NENA (Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino
NENA
Acababa de llegar a Ciénegalarga. La señora Matilde de Espino, quien fuera el primer contacto que tuvo Jorge Sánchez con la gente del pueblo, entre una cosa y otra, le habló sobre la mujer que pasaba caminando por la calle contigua. Pensó el maestro que sería porque en un pueblo no hay mucho de qué hablar.
La señora Matilde le fue recomendada en la Dirección Provincial de Educación, para solucionar lo de la vivienda. Jorge consiguió en arriendo una casa espaciosa y barata, y se estableció dispuesto a ganarle la batalla a las vicisitudes de la vida.
La situación se había puesto muy dura, y no había podido conseguir trabajo. El dinero que le pagaban por las clases privadas que dictaba, no le alcanzaba para sostener el escuálido presupuesto familiar.
Las cosas estaban tan críticas en aquellos días, que Jorge estuvo a punto de dar la razón a sus suegros, cuando decían que su hija Elena no tendría futuro junto a él.
Una vez escuchó desde la sala, a su madre política, mientras picaba guisos, cómo le recriminaba a Elena su modesta situación económica y ésta sólo le alcanzaba a decir que saldrían adelante.
-Sueños de apio, hija mía-contestó la mujer, sin importarle que su yerno la estuviera escuchando.
Tenía interminables noches de pensadera, de esas experimentadas por quienes hemos pasado tiempos difíciles.
Perdió su empleo en un colegio hebreo, en el cual no le pagaban mucho, pero siempre había para resolver las situaciones más apremiantes. Con el pretexto de la recesión creada por el triunfo del No en el referéndum, (cosa que Jorge sabía que era falsa), los dueños de la escuela le notificaron que sólo trabajaría con ellos hasta ese año lectivo. Sus Navidades ese año fueron extremadamente austeras y ni hablar del período de vacaciones.
Cuando divisó su nombre en la lista que publicó en el periódico el Ministerio de Educación, pegó un brinco y se fue casi corriendo a contarle a su familia. Arribó entonces al hogar con la noticia y, en menos que se persigna un ñato, quedaron envueltos en el julepe de la mudanza al interior.
Elena, su esposa, corría de aquí para allá, consiguiendo cajetas en el comercio, ordenando lo que se iban a llevar y regalando lo que consideraba innecesario.
Los padres de Jorge habían emigrado a la ciudad hacía mucho tiempo, cuando las cosas se pusieron duras en interior con lo de la sequía. No obstante, Jorge se había criado, prácticamente, toda su vida en la ciudad capital y no se acordaba cómo era la cosa por allá.
Eso sí, el ambiente campirano lo llenaba de nostalgias y no sabía por qué.
Se imaginó que le esperaba una vida aburrida, ya que tenía entendido, por comentarios de personas que conocía, que en el interior después de las seis de la tarde no hay más nada que hacer, salvo hablar de la vida ajena y dormir. Ahora que, por el hecho de que todo el mundo tenía televisión, de repente uno podía mantenerse informado y hasta entretenido, pensó.
Su esposa era de la capital y se le pasó por la cabeza que ni ella ni los niños tenían idea de cómo era la vida en una población rural.
***
La primera vez que Jorge vio a Nena, supo por qué era la comidilla entre las mujeres del pueblo vecino y, a la vez, el sueño de todos los hombres del lugar (como le dijera la señora Matilde).
Nena era un mito para muchas personas, especialmente para los varones. Se especulaba mucho sobre su edad, pero parecía que nadie había llevado bien la cuenta, porque ninguno estaba seguro de cuántos años tenía realmente. Algunos decían que podía tener cuarenta años, pero igualmente no estaban seguros.
Lo que sí tenía Nena, era una presencia magnética y unos ojos azules aprisionados en una tupida cerca de pestañas negras que, cuando se dignaban mirar a algún cristiano, lo ponían a soñar. Eso fue lo que pudo comprobar el joven maestro, cuando tuvo la ventura de verle.
No se le conocía hombre y tampoco gustos extraños en materia del amor. Había escuchado Jorge que, estuvo Nena mucho tiempo fuera del pueblo, y se rumoraba que anduvo por las Europas . Total, ella nunca negó o aseveró ningún rumor, porque igual nadie se atrevía a preguntárselo.
Cuando Nena pasaba lo único que se le escuchaba decir era buenos días y buenas tardes. Decían que nunca salía de noche. A la tienda se presentaba a comprar lo necesario y, tal pareciera que, a menudo escogía la hora en la cual no hubiese ningún cristiano interesado en comprar.
Las contadas veces que entró a la tienda de Chayo a hacer sus compras, y había otros clientes por ahí, se hacía un silencio expectante, lo cual Nena aprovechaba para comprar de antes que los demás. Fue así como Jorge la vio por primera vez. Las miradas curiosas de la gente pueblerina al observar el nuevo maestro, sufrieron un paro, al presentarse Nena en la abarrotería.
Jorge la miró como se mira en las ciudades: con esos ojos del que está acostumbrado a ver de todo, no obstante, no pudo pasar por alto el porte distinguido, la piel blanca y tersa, y los ojos…
-¡Dios mío, qué ojos!-pensó el maestro.
Nadie se dio cuenta de lo perturbado que estaba, porque todos contemplaban a Nena.
La casa que habitaba Nena era grande y se localizaba en la carretera que comunicaba a los poblados vecinos. Estaba pintada de blanco con verde turquesa y para llegar a ella, era necesario franquear la muralla de veraneras, rabos de gallos y bellísimas.
Fue propiedad del abuelo de Nena, un español al cual todo el mundo le decía Pepe y que tenía por apellido Palomino. Vino a hacerse rico construyendo barcos en el puerto de Guararé. A pesar de haber hecho un buen capital, parecía que no le interesaba darlo a entender con su modus vivendi. Se casó con una paisana y luego enviudó, quedándole un hijo llamado Manolo, el cual sólo tenía para entonces diez años.
Como el peninsular nunca se volvió a casar, prácticamente le dedicó su vida al heredero. Le puso una chaperona, que lo atendía con los mejores cuidados, incluso en las noches, en las que el viudo se dedicaba a entibiar con su compañía a alguna dama solitaria.
Manolo creció, estudió en la capital y al volver, se encargó de los negocios del padre, los cuales ya no eran de construcción de barcos, precisamente. Conoció y contrajo nupcias con una bella muchacha de un pueblo vecino, igualmente descendiente de españoles. Mientras tanto, la fortuna de los Palomino seguía creciendo.
Manolo y su esposa se quedaron a vivir con Pepe, y le colmaron la vida de alegría al viejo, al darle una hermosa nieta al cabo de un año de casados. Esa era Nena.
Jimena Palomino Barahona vino al mundo una noche de junio, en que todos los habitantes del pueblo se acurrucaban en sus lechos, debido al abuso de la silampa. Descomunalmente hermosa desde el primer llanto, constituyó el alma del diario bregar en el caserón y muchas veces, la terapia de su solitario abuelo, el cual no dejaba sin cumplir ninguno de sus caprichos.
Creció mimada por el cariño de todos los que la rodeaban, el cual le entregaron a borbotones.
-¿Y quién dejaría de adorar aquella niña bonita con rizos de castaño claro, mirada del color del cielo y sonrisa pícara perfecta?-se preguntaba casi en éxtasis su padre, quien era uno de sus más fervientes admiradores.
Su dependencia de Nena aunada al hecho de que su esposa no quiso darle más parentela, lo llevó a convertir su matrimonio en la más monótona experiencia. Había días en que él y su esposa sólo intercambiaban a lo sumo cuatro frases: buenos días, hasta luego, la comida está servida y hasta mañana.
Una noche en que Manolo no podía dormir, prendió la lamparita de la mesa de noche y trató de leer. Pero al no encontrar sus lentes, concluyó que para hallarlos necesitaba sus lentes, decidiendo entonces intentar conciliar el sueño. Casi accidentalmente, posó su vista sobre el rostro de Fátima, su esposa, la cual dormía a su lado como un angelito.
-De veras que es hermosa-pensó.
Había pasado tanto tiempo en que no reparaba en ella, que se revolvió por dentro al tomar conciencia del hecho.
Conoció a Fátima después de mucho aguaitarla y husmear su rutina. La vista se le deleitó con esa belleza, la primera vez, un Domingo de Resurrección, en medio del Paseo de los Santos alrededor del parque, el cual era amenizado por el interminable repique de la campana de la iglesia.
Todos en el pueblo escuchaban a los beodos llorando a gritos al muñeco que representaba a Judas Iscariote, el cual amaneció ahorcado en un árbol del parque, y se reían a causa de los lamentos prefabricados para hacer del espectáculo una verdadera sátira. Mientras, Manolo no le perdía detalle a aquella muchacha distraída que les preguntaba a las amigas a cada instante el significado de cada uno de los comentarios chistosos que brotaban de la garganta de los borrachos y que eran la delicia del público.
Sí. Fátima no era muy inteligente que digamos. Pero en cambio, la naturaleza la compensó con una belleza parecida a las pinturas del renacimiento. Todos, hombres y mujeres no podían evitar mirarla al pasar.
-La belleza que le heredó a Jimena-murmuró a sabiendas que la gente decía a sus espaldas que su esposa era torpe y moga.
***
Llegó el camión con la mudanza y los gritos de los niños se escucharon al ver nuevamente a su padre. Jorge experimentó una alegría interna que se le derramó en la sonrisa.
-Ahora sí vamos a ser una familia de verdad. Voy a trabajar duro en la escuela y fuera de ella para echar adelante-se dijo.
Los agarró la noche y no habían aún abierto todas las cajetas, así que averiguaron dónde comprar comida y solucionaron el problema por ese día.
No cambiaba la experiencia de enseñar en aquel pueblito, pues por lo que había visto, los niños estaban ávidos de conocimiento y mostraban un marcado respeto hacia sus mayores.
La escuelita, aunque muy rural, estaba bien pintada, limpia y acogedora. Se enteró que en este aspecto, los padres de familia tenían gran parte de la responsabilidad.
Se sumergió en el proceso de enseñanza con tal inspiración, que tan sólo lo pudieron sacar aquellos ojos de mirada inquisitiva, que pudo ver a través del espacio libre de la ventana entreabierta.
Esa mirada ya no estaba allí cuando Jorge reaccionó. Y no volvió a encontrarla por algún tiempo.
Estaba seguro que aquel era el ambiente ideal para que sus hijos crecieran y se formaran. Quizás echaría raíces allí, quizás no. El tiempo lo diría.
El único hospital cercano estaba ubicado en la ciudad de Las Tablas, y éste sí que era un inconveniente, según se planteó. Sin embargo, la noche que la niña se enfermó en un santiamén, despertaron al viejo Chago, y en su chiva lo dejó a él, su esposa y su niña en menos de veinte minutos en el centro hospitalario.
Elena tuvo que quedarse con la niña, pues le iban a practicar unos análisis. Después de mucho pensarlo, Jorge se retiró, creyendo que tendría que despertar a la señora Matilde, quien con mucho agrado, le cuidó a Jorgito, mientras hacían el viaje al hospital. Ella misma fue quien despertó a Chago.
-¡La gente de aquí sí es de verdad!-pensaba Jorge valorando las acciones solidarias.
Un señor que pasaba en una camioneta destartalada paró frente a Jorge.
-Compa, pa’onde va usted?-
Después de breve plática, abordó la camioneta. Había pasado tiempo esperando transporte y el compañero de viaje ahora lo ponía al tanto, que después de cierta hora ya no iba a encontrar quién lo llevara. Le contó que era ganadero y Jorge le dijo que era maestro.
El hombre llevaba un destino distinto, pero de todos modos la distancia era menor desde el punto en que lo dejó.
Afortunadamente era noche de luna y el maestro caminó rápido para llegar cuanto antes a importunar a la señora Espino.
Se distrajo en su acelerada travesía, al ver una sombra aproximarse por el camino.
-¿quién podrá ser a estas horas?-.
No había terminado de pensar, cuando ya tenía enfrente aquellos ojos celestes, mirándolo fijamente. Era algo mágico, no podía moverse de su puesto, perdió la voluntad.
***
Se despertó asustado con los primeros cantos de los gallos y pudo constatar que no había sido un sueño. A su lado estaba Nena. Hermosa en su pesado sueño posterior a las batallas amorosas.
Brincó del lecho para vestirse a toda prisa. Tenía que irse a buscar a su hijo antes que saliera el sol y su esposa regresara.
Se fue y Nena ni se enteró.
Todo volvió aparentemente a la normalidad, menos él en su interior. Los recuerdos de aquella noche mágica y cruenta, lo abstraían de su clase, a tal punto que, a veces, tenía que sacudir la cabeza para volver a tomar contacto con la realidad.
Comenzó a sufrir de insomnio y muy íntimamente, no disfrutar estar con Elena, a pesar de los mimos y cariños que ésta le propiciaba. Le sugirió que fuera a ver al médico, por aquellas noches en vela. Su esposa se acostumbró a que él abandonara el lecho en las noches, y se pusiera a leer en la sala.
El conflicto interno lo estaba acabando.
Al día siguiente, en plena clase, volvió a ver la mirada celeste a través de la ventana.
Esa noche se derrumbó su voluntad y cesó su resistencia. Sus pasos lo llevaron al lecho de Nena, la cual lo recibió con espontánea alegría y lo llevó luego a un cielo de estrellas titilantes. Sus pasos semejaban pisadas sobre nubes de algodón rosa, que lo impulsaban hacia arriba para luego caer, repetitivamente hasta la agonía.
Abría los ojos ya avanzada la madrugada.
Desde entonces empezaron los problemas. Ya no le importaba levantarse de la cama a cualquier hora de la noche para ir a refugiarse en los brazos de su amada.
Elena presentía que algo estaba ocurriendo, pero no sabía exactamente qué o quién. Le molestaba sobremanera, cuando ella salía al pueblo oír cómo la gente cuchicheaba y luego su silencio abrupto cuando les pasaba al lado.
Y es que pueblo chiquito, infierno grande. Pero, otra cosa muy cierta es que todo el mundo se entera del cuento antes que el interesado.
***
El maestro decayó en sus rendimientos y se mostraba abstraído, talvez reviviendo en la memoria sus viajes empíricos.
Poco le importaba ser la comidilla de todo el pueblo, mientras Elena se abatía en el más amargo estoicismo jamás experimentado.
Desde la inesperada y trágica desaparición de sus padres y el viaje que el abuelo, ya octogenario se antojó de hacer a la madre patria, Nena vivía sola con algunos criados de confianza. Heredera universal de toda la fortuna, la gente no se explicaba su modestia al vivir en aquella casa.
Una noche de aquellas tantas, Jorge ya no encontró la puerta ajustada en la casa de Nena. Se regresó a casa con un mal sabor en la boca y con el pensamiento dándole vueltas.
Nunca más halló acceso a los predios de su amada. Una madrugada entera, se la pasó tocándole la puerta y llamándola, con tal ruido que resultaba imposible que ella no le escuchara. Aquella noche lo agarró un aguacero con fuertes vientos, que soportó sentado fuera de la puerta de la casa de Nena.
Empapado, maltrecho y con calentura, fue retirado por la policía del lugar a requerimiento de la dueña de la casa. Fue llevado directamente al hospital debido a la fiebre que le hacía decir incoherencias. Le dictaminó malaria y lo dejaron recluido, bajo los cuidados solícitos de su leal esposa.
Jorge se negaba a probar alimento y no tomaba medicamento alguno. Su condición fue desmejorando paulatinamente. La desesperación llevó a Elena a preguntarle, que por Dios qué pretendía, y él le rogó que fuera donde Nena y le pidiera que fuera a visitarlo.
Jamás creyó Elena haber experimentado una humillación tan grande cuando su esposo le hizo aquella petición. Pero aún faltaba, porque al presentarse a casa de Nena a cumplir con el encargo, ésta le dijo que ella no tenía ningún interés en visitar enfermos .
Sin explicación médica específica, Jorge abandonó este mundo, en medio de la indignación del poblado, que se había solidarizado con Elena y sus hijos.
La casa de Nena se llenó de silencio y muchos especulaban que la mujer se había ido de viaje.
Elena no tuvo casi tiempo de llorar a su difunto esposo. Fue a parar a la casa de sus padres en la capital.
Haciendo de tripas corazón, trabajó durante años como una esclava para afrontar sus responsabilidades. Tenía dos trabajos, uno de los cuales era medio tiempo de noche.
Una noche que regresaba a casa, pasó por una zona cercana a varios centros nocturnos y creyó que sus sentidos la engañaban.
Se acercó todo lo que pudo y corroboró con sorpresa, que la mujer avejentada, que caminaba de esquina a esquina ofreciéndose, con la cara pintada cual payaso y todas sus arrugas bajo el frío sereno de la noche, era aquella que en el pasado le había arrebatado el amor de su marido.
FIN
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- Publicado: Lun 08 Mar, 2010 11:22 am GMT
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Por Mallela V. Pérez Palomino
A Rolando A. Pérez Palomino
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