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CULTURA

 

PERSUASIÓN (Poema)

Por Mallela V. Pérez Palomino

De tus ojos, cristalina, baja una lágrima

y se confunde con la lluvia que nos moja.

¿Es que tengo que creer en tu dolor que dudo

o debo de pensar ante tu cara roja

que el llanto incontenible, abundante y mudo

es a causa de que alguien tu verdad deshoja,

cual flor que en sacrificio del sentimiento puro

el follaje de la verde mata desaloja

para luego yacer en el mundo del platonismo oscuro...?

Te creo.

 
 
 

PRISIONEROS

Por Mallela V. Pérez Palomino

La ciudad de Panamá La Vieja es asediada y saqueada por el corsario inglés Henry Morgan el 28 de enero de 1671 y su Gobernador Juan Pérez de Guzmán ordena incendiar la Casa de la Pólvora, dejando la ciudad en llamas.

(Cuento)

En aquella casa de descanso Ana Isabel permanecía metida en su mundo. Se rumoraba mucho sobre su estado de salud mental y la gente comentaba que aquella enfermedad había sido un castigo de Dios para su prepotente progenitor.

Ella seguía mirando a la nada, sin articular palabra, y obedeciendo mecánicamente alguna de las rutinas que las nodrizas se esmeraban en hacerle cumplir con la vana esperanza de que reaccionara.

Pero era inevitable, si no le daban los alimentos como a una criatura, Ana Isabel no se alimentaría.

Ana Isabel siéntese, Ana Isabel párese, Ana Isabel levante el brazo, Ana Isabel esto, Ana Isabel lo otro ; esa era la rutina.

En las tardes la sentaban, acicalada y olorosa a agua de rosas, en una banca del jardín, y ella se transportaba mentalmente a aquellos tiempos en que todo era diferente.

**********************************************************

Ana Isabel de Villavicencio se incorporó de su lecho y fue a pararse frente al tocador. Sus ojos hinchados por llorar el infortunio, se posaron sobre aquella imagen patética del espejo.

Trató de pensar qué senda tomar ahora que su padre, temeroso del qué dirán, le había confinado por semanas enteras en su habitación. Según él, así recuperaría la cordura.

-¿Qué pensaría Diego de su ausencia?-suspiró y se dijo que no se casaría con nadie a quien no amara. Sonrió entrecerrando los ojos.

La primera vez que se miraron fue aquella madrugada en que, junto a su madre, caminó la Calle de Santo Domingo. Luego, cortaron camino entre las callejuelas rumbo a la iglesia Catedral y estuvieron a tiempo para el rosario de la aurora.

A Diego se le veía siempre en menesteres de mozo en la tienda ubicada detrás de la casa del Obispo: cargaba cajas con bastimentos, atendía a los clientes y mantenía ordenado el negocio. ¡Era tan bien parecido y gentil!

Fingía Ana Isabel acomodarse la mantilla, para intercambiar miradas con disimulo. Sentir aquella sensación de dulce agonía en el estómago, cuando le entregaba el corazón con los ojos, era suficiente para esperar a verlo al día siguiente.

Su padre pegó el grito al cielo cuando ella se negó a aceptar a pretendientes de abolengo, y fue, viejo zorro perspicaz, a indagar con gente conocida.

Leyó Ana Isabel el mensaje deslizado bajo su puerta y supo que su progenitor había encarcelado a Diego, blandiendo todo su poder para separarles.

Iba a evadirse por el balcón cuando el cerrojo de su puerta se accionó y apareció el ama de llaves con otro empleado que, a toda prisa, la instaban a abandonar la casa, por la proximidad de los piratas. En las calles había un hervidero de gente.

Presa de la desesperación, se cayó varias veces y se levantó lo que su largo traje le permitía, liberándose de quienes trataban de obstruirle en su intentona.

Sujetaba con las manos los encajes del ruedo de su falda mientras corría. Entre sudor, gritos y lágrimas, pudo ver antes de perder el sentido que, inexplicablemente la cárcel era consumida por las llamas.

FIN

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  • Publicado: Vie 01 Ago, 2008 12:35 pm GMT
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IN MEMÓRIAM

Silencios y Cuerdas

Curvilínea compañera

de vivencias y caricias,

cuando manos masculinas

armonizaran con notas.

Maestría de pulsos y toques

entretejida en la prosa

de la conciencia de Patria

que el juglar cantara otrora.

Y hoy en un rincón sin tiempo,

ahorra cantos, calla trovas,

atesta con su silencio

cadencias que nadie toca,

con letras amordazadas

revolucionarias coplas:

es la guitarra de Cáncer

que enmudeció porque añora.

Ignacio Cáncer Ortega Santizo: a un año de su partida.

Que por cada voz que calle, muchas gargantas hagan escuchar sus gritos de protesta ante la desigualdad y la injusticia social.

Por Mallela V. Pérez Palomino

El material literario de los artículos publicados en este sitio son propiedad intelectual de la autora y sus propósitos son informativos, formativos, educativos y sin fines de lucro. Si se publicaran deberán hacerse con los mismos fines haciendo referencia a la fuente y poniendo el enlace correspondiente. (N. de la A.)

 
  • Publicado: Lun 07 Jul, 2008 11:20 pm GMT
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YEMAYÁ

(Cuento)
Por Mallela V. Pérez Palomino

Dedicado a la memoria del Gallo Placino, portero del Plaza Amador.

Con los pies pegados a la tabla de surf y sus sentidos agudizados, navegaba zigzagueante y raudo sobre los hombros de su madre Yemayá.

Con el paroxismo propio de los fanáticos de aquel deporte, estuvo haciendo piruetas y saltos mortales que dejaban impávido a su público playero, mientras permanecía en su rostro esa sonrisa de oreja a oreja.

Se metió momentáneamente en el hueco de la ola, y cuando estaba a punto de salir, sintió que, una fuerza extraordinaria lo levantó de la tabla, perdiendo todo el control.

Entre espumas y burbujas, su cuerpo fue zarandeado sin cesar como muñeco de trapo.

Algo golpeó su cabeza y en el segundo de conciencia que le quedaba, vislumbró que había sido su querida tabla.

Su madre le recriminaba en forma de broma que ella jamás había sentido tanto afecto por su tabla de planchar como él idolatraba a la bendita tabla de pasear sobre las olas.

Quedó inconsciente.

Abrió los ojos luego, poco a poco, flotando en medio del agua, la cual filtraba los rayos de sol.

Esa celeste transparencia le permitió disfrutar del hermoso color de los corales, que se amontonaban semejando una pequeña cordillera bajo las aguas.

Las raudas manchas de pececillos de colores, adornaban la perezosa trayectoria de un batallón de langostas y fueron reemplazadas en el escenario, por las ráfagas de calamares que pasaban ante la mirada azorada de los caballitos de mar. Y hasta parecían asentir con la cabeza a la fría indiferencia de una morena aburrida y asomada en su escondite.

Sabía que había pasado mucho tiempo bajo el agua, pero se sentía bien, así que no se preocupó en lo más mínimo por ello.

Relajado, siguió observando, y vio el paso de la manta raya mientras los cardúmenes se ponían en rápida huída y justo cuando ya estaba disponiéndose a abandonar el lecho del océano, llegaron los delfines jugueteando.

Disfrutó a más no poder, de las tertulias de los nobles animales, cuando le pareció ver pasar una sirena, pero se dijo que las sirenas no existen.

Se acordó de Susana y nadó hacia arriba, para ver a unos compañeros de paseo desde la playa gritando a los otros que entraban al agua, y todas las muchachas estaban llorando.

Se preguntó a qué vendría tanto alboroto, si todo estaba bien y les empezó a vociferar tan alto como pudo, pero en medio del bullicio del viento con el estrépito de las olas no lo escucharon. Trató por todos los medios de comunicarse sin resultados, decidiéndose entonces a salir hasta la playa, donde igualmente, nadie le prestaba la más mínima atención.

Sus amigos hablaban por celular, menos Gaspar que le prestaba su hombro a Susana para que llorara mientras la consolaba acariciándole los cabellos.

No podía creerlo. La mujer amada no se daba por enterada que él estaba presente, y seguía abrazada de aquel admirador eterno.

Gaspar mismo los presentó en una fiesta y ella aceptó bailar aquella balada que luego se convirtió en el himno de su noviazgo.

Vida, devuélveme mis fantasías, mis ganas de vivir la vida, devuélveme el aire....

Temblaba como un condenado cuando bailaban y él no sabía en ese momento qué era más importante si hundir la nariz en la cabellera, para sentir su perfume o dejar de pisarle los pies.

Pero todos en el grupo conocían el supuesto enamoramiento secreto que se traía Gaspar por Susana, y él pronto se enteró, cosa que no fue inconveniente para que ella le correspondiese sus requiebros amorosos.

Y ahora la miraba a menos de un metro y ella no se inmutaba en separarse del abrazo de Gaspar.

Iba a tocarle el hombro, cuando todos los presentes voltearon a ver un grupo numeroso de hombres que se hicieron presentes con algún protagonismo, haciendo gala de equipos de buceo y se metieron al agua.

Como nadie le prestaba atención, se sumergió con ellos y buceó hasta que se aburrió. La verdad es que sintió que aquello era un operativo elaborado, como una búsqueda.

Volvió donde Susana, la cual ahora estaba íngrima a la orilla de la playa, y seguía llorando, sólo que ahora más abundantemente.

Ella miraba fijamente hacia la orilla y él se volteó con brusquedad.

Un cuerpo idéntico al suyo era sacado del agua por los hombres ranas.

Bajó la mirada y se observó su propio torso y piernas y retornó la mirada hacia el occiso.

Susana lloraba con más desconsuelo y ahora nadie la confortaba. En ese momento hasta deseó que Gaspar no se hubiera ido.

Ahora entendía: Me llevó Yemayá, me llevó Yemayá, repetía.

La desesperación talvez habría sido el comportamiento lógico en esos instantes, pero no, su espíritu estaba pacífico.

Y miraba con una calma inexplicable cómo Susana parecía que se encogía, mientras seguía llorando.

No, ella no le veía, pero de alguna manera intuía que él estaba allí. ¡Qué hermosura la de Susana! Hasta llorando era hermosa.

Cuando fuera mayor, se le antojaba que iba a ser una viejita bonita y agradable. No como la vieja del tabaco que olía a puro seco y que prácticamente le gritaba: Yemayá es posesiva con sus hijos. No vayas al mar porque ella los arrastra a su lecho para tenerlos cerca.

Se consideraba un perfecto caballero y la respuesta fue el silencio, pero su pensamiento, evocando al padre cuando se cabreaba con algún pelotudo, gritaba: ¡Andá!

El operativo tomó su tiempo y aquella muchacha llorosa buscó refugio en el follaje que bordeaba la playa, quedándose sentada en una peña, bajo un árbol, casi catatónica.

Cada vez estaba más pequeña y su llanto era incontenible y lo peor, es que nadie le hacía caso.

Cuando por fin lograron llevarse el cadáver, los hombres buscaron afanosos a la muchacha por todos lados, pero en la piedra en que se apoyara, sólo encontraron un pequeño manantial.

Éste bajaba hacia la playa sobre un curioso lecho incrustado de conchitas y caracoles. Su agua cristalina fluía y terminaba abriéndose paso, tímidamente entre el ocaso de las olas mortecinas.

Como quien mira por última vez, el surfeador se quedó viendo allá, a la distancia.

Observó detenidamente cuando se conformó la ola reclutando algas y arenas, como una multitud que va ganando adeptos a su paso y, una vez enroladas otras aguas, la fuerza estremecedora del mar se dejaba venir hacia la orilla con su estruendo como abismo de agua.

Rompíase luego coronada por espumas y el golpe se veía galardonado por un millar de olitas que iban a desparramarse mansamente sobre la playa.

Jugueteando coquetas, se dejaban ir deslizándose de espaldas sobre la arena, para simular después que se batían en retirada, regresando una vez más de a poquito, y partiendo entonces definitivamente, a conformar otra ola.

Le llamó la atención que aquel anciano de cabeza blanca que, parado en la playa, le sonreía. Hacía rato que nadie se daba por enterado que existía. Miró a todos lados, para confirmar que la cosa era con él. El anciano ahora levantaba una mano y le hacía un gesto de que lo siguiera: era su abuelo difunto.

Fueron alzándose sobre las olas y se perdieron juntos en el confín.

Algunos lugareños dicen que en las noches, el manantial de la piedra entona una dulce canción, pero que la voz es muy triste.

Ninguno se atreve a enturbiar sus aguas cantarinas, porque, según ellos, quien lo hiciera quedaría irremediablemente enamorado de la primera persona que se le cruzara en el camino.

FIN

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  • Publicado: Vie 27 Jun, 2008 6:01 pm GMT
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CUENTA CONMIGO, CUENTO CONTIGO (Cuento)

Por Mallela V. Pérez Palomino

El muchacho se sobresaltó al sentir un cuerpo extraño dentro de la lata de gaseosa. Siempre, al igual que sus amigos, había preferido rellenarse la barriga del famoso y burbujeante líquido negro. Todo menos confiar en las bebidas de fruta que se hacían de manera artesanal. Conceptuaba que las grandes fábricas tenían altos niveles de salubridad y ahora que se había bebido el refresco, la lata le arrojaba el sonido de un cuerpo sólido que se movía al agitarla.

Su padre dijo era importante saber de qué se trataba y vio en los ojos del adulto aquella mirada de ambición desmedida. Por supuesto que estaba pensando en interponer una demanda por mucho dinero.

Miraron dentro del recipiente ayudados con la luz que les ofrecía el aparato celular y lo que observaron los dejó perplejos. Era una criatura pequeñita, una mezcla entre monstruo e insecto cerca de una pulgada de largo. Pero la sorpresa aún no acababa, porque abrieron la lata con su cuchilla de boy scout para extraer la criatura y, al ponerla sobre la mesa, se desperezó y abrió los ojos.

El chico salió corriendo hacia los baños y se abrazó de la taza depositando en ella todo el contenido de su estómago. Sintió ganas de salir huyendo: era una pesadilla y lo peor es que no se despertaba.

Ya en el estacionamiento, vio acercarse la camioneta de su padre y cuando se detuvo frente a él, quedó pegado al piso sin saber qué hacer. Luego obedeció como autómata cuando le dijo que subiera.

El camino lo hicieron en silencio y rogó a Dios, del cual sólo se acordaba en momentos críticos, que algo pusiera fin aquel mal sueño. Aún se sentía mareado y le ardía la boca del estómago.

Al llegar a casa, su padre se apeó y se refugió en el cuarto estudio. Él, la verdad, no sabía qué hacer. No era un sueño, era real. Se metió en la habitación principal, hurgó entre los medicamentos que su madre tenía en el botiquín y se tomó el primero que intuyó le tranquilizaría.

Le despertó la voz paternal instándolo a acompañarlo a la finca. Se metió, aún turulato, bajo el agua de la regadera y ya vestido dejó caer pesadamente las posaderas en el asiento del copiloto. La expresión del padre no le gustaba para nada. Tampoco se refirió a la experiencia del día anterior y él no sabía si era buena o mala aquella circunspección.

***

Cuando su padre eufórico, abrió la puerta trasera de la camioneta, sintió que le temblaban las piernas La criatura estaba dentro de una jaula para gatos y había crecido. Tenía una longitud de cerca de cuatro pulgadas y los miraba mientras agarraba con sus extremidades delanteras la parrilla que hacía de puerta. Adoptaba una postura homínida. Era blanco como la leche y tenía unas orejas grandes. Sus facciones grotescas se movían gesticulando mientras emitía sonidos guturales.

-¿Estás seguro de lo que estás haciendo, papá?-inquirió.

Ningún razonamiento pudo contra la voluntad de ese hombre que siempre había hecho lo que le venía en gana. Por explicación dijo que tenía curiosidad científica y él se mantuvo callado y enfurruñado, mientras el jefe de la casa le daba las instrucciones al matrimonio sin hijos que cuidaba la finca. Asintieron a pesar que tenían tiempo de no cobrar, porque necesitaban un sitio dónde vivir.

Días después vio que su padre se dirigía con urgencia hacia la estancia del bichito. Había crecido y forzando la jaula se escapó. Asaltó a animales del lugar, matando a algunos perros, e hiriendo a otros que tenían como particularidad collar color rojo. Cuando su padre se lo contó, pensó que a lo mejor tendría complejo de toro.

La siguiente vez que vio a la criatura, tenía más o menos el tamaño de un perro grande. Le hicieron una jaula más amplia y fuerte, que colocaron cuidadosamente dentro de la casa por muchos motivos, el más importante de todos, para protegerlo de la posible venganza de los perros.

Su padre comentó que ingería muy poco alimento y tenía que ser carne cruda, que no se explicaba cómo crecía tan rápido, si casi no dormía. Si tan sólo tuviera algún veterinario de confianza, lo llevaría para tener una perspectiva científica del asunto. En eso el chico se acordó del profesor de la universidad al cual llamaban El Científico Loco, más por su aspecto que por sus raros experimentos en materia genética.

El hombre observó fascinado la criatura, que también lo miraba con detenimiento. Ya sus vigilantes habían enterado a su padre que, desde su rincón, observaba la televisión y a veces, daba la impresión que repetía los sonidos que escuchaba en la programación. Casi no cabía en la nueva jaula y los sirvientes dijeron que si lo mantenían dentro de la casa, era muy posible que no provocara problemas, ya que últimamente tenía un buen comportamiento.

Cuando el joven volvió a verlo quedó sin habla. Tenía casi su estatura. Daba la impresión que de ser un oso erguido en dos patas, debido a su corpulencia. También se expresaba con palabras, un poco confusas pero entendibles y hasta había ayudado a los sirvientes en problemas domésticos con ingeniosas soluciones. En una ocasión había abierto y observado largo rato la podadora de césped dañada y luego como por arte de magia la reparó.

***

Al rato comenzó a ver otros canales de televisión, y tomó todo lo que podría leerse en aquella vivienda. Sus ansias de lectura era realmente voraces y ya no tenía ningún problema con la comunicación oral.

Según su padre era tiempo de dar el siguiente paso. Le contaron todo a su madre, la cual los observaba con los ojos muy abiertos y con una mirada que les hacía sentir que estaban enloqueciendo. Una vez pasada la conmoción inicial, la mujer quedó imbuida en los planes del progenitor. Pudo darse cuenta de lo genial, carismático e ingenioso que era aquel ser.

La familia que le había dado cobijo a la criatura, fue durante mucho tiempo parte del más exclusivo club elitista del país, gracias a una acción que le dejó el abuelo al morir. Pero ya no asistían, porque la fortuna que les dejó el anciano fue despilfarrada por su padre con la solícita ayuda de su madre, en compras, viajes, negocios ridículos y pretensiones políticas. La enorme casa poco a poco fue desvalijada por sus nuevos dueños, que vendieron a precios irrisorios valiosos objetos de arte. También clausuraron aposentos para que la limpieza se hiciera más fácil y económica.

–Ese es un lugar donde debes fingir que te va bien, si es que no es así. Si no, te tratan mal-le decía su padre refiriéndose al exclusivo club.

Y ahora, con la asesoría de su progenitora, tenían la forma de conquistar el éxito. Había que actuar con rapidez. Decidieron llamar Coky a la criatura, evocando su origen y consensuando que se oía chic. Pero se hacía necesario insertarlo en sociedad. Para ello ya contaba con una piel blanca que, de paso, le abriría las puertas de la yeyesada exclusiva del club y otros círculos no menos elitistas.

-¡Pero es demasiado blanco!-protestó el joven.

-Nada que no pueda remediar un buen bronceado-dijo la sabia madre que virtualmente se había convertido en la asesora de imagen de Coky. Sus padres nunca se habían puesto de acuerdo tan rápido para asuntos que le beneficiaran como su hijo, todo lo contrario: si llegaban al mismo acuerdo, era para inflingirle algún castigo o reprimenda.

Recordaba el muchacho que, en una ocasión, Coky se quedó dormido mientras se bronceaba, y al despertar, se vio cual camarón cocido, arremetiendo contra su propia imagen en el espejo con furia irracional. Concluyó que, definitivamente, el color rojo no era de su predilección, excepto el rojo sangre.

Y así, le hicieron la cirugía para reducirle las orejas. Los labios eran muy finos, a pesar de ser el límite de su bocaza. Le fueron rellenados con colágeno hasta alcanzar un ancho normal. Le delinearon los ojos con maquillaje permanente. Como era totalmente calvo, se las ingeniaron para ponerle en todo el cuero “cabelludo” insertos de cabellos, que la asesora insistió debían ser rubios. Y le tatuaron cejas falsas. Con todos estos procesos se enteraron que su sangre era de color azulado. Su padre entonces expresó:

-¡Qué lástima que no podamos mostrar esto a los aristócratas criollos: un verdadero sangre azul!-algo que expresó con tanto orgullo, que el muchacho estuvo a punto de sentir celos de la criatura. En medio del entusiasmo de su familia, él había regresado a su rutina de estudios, aunque a ellos parecía tenerles sin cuidado.

***

Pensaban que iba a ser difícil que Coky bajara de peso, ya que apenas comía y se mantenía corpulento. Una amiga íntima de su madre opinó que si lo único que bebía era soda, era bueno administrarle la de dieta. Pero para esto su madre también tenía la solución: si vistes elegantemente, no se fijarán en tus defectos .

Le enseñaron urbanidad, a bailar congo, tamborito, y otras costumbres que consideraron de real interés en el desenvolvimiento de su imagen pública, como poner gesto de profunda fe en los actos litúrgicos, aun cuando se estuviera aburriendo.

El jefe de la casa, muy dado a experimentar, un día colocó aguardiente en la soda de Coky y la criatura enloqueció dándose con las paredes a tal punto que tuvieron que atarlo de pies y manos. Fue la primera riña por desacuerdo entre sus padres por el tema de Coky. Al día siguiente la criatura lucía normal, aunque bebió más soda que de costumbre.

El Científico Loco anhelaba hablar a solas con el universitario, para tocar el tema de Coky. Le conversaba de cosas complejas como vejez prematura, la tendencia de género, evolución y otros, que verdaderamente no le interesaba saber por estar complicado con sus obligaciones académicas.

El equipo pro Coky seguía trabajando en la formación de la criatura, dotándole de toda la literatura posible para su acervo cultural y permitiéndole observar la televisión en horarios inimaginables.

Cuando por fin le dejaron usar la computadora, su dependencia del Internet se volvió adictiva y absorbía todos los conocimientos de manera extraordinaria. Era tan hábil que, con su segunda lectura de libros de hacienda pública, ya le enseñaba al amo cómo evadir impuestos sin mayores consecuencias.

A pesar de toda la operación de pulimento, el muchacho tenía la certeza que Coky se estaba escapando en las noches, a juzgar la mortandad de perros desatada en el vecindario, los cuales amanecían sin entrañas. No obstante, también sabía que sus padres se hacían los de la vista gorda.

Un gran amigo del jefe de familia, escritor y antropólogo, se encargó de crearle una biografía que se derivara de alguna rancia ramificación genealógica no verificable, localizada en un remoto país de Europa; de tal forma que se sublimaran sus orígenes y nadie imaginara siquiera su pasado y presente criminal. Además le inventó títulos académicos en reconocidas y lejanas universidades. Otros contactos menos científicos, se encargaron de darle una identidad legal con papeles y todo.

***

Al muchacho le parecía increíble cómo Coky, un ser que nadie sabía de dónde había venido, se hizo en corto tiempo de un grupo de personas que le otorgaban gran parte o la totalidad de su tiempo libre y le mariposeaban alrededor viendo y supliendo sus necesidades como si fueran manzanillos.

En el segundo que mostró una apariencia normal, lo sacaron del alejado cuarto de la casa en que estuvo confinado e interactuó con las amistades del chico y otros visitantes de la casa.

Tenía Coky la habilidad de ganarse la simpatía y confianza de todos, jóvenes y adultos, con salidas ingeniosas, comentarios acertados y chistes. El liderazgo que mostró tener en su entorno era incuestionable. Después de observar unos videos de oratoria, manejó diestramente la técnica. Siempre decía la frase exacta en el momento exacto.

La familia había invertido muchos recursos en Coky, a tal punto que estaban haciendo planes de vender la casa para adquirir una más modesta, sobre todo ahora que con el desarrollo de un megaproyecto, los terrenos estaba siendo requeridos para construir rascacielos.

Con algunos contactos lograron que se presentara dando opiniones en los medios de comunicación, especialmente televisivos, a fin de que comenzara a ser una cara familiar y no perdían oportunidad de que se acercara para prestar ayuda en áreas donde ocurriera algún desastre, en específico si eran sectores populares y habían cámaras en derredor.

Cuando Coky estuvo listo, fue presentado a todo aquel que no lo conocía. Además, hizo acto de presencia ante aquellos millonarios que financiarían su campaña política y a cuyos intereses respondería cuando estuviese en el poder.

Los partidos políticos, tanto de gobierno como de oposición, mandaban emisarios para reunirse con Coky y sus asesores con la finalidad de hacer alianzas electoreras. Pretendían asegurarse su parte en la repartición del pastel, ya que las encuestas arrojaban resultados que lo proyectaban, sin lugar a dudas, como el vencedor para los comicios.

Aquel fenómeno presidenciable dejaba pálidos a los más diversos públicos con su retórica y se había asegurado la mayoría de los votos, fingiendo ser una real alternativa para solucionar los problemas sociales de la población.

El joven universitario vio con desencanto cómo su familia, amigos y conocidos ni se enteraron que había concluido con éxito sus estudios superiores. Estaban, al igual que la ciudadanía en general, hechizados con el show mediático. Coky se desplazaba sonriente y seguro sobre una enorme tarima y ante la magna concentración de música, pancartas y banderas: en breve iniciaría su discurso de cierre de campaña.

Sentado ante el televisor miraba el acto político, mientras saboreaba un jugo de piña y disfrutaba repitiéndose:

-El próximo presidente… ¡Y pensar que era del tamaño de un insecto y llegó en una lata de cocacola!-.

FIN.

Publicado en el Colectivo Panamá Profundo el 4 de junio de 2008.

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