con un rico. No obstante, los hombres son tan ilógicos. Creí haberlos creado a mi imagen y semejanza, pero quedan muy pocos así-.

Cuesta ser quien más manda. El equilibrio universal sólo debe ser transgredido en casos excepcionales. A veces me pregunto si realmente todo lo hice bien. Todo está concebido en el plan, mas todo no debe ser hecho por la mano de Dios.

Decía aquello y parecía como si mencionara a otra persona que no fuera a sí mismo.

-Parte del arte de la creación-siguió hablando- es que los detalles creativos surjan de la creación misma. Así, se crea el concepto en la mente de los humanos, pero ellos llevarán a cabo el cómo. Hombres como Newton, Arquímedes y otros no menos célebres, aunque no tan conocidos, dieron paso a la subsiguiente etapa creadora-.

Vanessa sólo escuchaba.

-Los hombres, las mujeres, sus sueños, sus luchas...el más erudito, el más ecuánime se deja transportar por una buena pieza de música o se sumerge en la contemplación de una hermosa pintura o un atardecer-.

-Quien no disfrute los regalos de la vida –continuó- pasará por ella inventariando los conceptos concretos sin acumular los gozos-.

-¡Qué dulce es ver a quien se acuerda de mí todo el tiempo!-añadió mientras fijaba la mirada en Vanessa-Tu abuelita, por ejemplo, cada vez que ve abrir una hermosa flor o algo le resulta bien exclama ¡ Bendito sea Dios ! y desde acá yo le contesto : -Gracias, hija mía-.

- Me incentiva gente así, pero me deprime ver cómo los seres humanos se olvidan de sus hermanos. Si sucede de esa manera con quienes están físicamente a su lado, qué se esperará con respecto a mí, que no me ven ni me tocan?

Bajó la mirada lentamente y habló en tono bajo.

-Yo también necesito amor, talvez más que cualquiera. En medio de mi grandeza, me he encontrado solo. Me consuelo escuchando los coros de los ángeles, me ocupo revisando las cuentas de mis hijos. Pero nadie más necesitado de afecto que yo-.

-Les ha entregado todo, hasta les envié el Cordero. Pero no entienden. Claro, hay sus excepciones, que son eso: excepciones. Me gustaría que fuera la regla general. Sin embargo, yo amo a mis hijos. Quien no quiere a un hijo, no puede querer a nadie-

Vanessa ya había perdido la esperanza, cuando súbitamente Él alzó el tono.

-Para ir en misión no podrás ir como tú. Y no le vas a poder decir a nadie quién eres en realidad. Podrás relacionarte con tu antigua familia, pero cumplirás con lo encomendado al pie de la letra-.

-¿Qué es?-exclamó la muchacha.

-Lo sabrás a su debido tiempo. Me encanta que mis hijos quieran ser útiles.-

-Padre, siempre he tenido una duda... si tú quieres tanto a tus hijos, cómo dejaste que Jesús se sacrificara de esa forma? Él también era hijo tuyo. Cuando estuvo en Getsemaní lloró mucho, tenía miedo de lo que le iba a pasar... Era divino, pero también era humano. Lo que le hicimos no tuvo nombre!

-Él no era hijo mío. Era mi representación. Hasta cierto punto era yo mismo. Tuvo miedo, sí. Por eso le envié el Espíritu Santo.-

-No entiendo mucho qué es el Espíritu Santo-dijo Vanessa quedito.

-Es toda la energía que fluye de mí, la que les da entereza y valor-.

-Y si fluye de ti, como es que se supone que baja cuando uno reza-.

-¿Olvidas acaso que yo estoy en todas partes? Esa energía siempre está allí. Sólo se hace más patente. Y talvez no cuando rezan, es más posible que se fortalezca cuando oran-

-¿Y no es igual?-

-Bajo ningún concepto. Siempre he creído que rezar es como recitar y no conozco a nadie que pueda conversar mientras recita, por lo menos coherentemente.-

-Y tú no puedes hacerlo?-

-Claro que podría, pero no veo nada útil en ello. Pero mira, nos estamos apartando del tema-

Vanessa miraba confundida, cuando escuchaba las respuestas a sus inquietudes. Era como si la cabeza le diera vueltas y vueltas.

-Tienes razón en lo que piensas-le dijo su interlocutor. Es muy profundo para que tú lo entiendas. Tampoco pretendo que me entiendas. Me basta la pureza de tus sentimientos.-

-Creo que es hora de retirarte-agregó. Mañana va a ser muy atareado para ti.

Y lo fue. Estuvo a lo largo del día sentada escuchando una serie de recomendaciones y sugerencias para su próxima misión.

Le fue dado todo el informe de cuánto habían cambiado las cosas, de cómo cuidarse de las malas influencias, la forma de cuidar las apariencias para parecer mortal, y sobretodo la expresa e invariable instrucción de no ingerir alimento alguno, dónde pasar la noche, etc., etc., etc... Todo excepto cuál era el propósito específico de su excursión.

Ya le estaba a punto de molestarle la frase trillada de que lo sabrás a su debido tiempo.

El viaje fue rápido, mejor dicho no hubo casi viaje. En un abrir y cerrar de ojos se encontró en frente de la casa de su familia, impecablemente acicalada con un portafolio de ventas en las manos.

Iba a disponerse a subir las gradas del jardín para tocar el timbre, cuando su abuelita se asomó por una de las ventanas de la cocina que daba a la calle.

La sonrisa que esbozó le salió del alma y sintió retozar el corazón cuando la anciana le devolvió otra igual.

Hizo un gesto de que quería hablar con ella y en instantes, estuvo frente a frente con su supuesta cliente. Ni siquiera sabía qué iba a ofrecer para vender, pero aquello no fue necesario. Sólo tuvo que tocar el tema de las plantas y las flores, y surgió una comunicación tan fluída, que hubo de suspenderse después de horas e incontables tazas de tilo y galleticas hechas en casa, las cuales se ingenió para hacer parecer que consumía.

Mientras hablaban observó a aquella mujer que tenía la cabeza blanca en canas, pero aún poseía la dignidad de una postura erecta. Lucía los eternos aretes de medias perlas ya amarillentas, pero no por eso menos hermosas. Sus manos sonrosadas en las palmas y en la parte exterior, una piel blanca con tinte de bronceado, aquel que Vanessa sabía que era fruto del ejercicio de la jardinería. Esas manos llenas de líneas honorables que llegaron temprano a razón del trabajo y la templanza, y que lucían aún en el anular izquierdo el solitario de casamiento. Había transcurrido tanto tiempo.. .

Observó que en la casa sólo estaba la abuela, aunque era obvio que vivían otras personas.

Ya se retiraba, cuando su abuela le preguntó que qué vendía, y ella le contestó que no importaba que sería en la próxima visita.

La acompañó hasta la puerta y le pidió que regresara pronto.

***

Acostumbró a retirarse antes de las seis de la tarde.

Se acurrucaba por las noches en un rinconcito que quedaba detrás del altar principal y que era utilizado para guardar los enseres propios de la brega eclesial. Dentro del armario, podía observar casullas, sotanas, estolas y otros, que eran usados por sacerdotes y monaguillos para presentarse a la eucaristía.

Era un lugar tibio y cómodo, el cual ella abandonaba con los primeros arrullos que le hacían los palominos a sus crías, en el techo de la iglesia. El sol matinal se filtraba por los vitrales envolviendo todo el interior de la nave en una claridad tibia y diáfana.

En esos momentos Vanessa se arrodillaba para ofrecer sus primeras oraciones del día.

Esperanzada en que ahora sí iba a ver a todos los demás familiares, salió tarareando una canción de esas que le enseñan a uno de niños.

Cruzó el parque y enfiló a pie por las aceras rumbo a la casa de sus padres.

De repente se desplomò el cielo en goterones sobre la gente, sin embargo no dejaron de pasar las personas, corrìan guarecièndose, pero seguìan pasando.

Se paró en medio de la calle, mientras el cielo terminaba de caerse, y fue extendiendo los brazos, mientras levantaba la cara para sentir el líquido caer en su piel. Veía las goteras de lluvia salpicándole las mejillas y las pequeñas esferas celestes aferrándose al cerco de sus pestañas. Musitó -Aguacero, bendición del cielo-.

Una señora que, paragua en mano, pasó a su lado arrugó la cara y dijo:

-Ya puedo morir tranquila, ya lo he visto todo-y continuó su marcha.

¡Hacía tanto que no experimentaba la sensación de bañarse con la lluvia! Entre las indicaciones, eso no se lo habían prohibido.

Regresó al día siguiente a conversar con su abuela. Se miró en una fotografía que tenían enmarcada en la pared y atrevióse a preguntar de quién se trataba.

Aquella anciana suspiró y luego le dijo que era alguien muy querido y muy añorado, sin ahondar en detalles.

Supo que el abuelo se fue con otra mujer más joven, después de muchas inexplicables sesiones de gimnasio, jogging y reuniones con los amigos .

La abuela posó su cansada mirada sobre la foto de su nieta preferida, y dijo con vehemencia y resignación:

-Ya nada es como antes y yo... voy a ver qué hago con tanto honor-.

-A veces los seres queridos están más cerca de lo que imaginamos-le inquirió Vanessa. Inmediatamente, sintió la plena convicción de que no era ella la que había dicho aquella frase.

-Qué va! Ese se fue con todo un plan premeditado de escape. En cuanto a mi nieta, creo que sí, creo que en algunas ocasiones la siento en esta estancia, pero después pienso: Bah! Son caprichos de vieja sola, de símbolos creados por mi corazón para matar la soledad, antes de que ella me mate a mí.-

Vanessa se estremecía toda. Ya sabía cuál era su misión. La abuela iba a acompañarla a su regreso al seno del Señor.

Se imaginó el dolor y el desconsuelo de su madre y del resto de la familia.

-Afortunadamente, en buena hora llegaste a tocar la puerta de esta casa. Quiero que sepas que me había sentido muy melancólica antes de conocerte. Qué raro, no? Que una desconocida te entregue tanto cariño...-

Vanessa no hablaba. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. No entendía el predicamento en el que había sido puesta. Su espíritu adolorido talvez no quería recordar cuando exigió:

-Ninguno de ellos han venido. Dame una misión, quiero una misión. Dame cualquier misión.-

FIN

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EL INMOLADO (POEMA)

A Rolando A. Pérez Palomino

Hermano, te has ido allá, lejos,

donde los días no terminan

y los crepúsculos bellos

ocupan todas las horas.

En el lugar que no hay tristezas

y el arco iris preña los cielos.

***

Te has mudado al lar

en que las cosas no terminan,

Al sitio donde no existe la materia

y que todo es realidad.

***

Reside tu espíritu en la lejanía

perfumando los amaneceres rojos

y susurrando consignas

a nuestra conciencia.

***

Nos ves, nos observas, nos compadeces.

Compadeces el descalabro

de nuestra escala de valores

y la supremacía del comodismo

sobre los ideales.

***

Te introduces en nuestra conciencia.

Luego, estás en el lógico resentimiento

del que muere de hambre

y la resistencia pasiva

de quien cada día

bajo el sol agoniza.

***

Sobrevives en la rebeldía del consciente

y te agitas entre los jóvenes.

Caminas entre la muchedumbre

marchando contra la injusticia.

Estás en el sudor del obrero, del labriego,

te trasmutas en la ira impotente del indio,

el grito de protesta del estudiante,

del desposeído eres el estandarte,

entibias el abrazo solidario.

***

Tu fuego no se extinguió:

ARDE MÁS QUE NUNCA.

***

Y quien no te entendió

dormita en la adicción

de los que viven ciegos

luchando la batalla desesperada

por preservar una estructura

predestinada al fin.

Por Mallela V. Pérez Palomino (1984)

 
 
 

LA FLOR MÁGICA (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

Había una vez un lejano poblado en donde vivía un viudo que tenía tres hijas.

Un día les visitó un personaje del Oriente, el cual al despedirse para regresar a su país, le entregó un regalo a cada una de las hijas del viudo.

Los presentes fueron puestos enfrente de las muchachas para que escogieran con cuál se querían quedar.

Los obsequios eran: una tiara de brillantes, un collar de piedras preciosas y una flor mágica que emitía luz en la oscuridad.

El primer turno lo tuvo la menor, la cual encogió la flor mágica, ante las carcajadas de sus hermanas mayores.

Con gestos burlones, cada una de las restantes seleccionó su joya.

Estuvieron muy satisfechas, mientras se fueron a pasear a los jardines para presumir sus nuevas adquisiciones.

Siempre había sido de esa manera: las hermanas mayores sólo hablaban de casarse con príncipes herederos de riquísimos reinos y de tener muchas joyas y posesiones.

La más chica, había tomado su obsequio y se fue a sus habitaciones donde corrió las cortinas y apagó las luces para quedar sumida en la umbra.

Se acostó bocabajo en la cama mientras contemplaba su hermoso regalo que estaba en medio del lecho y emitía hermosas luces de colores en medio de la oscuridad.

Era más de lo que nunca hubiera deseado. Recordaba a menudo a su madre, hoy ausente, la cual le decía que la luz era importante en la vida de las personas.

Se moría de impaciencia por mostrar la flor a su única amiga, la cual era humilde y vivía en el extremo de la aldea de los campesinos.

Un ángel surgió en medio de las luces prodigiosas, sobresaltando a la niña.

-No temas, sólo quiero darte un mensaje importante-.

-Sólo los humildes y puros de corazón, se hacen merecedores de este obsequio-.

La niña no lograba articular palabra.

-Pronto el dolor te embargará y sólo tu flor de luz ayudará a soportarlo-continuó el mensajero.

-Debes ser muy fuerte-el arcángel desapareció, dejando un agradable olor en la estancia.

Los meses pasaron y el padre de las tres muchachas enfermó y murió.

Las dos hermanas mayores tomaron posesión de la casa, que a falta de una autoridad, era un desastre, ya que daban órdenes contradictorias y humillaban a la hermana menor, que se la pasaba llorando la partida del progenitor.

Mientras, en el campo los labriegos continuaban sus labores, como de costumbre.

El Genio del Mal tendió su manto sobre el poblado y una gran nube cubrió el sol durante días.

Esto provocó que la gente se enfermara de desánimo y fueron contagiándose la desesperanza.

Las muchachas malvadas se dieron cuenta que su hermana menor se trasladaba de un sitio a otro alumbrada por su flor mágica, incluso le prestaba ayuda a los menesterosos de la aldea pobre.

Tramaron quitarle la flor y esperaron que se durmiera, para robar el preciado obsequio.

Entraron en puntillas y se llevaron la mágica flor. Pero, ¡oh, sorpresa!, la flor no emitía luz alguna.

-Vamos, despierta-sacudieron a la pequeña dormida-¿cómo funciona esta cosa?-exigieron, en tanto la servidumbre miraba oculta lo que ocurría.

La niña tomó la flor en sus manos e inmediatamente se iluminó la estancia y mucho más allá.

-Dinos, brujita, ¿cuál es el truco?-.

-No hay ningún truco. Ella sólo refleja la luz que lleva dentro quien la sostenga. Cuanta más oscuridad la rodea, más refulge su luz-.

Al correrse el rumor referente a la luz interior, los pobladores se llenaron de esperanza y buen ánimo.

Fue como un combustible que les devolvió la moral.

El Genio del Mal vio que la penumbra no había logrado sus propósitos y se retiró llevándose consigo su manto oscuro.

Las hermanas mayores reflexionaron sobre la experiencia e iniciaron su senda hacia la luz.

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LOS REGALOS MÁS COSTOSOS A MENUDO NO RESULTAN SER LOS MÁS VALIOSOS.

NO IMPORTA CUANTA OSCURIDAD TE RODEE. MANTÉN TU LUZ INTERIOR.

CUANDO LAS COSAS NO TE SALGAN BIEN, REVISA TU INTERIOR.

INDEPENDIENTEMENTE DE LO DESDICHADO QUE TE SIENTAS, SIEMPRE HABRÁ ALGUIEN A QUIEN PUEDAS TENDER TU MANO.

CUANDO TE SIENTAS RODEADO DE PENUMBRAS, ENCIENDE TU FLOR MÁGICA Y ELLA TE DARÁ ESPERANZA Y ÁNIMO PARA CONTINUAR.

NO IMPORTA CUANTO SE AMBICIONE LO QUE OTRO POSEE, LO MÁS IMPORTANTE ES LA PROPIA VALÍA.

EN LOS CONGLOMERADOS, ES EL INCESANTE TRABAJO DE LOS MÀS HUMILDES COLABORADORES, EL QUE SOSTIENE LAS SITUACIONES CRÍTICAS.

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“AÚN SI ME DIJERAN QUE MAÑANA LA TIERRA SE DESINTEGRARÍA, YO HOY PLANTARÍA UN ÁRBOL” Martin Luther King.

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EL LADRÓN DE COLORES (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

-Hola, abuelo-dijo con emoción Ramón a la salida de la clase. Era viernes y disfrutaba anticipadamente su fin de semana. La primera semana de clases le había revelado que no tenía papá ni mamá. Todos los demás compañeros eran retirados de la escuela por alguno de sus progenitores, menos él.

Caminaba hacia la casa de la mano de su abuelo Heráclides y se atrevió a preguntar por qué él no tenía papá y que dónde estaba su mamá.

Heráclides no supo qué contestar, y aprovechó que pasaban frente a una dulcería para distraerlo comprándole el mil hojas, dulce de su preferencia.

Después de esta experiencia, Heráclides empezó a ver a su nieto como un niño gris, que de repente se desconectaba de lo que le rodeaba.

***

Los niños jugaban girando y girando, extendiendo los brazos hacia los lados y cerrando los ojos, hasta que el mareo los llevaba al piso donde se dejaban ir muertos de la risa.

Ramón se cubría con ambas manos las orejas para dejar de oír el ruido, y reiteradamente volvía a tapárselas para seguir escuchando.

Mientras los otros chicos jugaban en el pasillo, para él era toda una experiencia escuchar los ruidos y voluntariamente, dejar de escucharlos.

De repente, escuchó un estruendo encima de la vivienda, y salió corriendo y gritándole a la muchachera:

-Hay gallinazos en el techo-

Toda la tropa salió como estampida a la calle, zarandeando a doña Mafe, que iba entrando por la puerta de la escalera principal al mismo tiempo que ellos salían.

Entre gritos y aspavientos, la señora los maldijo y remaldijo hasta que el último salió, y ella

toda maltrecha entró a su vivienda después de chacharrear, porque no encontraba sus llaves en el gran bolso que solía cargar guindado del hombro izquierdo.

Los vecinos comentaban que a doña Mafe la llamaban Herodes, porque odiaba a los infantes, los ajenos, por supuesto; porque nunca tuvo los propios. Nunca se casó y tampoco hubo niños de la familia qué consentir. Muy poca parentela la visitaba, y los vecinos decían que a eso se debía a su mal carácter. La verdad no había seguridad si era causa o efecto.

Doña Mafe, era enfermera jubilada. Vivió en aquel apartamentito con su madre, a la que atendió, con entereza y disciplina su penosa enfermedad, hasta que partió a mejor vida. Luego se quedó sola, y más malgeniosa que nunca.

Bueno, eso era lo que decían los vecinos, que se quejaban de que a doña Mafe todo le molestaba.

Para la muchachada era una novedad observar aquellos pajarracos prietos y feos, posando, levantando las alas, caminando acompasadamente dando giros como en pasarela. No sabían que los gallinazos estaban tomando sus baños de sol.

Cuando se aburrieron de ver a los gallotes, cada uno tomó su camino.

***

La madre del niño se había ido quién sabe dónde. Quedó al cuidado de su abuelo, hombre trabajador, recto y respetable.

Mara, la hija de aquel ejemplar ciudadano, no parecía ser su hija, mejor dicho, se

asemejaba demasiado a su madre.

En la vecindad comentaban que Mara no era realmente hija de Heráclides.

Se casó éste en segundas nupcias dos años después de haber enviudado de su entrañable Casilda. Aún parecía la difunta recorrer los aposentos de la casa, cuando fue sustituída por Carola Suárez.

Esta mujer llegó romperle el corazón al viudo con sus desplantes y mal carácter, atormentando el insomnio de los vecinos que a diario se deleitaban con su belleza.

De padres cubanos, esta hermosa mujer llegó desde el primer día mandar como dueña y señora de casa, ante las miradas de impotencia de sus dos hijastros y el silencio aprobador de su esposo.

A éste parecía encantarle que supieran que aquel monumento era su mujer.

La conoció en casa de un cubano que dizque podía comunicarse con las ánimas y lo conectaba con la difunta Casilda.

Cada vez que Heráclides llegaba donde el espiritista, le decía :

-Ojalá hoy sí venga la difunta-y el cubano le contestaba:

-Santa palabra, caballero, santa palabra-.

La primera pelea seria entre Carola y Heráclides degeneró en dimes y diretes, al final de los cuales la enfurecida mujer recogió todos sus bártulos y alcanzó a gritar desde la calle:

-Qué va, chico, a éste no me lo sigo calando yo!-.

Y es que en tres años de matrimonio, ella siempre se refería a su estado civil como mujer cansada y no casada.

Se fue Carola y durante un año estuvo el marido abandonado moviendo cielo y tierra para averiguar su paradero.

Se fue a buscarla a Cuba y la encontró desnutrida, demacrada y criando gemelas o jimaguas, como decían allá.

En medio de la burocracia estatal y los reclamos de quien decía ser el padre de las criaturas, logró sacar a su esposa, pero con la condición de dejar a una de las niñas con su progenitor.

Arrullando a Mara y con los ojos llenos de lágrimas, tocó pie Carola en tierras panameñas en compañía de Heráclides, el imperturbable.

Creció Mara como la niña de la casa y cuando apenas contaba trece años, ya la gente la apodaba Maraladelbarrio, debido a sus múltiples amoríos.

Cuando cumplió dieciséis años, se embarazó y nunca se supo a ciencia cierta quién era el padre.

Su madre estaba muy ocupada en sus propios romances ilícitos, para darse cuenta del camino que tomaba su hija.

Chano, el hermano de Heráclides, quien fuera el sarcástico de la familia, ante esta situación, decía a rajatabla:

-Es como el abolengo, lo puta se lleva en la sangre-.

-Sólo nos falta verla con uno en el saco, otro de la mano y otro en el cuadril-allí suspendía su discurso ante la mirada desaprobadora y seria de su hermana.

La hermana de Heráclides, Nidia, la cual se quedó para vestir santos, era quien auxiliaba a su hermano en lo referente al cuidado del niño cuando las mujeres abandonaron el hogar.

Nidia era un personaje muy conocido en los grupos de la iglesia y las fundaciones de beneficencia. Vivía sola en la casa materna, después que Heráclides se casó con Casilda y Chano decidió que se iría a vivir solo en un apartamento.

Esta mujer tenía una teoría muy personal sobre los hombres: les encantan las mujeres fáciles, aunque morirían antes de admitirlo, y por supuesto, esta hipótesis incluía a su propio hermano. Pero ante tanta miseria humana, prefería callar porque, según ella, uno nunca sabe.

Mara se consiguió un novio que le propuso matrimonio, sin embargo, todo daba la impresión que aún ella seguía frecuentando a su anterior consorte.

Cuentan que el día de la boda lo dejó plantado en la iglesia y éste se fue a buscar a su rival, encontrándolo borracho en una cantina, llorando la pérdida de su amada.

Al final, fue inocultable el hecho de que se fugó con el recién adquirido amante de su progenitora. Su hijo Ramón no figuraba dentro de sus planes.

Después de estos eventos, Carola partió a Cuba nuevamente y nunca regresó ni nadie la fue a buscar.

La gente murmuraba sobre la hermana gemela de Mara y una vecina malintencionada expresó que no creía que tanta porquería se diera por partida doble.

-Madre santa-pensaba Heráclides-¡qué bueno que no estás para ver este desastre: Nidia solterona, Chano marica oculto y yo cuernosmansos !-.

***

Ramón, se puso a esculcar en el cuarto de depósito del abuelo y encontró tapado un viejo motor que manipuló por mucho tiempo. Estaba tan azarado en su faena, y se limpiaba el sudor de la cara con el revés de las manos, sin fijarse que estaban totalmente sucias con el aceite requemado.

Sintió hambre y dejó el trasteo para después. Salió rumbo a la cocina. El viejo perro que a esa hora se despertaba de su siesta junto al librero, se le quedó viendo y comenzó a gruñir y enseñarle los colmillos, de tal forma que Ramón se asustó.

-Sultán-lo llamó por su nombre y poco a poco la mascota se tranquilizó, después de haberse sobresaltado viendo aquel extraño enano cara de carbón. El perro se fue a beber plácidamente agua en su rincón de la cocina y luego, a dormir de nuevo.

Después del susto con Sultán, Ramón se fue a lavar las manos, porque se quería preparar un emparedado.

Iba cargando su frugal comida, hacia la sala de estar cuando se fijó en el hombre que se mantenía de pie sobre el umbral, con su cara triste y su traje inusualmente alegre.

Era alto y talvez sería distinguido, si no llevara tan extravagante indumentaria.

El niño lo miró con azoro, como diciendo -¿esto qué es?-.

Reparó Ramón en la pechera hecha con tela de diseños que semejaban cocadas, mitad verde caña mitad naranja, con un grueso borde en negro, y que se completaba con las mangas largas ceñidas, de color negro. Éstas se encontraban con un par de guantes con diseños iguales a los de la pechera, pero las cocadas en dibujos más pequeño.

Cuando el extraño gesticulaba con las manos, parecía dejar un halo de colores en el aire.

Miró boquiabierto el sombrero que tenía cinco puntas curvas como cuernos, aparentemente rellenas y terminaban cada una en un cascabel, igual a los personajes que hacían reír a la gente en la película que lo había llevado a ver su madrina el domingo pasado.

Todo el sombrero era de color turquesa, al igual que los apretados pantalones que dibujaban en detalle, el cuerpo fornido del visitante. Junto a la basta de los pantalones, se observaba unas babuchas negras con una gran punta curva, que se prolongaba hacia el empeine finalizando en un cascabel más grande que los del sombrero.

Reposaba sobre sus hombros una pequeña capa semicircular, hecha de tela brillante color verde caña, mostrando igualmente sus bordes que sobresalían en forma de punta, con el remate del cascabel en el vértice.

No se observaba el rostro, porque estaba pintado totalmente de blanco, excepto los ojos y la boca, que estaban maquillados de negro y naranja, respectivamente.

-¿Quién eres?-preguntó el niño.

-Soy el ladrón de colores-contestó el indagado.

-¿Tú te robas los colores?-

-Sí, así es-

-Y para qué?-

-El gran jefe me ha dado esa tarea para quitárselos a quienes no los aprecian y regalárselos a quienes llevan una existencia gris-

-¿ Y a dónde te llevas los colores?

-A cualquier parte en que los necesiten, pero mientras, los almaceno en el arco iris-

-Los colores son necesarios?-

-Sí, jovencito-

***

Desde que Carola se fue, las vecinas tenían atenciones especiales con los hombres abandonados: abuelo y nieto.

Les ofrecían del sancocho del día y le pedían que les regalara a cambio arroz, pues a ellas no les había alcanzado.

Heráclides sabía que era un truco para crear una reciprocidad que no atentara contra su dignidad.

Los hijos de Heráclides se fueron de casa de su padre en cuanto lograron emplearse. Para ellos era insoportable la prepotencia de su madrastra, la conducta de su medio hermana y la pasividad de su padre.

Varias veces tuvieron que agarrarse a puños, en medio de actividades deportivas, con quienes hacían comentarios de su hermana, que para reconclavar, ellos sabían que eran valederos.

***

Cada semana entraban todas las mujeres del vecindario, niñas y adultas, como una invasión, armadas de escobas, recogedores, trapeadores y cubos; protagonizando un asalto de limpieza que volteaba la casa patas arriba, cual tornado.

Ramón disfrutaba aquel revulú y Heráclides fingía que se ponía bravo cuando le pedían permiso para limpiar todos los sitios en que se le ocurría ponerse.

***

El ladrón de colores regresó un día en que Ramón luchaba por no dormirse a la hora de la siesta.

No supo el niño cómo, en un abrir y cerrar de ojos, fueron transportados y aparecieron en un camino de tierra, la cual estaba llena de personas muy delgadas tiradas por doquier. Aquellos seres humanos tenían moscas en sus caras.

Los había de casi todas las edades, pero Ramón notó que no habían ancianos.

-¿Qué es esto?-le inquirió con ansiedad a su interlocutor.

-Son personas que están muriendo de hambre. La guerra no les permitió sembrar la tierra y ahora no tienen qué comer. Sienten tal debilidad por la falta de alimentos, que se tiran al suelo esperando la muerte-.

Iba a hacer otra pregunta, cuando se sintió trasladado a otro lugar que estaba lleno de niños, lo cuales tenían al en común: eran calvos.

No obstante, jugaban y reían como si nada.

-¿Por qué no tiene pelo?-interrogó Ramón.

El ladrón de colores le respondió que eran niños enfermos que perdieron el cabello debido a un tratamiento que se les aplicaba para alargarles la vida.

No bien había terminado de digerir la situación, cuando se encontró solitario en su habitación.

Brincó de la cama tras un momento de meditación, y se asomó al espejo, tratando de imaginarse cómo se vería sin cabellos.

Corrió luego a los brazos de su abuelo, estampándole un sonoro beso en la mejilla. Después de semejante demostración, fue hacia Sultán y lo apretó tanto que el pobre perro se quejó.

Acto seguido, se fue donde las vecinas y las abrazó y besó hasta que se cansó y ellas gritaban de la sorpresa y contentura.

El ladrón de colores nunca más regresó.

Al principio, Ramón sentía angustia de que se fuera a aparecer y le robara sus colores. Pero transcurrido algùn tiempo, comprendió que realmente lo había ayudado a descubrir los colores de su vida.

Nunca más mortificó a su abuelo con la pregunta respecto a sus padres, aunque todavía se inquietaba por dentro.

Ahora le preguntaba cómo se podría ayudar a la gente que por hambre y enfermedad no tienen colores en su vida.

El abuelo le contestó:

-Pregúntale a tu madrina-.

FIN

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LA VIDA ES UNA MIERDA (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

Una página solitaria y sin firma quedó tirada en la mesa entre los pedazos de tejido cerebral, debajo de la cabeza inerte.

A un lado de la mesa, en el suelo, la pistola. Justamente debajo del brazo extendido que ya daba muestras del rigor mortis.

Un tapiz de motas rojas de diferentes tamaños cubría parte de las paredes y el cuarto tenía evidencias de no haber sido ordenado o limpiado en semanas.

Antaño se divertía chantajeando a sus seres queridos con un potencial suicidio, causando alarma, hasta que todos se cansaron de sus arrebatos. Según él, nadie lo quería. Tuvo las mejores oportunidades y cuando debió tomarlas, no lo hizo.

Después de cada berrinche se iba a la cantina de barrio y le contaba sus penas al bueno de Arquímedes, quien le escuchaba con la misma paciencia que oía a todos los parroquianos.

“La vida es una mierda” fue su última protesta contra el mundo o la gente, o ¡qué sé yo!

Y la dejó escrita en una página antes de apretar el gatillo.

Nadie sabrá nunca qué tiempo transcurrió entre una acción y la otra.

Si dudó en algún momento o si el desenlace después de escribir, fue expedito.

Sólo sabremos que sus últimas letras insultaban lo que la mayoría de los seres humanos bendicen, alaban y agradecen: la vida.

Se fue como siempre fue: insultante, irreverente y rebelde. Como diciendo: vida, no te agradezco nada porque no has valido nada; él que era hermoso, carismático e inteligente.

Le dio solución definitiva a sus problemas temporales.

Su despedida insolente, mientras recorría el pasillo hacia la muerte, confirmaba su apología a los antivalores.

FIN

El material literario de los artículos publicados en este sitio es propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.).

Publicado en Suplemento Argenpress Cultural el 8 de noviembre de 2008.

http://cultural.argenpress.info/2008/11/la-vida-es-una-mierda.html

 
 
 

TROPEZÓN CON LA BONDAD

Desfallecí contigo en el discurso triste,

Me bañé en tus palabras de lágrimas mojadas,

Sin levantar un dedo siquiera, engullí tus ansias que llevaban

Dentro pedazos del alma.

Adolorido espíritu a traspiés camina,

Tratando mostrar dignidad supina:

La pena, el dolor que el pecho purifica,

Limpia, reconforta, humaniza.

Invasión de vibraciones de humildad, de encanto

Y se obnubila el llanto con una sonrisa, ´

Arco iris nacido después de la tormenta

Coloreando el cielo ayer enlutado.

Tu sonrisa, ¡Oh, Dios, qué regalo!

Imagen en mi mente para evocar sin prisa.

Toda la noche soñando con tu mirada limpia,

No haces nada: sólo me miras.

Me envuelves con dulzura, sin razones:

Ternura que fluye de tus pupilas prístinas.

Tu semblante laxo, tu rictus, amable

Y esa mirada posada en mi boca

¡Dios del verbo!¿Qué he hecho para merecerla?

Y de paso ser blanco de tus bendiciones.

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